La fortaleza contribuye a la alegría



La alegría duradera es fruto de la conquista diaria. Se es feliz en el medida que se camina en la verdad y en el bien. Esto requiere esfuerzo y haber dado un sentido a la vida. Es la posibilidad de levantarse cada mañana y saber quienes queremos ser, sin esquivar la lucha que supone crecer un poco cada día. La fortaleza es una virtud que requiere la repetición de actos buenos. La alegría puede ser un fruto, pero también una actitud frente a la vida.

Pero, ¿qué es la alegría? La entendemos como el ejercicio de la fortaleza. Nace del compromiso que el espíritu se impone de tender hacia lo sublime. La grandeza de ánimo nos hace conscientes de que podemos tender hacia lo importante y hacernos dignos de ello. “No se deja distraer por cualquier cosa, se dedica a lo grande y a hacer grande todo acto cotidiano en apariencia pequeño” (Galindo).

 Veamos algunas relaciones entre la fortaleza y la alegría:

  1. La fortaleza nos da la posibilidad de consolidad la libertad, a través de los hábitos, que nos conducen hacia la virtud y que nos posibilitan realizar lo que hemos reconocido como bueno. Cuando percibimos que estamos en el buen camino y lo seguimos, se genera alegría, pues nos percibimos como útiles y comprometidos con el bien. Manteniendo esta decisión siempre en la misma dirección nos hace personas confiables, que saben proponerse fines y seguirlos.
  2. La fortaleza nos hace valorar el bien por encima de la autocomplacencia. Nos ayuda a superar la dependencia de la aprobación de los otros y a no tomar a las personas como medios para nuestros fines. Se hace más fácil en la medida que amamos, pues la voluntad adhiere más fácilmente a aquello en lo que está implicada la afectividad. Además tenemos la suerte de que nuestro corazón tiene una tendencia hacia lo difícil, aunque para llegar a esto se necesita el hábito de ver lo bueno, pues ya nos inclinamos hacia lo positivo. En todo es decisiva la experiencia donde vamos haciéndonos conscientes de la vida misma, a través de los tiempos de reflexión y así poder comprobar que actuamos conforme  a la razón.
  3. La fortaleza y la virtud, en forma genérica, son las que nos hacen vivir en la felicidad. Produce en nosotros un enamoramiento del bien, que nos relaciona en forma positiva con los otros, que se convierten en fines de nuestra actuación. Ya no es sólo el “bien para mí”, sino el “bien en sí”. Los valores que en un primer momento me atraen emocionalmente, ahora son asumidos por la inteligencia, dotando a la persona de un mínimo de humildad, que es necesaria para dar los primeros pasos en la vida en forma positiva.
  4. La fortaleza nos conduce con generosidad al servicio. La entrega al otro es la única forma de cerrar el círculo del amor. Recibimos amor y hay que completarlo con la correspondencia, aunque el otro no lo reclame. El ser constitutivo de la persona se realiza en la unidad con otras personas. Encontramos la alegría cuando podemos darnos y vemos que el otro se perfecciona como persona. De alguna manera estamos creando. El guardarse para sí, es la incapacidad para superar las tendencias instintivas. Pero la voluntad del hombre está preparada para el altruismo, para dar y recibir. La entrega es eminentemente perfectiva, tanto para el que da como para el que recibe. Estamos llamados, a través de la fortaleza, a ser don para los demás.
  5. La fortaleza pone más el énfasis en la cotidianidad que en el esfuerzo intenso del momento. Somos felices por la continuidad en nuestros estados de ánimo. No es significativo el goce en momentos aislados. Se tiene que dar una continuidad positiva en nuestra conducta, para poder vivenciar la experiencia de la alegría. Es importante saber dar sentido a las tareas repetitivas. Se trata de vivir la creatividad haciendo nuevos todos los momentos, aunque en apariencia sean lo mismo. Esto lo hacemos posible cuando encontramos motivos excelsos  para seguir haciendo lo cotidiano.
  6. La fortaleza se centra en lo psíquico y espiritual. A nivel físico cuando tenemos que hacer algo costoso, es suficiente con fortalecer los músculos y mantenernos dentro de los límites de nuestras posibilidades,  estableciendo una relación razonable entre el trabajo y el descanso. A nivel psicológico y espiritual no tenemos un termómetro tan claro para determinar cuando tenemos que darnos un descanso; o tal vez, lo tenemos, pero lo ignoramos. Nos dejamos llevar por cierto grado de atolondramiento y la embriaguez del activismo. Una necesidad imperiosa es la del silencio y la reflexión, la del reposo del propio espíritu. Necesitamos contarnos cómo estamos para tomar conciencia de qué nos está pasando. Sin este ejercicio de la pausa, dejamos de percibir lo bueno y el gozo.
  7. La fortaleza que nos conduce a la alegría se propone metas. Cuando nos detenemos excesivamente en el cansancio del momento, olvidándonos dónde queremos llegar nos llega el tedio. La causa final se tiene que convertir en la causa eficiente de nuestra alegría. El pensar anticipadamente en el éxito que podemos alcanzar nos dispone a luchar con mayor intensidad y a poner los medios necesarios. La esperanza de llegar ya nos produce alegría y confianza en nosotros mismos.
  8. La fortaleza se consolida creando la unidad interior. Si nuestro espíritu está disperso en mil cosas, nos sentimos sin cohesión y nos percibimos como sin sentido, se pierde la alegría. El saber ordenar el propio pensamiento nos da la posibilidad de trabajar con todas las potencialidades en la misma dirección, convirtiéndonos en cierto modo en invencibles. Esta unidad de criterio y de decisión se traduce en alegría interior. Es importante para lograrlo trabajar en la higiene mental.
  9. La fortaleza lucha contra el autoengaño, para poner en evidencia que la alegría es fruto de la verdad. Nuestra imaginación nos presente las propuestas más alucinantes para estar bien,  pero no todo, ni siempre es fruto de la verdad. La alegría se da cuando hay cierta connaturalidad entre la verdad de nuestra vida (que tiene la dignidad de persona) y la conducta diaria, que trata de reafirmar esta originalidad del ser humano. No debemos rebajar nuestras pretensiones para estar en sintonía a la vocación que tenemos inserta en lo más íntimo, pues todos somos imagen de Dios y estamos llamados a gozar, por toda la eternidad, de su presencia.
  10. La fortaleza se puede trasmitir a otros, cuando vivimos en la alegría. Así tenemos el testimonio de tantos hombres y mujeres que nos impulsan a la superación de cada día, pues de alguna manera queremos imitarlos. Nuestra tarea como educadores (padres y docentes) sólo es posible y creíble en la medida que nos entreguemos con alegría.

 

                                                                                                    
Hno. Eloy Javier Lázaro

 


 

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