La fortaleza es la virtud de los héroes
y del esfuerzo cotidiano



   La virtud de la fortaleza nos permite afrontar las dificultades de la vida con esperanza, seguros de que tiene sentido el esfuerzo y luchar por las cosas simples que se nos presentan en el diario vivir.  

   Dificultades siempre vamos a tener, pero la forma de afrontarlas puedes ser muy variada,  de acuerdo a la preparación de la persona. La contrariedad es una oportunidad de crecimiento interior, de practicar la paciencia y de estrechar los lazos con quienes  nos rodean. Pues siempre nos abre al pedido de ayuda y comprensión. Dispone a los otros a la solidaridad y a la compasión. Los momentos de lucha son oportunidades de superación. Así podemos:

  1. Asumir los momentos de dolor. Las molestias físicas o psicológicas ponen a prueba la capacidad de aguante. Con frecuencia recurrimos a los analgésicos o medicamentos similares como fórmula mágica de salir de la incomodidad. Pero también es la ocasión para crecer en nuestra capacidad de autocontrol, de conocimiento personal al ver como reaccionamos ante ciertas situaciones límites. El dolor nos ayuda a salir de la autosuficiencia y asumir la propia fragilidad. Las limitaciones que percibimos se convierten en camino de encuentro con los otros y nos abren a implorar la ayuda de la gracia de Dios. Sin ser masoquistas, cuando llega el dolor se puede convertir en una bendición que sólo apreciamos con el paso del tiempo. En la medida que nos revelamos contra el dolor se convierte en desgracia y maldición de la vida. Pero los santos no han dudado en ver en el sufrimiento la gran escuela de la humanidad. Siempre hace falta darle una dimensión de trascendencia y tener una mirada de fe.
  2. Afrontar el mal que existe a nuestro alrededor. Nos movemos en un mundo de la pluralidad y con frecuencia entran en confrontación nuestros principios éticos con los de la sociedad. Es necesario practicar la tolerancia en los asuntos neutros o donde lo pide la caridad. Pero en lo referente a los principios de la dignidad de la persona y los valores que hacen a la vida, es necesario jugarse y luchar para defender todo lo valioso. No nos podemos quedar en el anonimato, en la comodidad o refugiarnos en la tan mentada libertad de expresión. Tenemos que ser capaces de dar testimonio y de exponer nuestras ideas con valentía. Ser auténticos supone cierto martirio.
  3. Luchar contra lo fácil siguiendo los dictámenes de la razón. La tendencia de la naturaleza humana es  tender a lo más fácil. Pero no nos manejamos por los instintos. Somos personas racionales. Que siempre quieren superarse para llegar a la plenitud. Para ellos es necesario luchar contra la pereza, el cansancio, el hedonismo, lo fácil. La fortaleza nos tiene que empujar a elegir siempre lo mejor, aunque requiera un esfuerzo arduo, es parte de la superación, por la que tenemos que luchar.
  4. Ir contra la corriente, buscando la unidad interior. Vivir la paz del corazón supone aprender a renunciar a la superficialidad y a la banalidad,  que nos resta posibilidades para vivir dentro de nosotros mismos. Tener criterio propio requiere horas de silencio reflexivo y horas de lectura que enriquezcan nuestra interioridad. El dejarse llevar por lo que todos hacen, es vivir sin rumbo y carecer de personalidad. Por supuesto, que ser uno mismo supone ir en contra de la corriente y elegir en forma inteligente.
  5. Superar la soledad y el respeto humano. Es corolario del punto anterior. Cuando tenemos ideas propias, es posible que nos quedemos solos, pues no formamos parte el mercado de consumo de la publicidad y de la noticia fácil. Entonces es preciso mirar hacia delante con fortaleza y no dejarse amedrentar por la soledad que nos acecha. No busquemos ser comprendidos, sólo sigamos nuestro camino. Venzamos los respetos humanos o el qué dirán. Lo importante es seguir adelante con nuestro proyecto de vida, que nos hace vivir internamente felices. Para no caer en el autoengaño, siempre es aconsejable compartir nuestro mundo interior con alguien de nuestra confianza y que nos ayude a confrontar nuestro pensamiento.
  6. Emprender el bien arduo con magnanimidad. Es preciso disponer el ánimo y el corazón, antes de emprender cualquier trabajo importante. Asumir con anticipación los esfuerzos que son necesarios llevar a cabo. En cierto modo anticiparlos mentalmente, para que cuando lleguen, no nos sorprendan. Y si se acercan situaciones imprevistas que superan nuestras previsiones, es bueno: llenarse de humildad, dedicar un tiempo a reflexionar, seguir despacio, valorar cada pequeño avance y sentir que la paciencia todo lo alcanza.
  7. Soportar las incomodidades con alegría. No hacer una tragedia de las pequeñas molestias que nos llegan por la convivencia misma o fruto del mal funcionamiento de las cosas técnicas. Hay una necesidad de entrar en la lucha ascética, saber prescindir de todo lo superfluo. Vivir con lo necesario. Llevar un modo de vida sobrio. Imponerse alguna limitación en la comida, practicar algún deporte que nos obligue a superarnos, caminar más, levantarse más temprano, ceder nuestro asiento, dejar nuestro programa favorito, esperar al otro, etc.
  8. Asumir las propias responsabilidades como posibilidades de realización. El trabajo es un regalo de Dios. Asumir los compromisos con alegría. Se hace más fácil y llevadera la vida. Cuando vemos nuestra actividad como un castigo, se hace muy difícil llevarla a cabo y sostenerla en el tiempo. La fortaleza se hace más creíble cuando está sostenida por la alegría. Saber ver siempre el bien que está detrás de lo que hacemos, es la posibilidad de dar sentido a nuestra vida. Asumir las responsabilidades como un servicio al prójimo nos tiene que llevar a hacer las cosas con cariño y no sólo como una obligación pesada.  
  9. Ser constantes y perseverantes. No hay fortaleza sin  continuidad en los proyectos o las tareas emprendidas. Las grandes obras se han realizado por los pequeños aportes de muchos o lo vivido en el día a día. La perseverancia es ver más allá de los resultados concretos. Nos hacemos constantes cuando somos capaces de anticipar lo que tiene que llegar. El bien se vive en el corazón y su calor hace que se vaya incubando nueva vida en cada gesto que se hace cercano al otro, aunque no tengamos una respuesta.
  10. Tener firmeza en el proyecto de vida. No dejarse llevar por la tristeza. No podemos estar siempre en el vaivén de los estados de ánimo. Una vez hecha la elección es una obligación para con nosotros mismos responder siempre en la misma dirección. Dejarse llevar por la depresión y la eterna consideración de la situación personal, es entrar en el anarquía de nuestro pensamiento y el torbellino de nuestros afectos desordenados, que quieren alcanzar la meta, pero sin caminar paso a paso. La fortaleza contribuye a la justicia y en primer lugar con nosotros mismos.

 

                                                                                                    Hno. Eloy Javier Lázaro

 

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