La fortaleza nos ayuda
a ser perseverantes


Es relativamente fácil empezar muchos proyectos, pero es más complicado llevarlos a buen término. Para esto, se necesita la fortaleza, que toma la forma de la perseverancia. La persona constante en sus proyectos, cuando orienta bien sus elecciones, puede llegar muy lejos y alcanzar la plenitud humana. El fin de la perseverancia es permanecer en el bien. Como virtud, se logra con la repetición de actos buenos con la intencionalidad de formar la voluntad. Nos reporta muchas ventajas en lo que hace al crecimiento personal. Así podemos observar que:

  1. La perseverancia nos enseña a pensar los proyectos con rigor.  Para que no nos quedamos en la superficialidad o en una idea vaga de lo que queremos, es necesario tomar conciencia  de la realidad. Esta claridad del diagnóstico nos permite poner los medios que están a nuestro alcance, para llegar hasta el final. No es sólo esfuerzo y voluntarismo, también se necesita cabeza y sentido común. Es preciso preparar el ánimo para llegar hasta el término de la obra comenzada.

  2. Nos mantenemos firmes cuando somos constantes en cada acto puntual bien realizado. No podemos ser perseverantes de una manera improvisada. El presente es el que nos entrega y nos prepara el futuro. Somos responsables de responder en cada momento. Son importantes los detalles y la organización del  comienzo. La falta de orden nos desorienta y nos impide expresarnos en el momento justo. De esa forma pasan las oportunidades y llegan los desánimos. Estar en el momento preciso, nos da la oportunidad de no rezagarnos. El vivir al día con las propias tareas nos dispone bien el ánimo, en cierto modo nos da paz.

  3. Los que llegan a la meta son quienes reciben el premio de la obra bien hecha. Quedarse a mitad de camino de las cosas nos condena a vivir de la nostalgia de lo que pensamos, pero no hicimos; esta práctica cuando se vuelve costumbre puede ser muy perniciosa para la persona, ya que vivirá en la eterna insatisfacción y pendiente de buscar sólo la satisfacción inmediata. La persona perseverante nos invita a valorar positivamente las contrariedades y sabe evaluarse positivamente aún en medio de las decepciones. Sabe darse mayor impulso. Quien abandona la obra comenzada, sólo quiere olvidar, con el consiguiente rechazo de su propia realidad.

  4. La amistad está sostenida por el “sí” de cada día. Las relaciones estrechas requieren conocimiento mutuo, escucha atenta, respuesta a las necesidades en el momento oportuno. Se precisa un corazón disponible siempre. No se puede fraguar una amistad duradera donde se vislumbra las actitudes propias del “veletismo”. Para sostener la amistad se necesita dedicar tiempo en forma permanente y en la misma dirección. Sólo entonces nuestra presencia se hace cercanía, cariño y en definitiva caridad, que es el trayecto que todos tenemos que realizar para llegar a la plenitud.

  5. La perseverancia apunta hacia la conquista personal. No nos podemos quedar sólo en lo que apunta a la utilidad. Estamos seguros de que en algún punto del proceso nos llegará el cansancio y empezaremos a preguntarnos: ¿merece la pena tanto sacrificio? La respuesta no se hará esperar: “no merece la pena”. De esta forma ya abrimos la posibilidad para desear dejarlo y abandonar el proyecto. Tal vez la pregunta nunca tendríamos que haberla respondido y seguir simplemente avanzando, recordando que en el mismo proceso se está formando la voluntad y estamos adquiriendo hábitos positivos para la vida. No todo puede medirse por la ganancia. Hay cosas que tenemos que hacerlas porque nos hace bien terminarlas.

  6. La perseverancia engendra el agradecimiento. Quien está en camino valora cada paso dado como una conquista, aún sin haber llegado. Sabe agradecer al saberse más cercano de la meta. La persona perseverante sabe ver lo positivo y cobra energías para seguir creciendo. Agradecer supone la esperanza de poder llegar y por tanto  se goza interiormente del triunfo definitivo en una forma anticipada. El que se queda en la mitad del camino, sólo ve lo que le falta y buscará responsabilidades de su cobardía en los otros; su corazón se deja llevar por la envidia hacia quienes siguen animosos.

  7. Proponerse terminar supone poner los medios. Se llega al final cuando hemos sido previsores y sabemos prever los pasos que tenemos que dar. No nos podemos quedar dormidos pensando que todo se resuelva sólo. Hay necesidad de dejar las lamentaciones y mirar hacia adelante. Cuando sólo vivimos del pasado, nos olvidamos de seguir caminando. Caminar supone mirar más allá, sabiendo que todavía tenemos las fuerzas para avanzar. El espíritu humano nos va a dar lo que le propongamos. El  no conocer completamente la senda, tampoco puede ser causa de desánimo. “Se hace camino al andar”.

  8. La continuidad en un proyecto supone aprender a renunciar. En el proceso mismo se nos van a presentar mil alternativas diferentes de lo que estamos haciendo. Hay que aprender a decir no a  la nueva propuesta, ya que lo único que busca es distraer el primer objetivo. Es preciso tener un entrenamiento del discernimiento para no dejarse alucinar por todo lo bueno que se nos propone, pero que supera nuestras fuerzas. Más importante es dar un paso después de otro, antes que empezar a correr y quedar luego a la deriva de nuestros deseos incontrolados.

  9. El orden nos ayuda a continuar con menor esfuerzo la labor emprendida. Tener nuestros útiles personales ordenados disminuye las causas de distracción o la perdida de tiempo. Tener cada cosa en su lugar nos permite orientar toda la atención en lo que estamos haciendo. La dispersión en múltiples actividades (como puede ser buscar algo que necesitamos), nos encamina hacia el abandono de lo más complicado o del objetivo principal. Saber disponer todo lo que necesitamos antes de ponernos a trabajar, es de previsores y ayuda a centrarnos en la tarea.

  10. Cumplir con los tiempos acordados, ayuda a llegar al final. Cuando algo se prolonga demasiado, fuera del tiempo previsto, puede empezar a cundir el cansancio y corremos el peligro de abandonar. Es importante infundir un ritmo ligero al trabajo que emprendemos. La lentitud, hace que empleemos más tiempo y además dejemos de hacer otras cosas igualmente importantes. Trabajar bajo presión genera estrés, pero sí podemos infundir un ritmo de trabajo que vaya produciendo éxitos parciales y que en cierto modo nos empujen hacia la realización del proyecto. 


                                                                                   Hno. Eloy Javier Lázaro

 

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