La fortaleza supone conocimiento
de la realidad
(Abril 2009)


La virtud de la fortaleza supone la determinación de buscar siempre el bien. Hay una dimensión moral y por tanto una vivencia del bien. Éste es el que genera en nosotros la fuerza, la atracción para buscarlo incansablemente. Cuando experimentamos el bien, tenemos el impulso de la alegría para superar todas las contrariedades que se pueden presentar en el camino.

Pero además, el conociendo de la realidad nos remite a la prudencia para arremeter y conquistar el bien que está a nuestro alcance. Esto supone que:

1.   Conocer la realidad nos ayuda valorar lo que nos proponemos. De esta forma podemos descubrir la connaturalidad que existe entre la meta que pretendemos y nuestro ser más íntimo. Así, reafirmamos nuestra existencia, dándonos mayor identidad y podemos decir que estamos obligados a una aprobación interior explicita. Ahora bien, antes de lanzarnos a la conquista, tenemos que sopesar los medios que tenemos que poner para alcanzar el objetivo. Conocer el entorno y las circunstancias nos hace ver que estamos insertos en un mundo complejo, nos enseña a conocernos a nosotros mismos y a calcular el esfuerzo requerido.

2.   Se hace necesaria la prudencia. La fortaleza y la prudencia van unidas. No podemos dejarnos llevar por el voluntarismo o por una actitud pusilánime. La sabiduría que supone la prudencia nos informa de la conveniencia y además de las fuerzas con que contamos. Necesitamos implicar la inteligencia para dar luz a la realidad. Tenemos que ver que sea bueno en sí y para nosotros en particular. Con frecuencia nos cansamos en tareas que no están suficientemente valoradas, porque no hemos medido nuestras posibilidades personales, no hemos tenido en cuenta el desgaste que supone el tiempo. Lo que es bueno para otro, puede que no sea conveniente para mí.

3.   Conocer la realidad nos tiene que llevar a jerarquizar la realidad. Saber orientar adecuadamente nuestros esfuerzos, para elegir lo mejor y lo más conveniente al momento que estamos viviendo. Dejarse llevar por la primera impresión, habla de cierta superficialidad. Se necesita sopesar las distintas alternativas para inclinarse por la más conveniente, por el bien que supone en sí y por las posibilidades que tenemos. Elegir algo supone dejar otras cosas que pueden ser buenas. La justa valoración es un indicador para ayudarnos a elegir. Sacrificar algo positivo por otra cosa superior nos indica el nivel de madurez que tenemos.

4.   A la hora de elegir se tiene que hacer presente la dimensión comunitaria. Lo que es bueno para mí, tiene que ser bueno para los demás. Es más, tenemos que elegir en función del bien que luego podemos ofrecer a los otros. Cuando la elección nos conduce al individualismo, no podré compartir los puntos de vista y por tanto ya tengo una debilidad en mi realidad, contraria a la fortaleza. Necesito en mis proyectos el apoyo afectivo de quienes me quieren. Compartir los ideales nos muestra cuánto los tenemos apropiados. No debemos tener miedo a que otros nos den razones contrarias  a lo que pensamos, ayuda a discernir.

5.   La fortaleza nos exige cierta clarividencia del alma. Necesitamos conocer el bien, pero además sentirnos ilusionados por lo que perseguimos. Cuando nos quedamos en el simple utilitarismo, una vez alcanzada la meta, nos daremos cuenta que ha faltado una dimensión trascendente, que nos permita integrar la acción a la vida. En el proceso de elección se tiene que sentir cierta armonía entre lo que elijo y lo que pienso. En la medida que se da cierta división interior, es porque necesitamos: más tiempo, compartirlo, dejarnos aconsejar, etc.

6.   La fortaleza se hace realidad cuando conocemos nuestras debilidades. Es parte de la prudencia. El conocimiento personal nos ayuda a ser realistas y contribuye  a no caer en el desánimo. Conocer las limitaciones personales es una forma de poder poner los remedios oportunos, nos abre a la ayuda de los demás, nos hace accesibles a los consejos del otro. Se dará la paradoja que nos indica San Pablo: “Somos  fuertes cuando somos débiles”. El saber contar con la ayuda de los otros hace que se multipliquen nuestras posibilidades.

7.   La fortaleza también nos habla de tomar la iniciativa. El ser prudentes no puede detener nuestra acción. En un instante determinado tiene que existir la determinación para llevar a cabo el bien elegido. La fortaleza exige romper la inercia propia del ser indeciso y pasivo. No podemos dilatar los tiempos en forma indefinida. El tren de la vida pasa y puede que no vuelva. El bien exige la realización concreta. No debemos quedarnos sólo en el mundo de las ideas. Hay personas que tienen derecho a esperar de nosotros la acción. La omisión puede ser la causa de tristeza, por la ausencia del bien que no hemos realizado. La justificación de las demoras, sólo consiguen debilitar más nuestra voluntad.

8.    La fortaleza exige romper las ataduras del egoísmo. La comodidad, la justificación razonada y la eterna postergación, son algunas de las argucias que empleamos para no comprometernos con el bien. Es preciso estar dispuestos a desenmascarar los argumentos que empleamos. Necesitamos sacarnos el miedo a la incomodidad o al esfuerzo que supone la acción. Se requiere humildad para entender que podemos estar engañándonos y estar abiertos a ver las cosas de otra forma. Sólo la generosidad nos permite ver el bien que podemos engendrar en nosotros y en los demás. Una vez que estamos ejercitando la fortaleza, vamos a ir generando el interés y la fuerza para seguir sosteniendo nuestra actitud de entrega.

9.    La fortaleza supone abandonarse a la confianza. Pareciera que muchos esfuerzos no tiene una respuesta inmediata. La fortaleza del presente está preparando un futuro, está dando alas a la vida misma, pues supone caminar, sin dejarse llevar por el desánimo. No necesariamente todo tiene una recompensa inmediata. Los cimientos de una casa no se ven, pero son los más necesarios para sostener la estructura. La fortaleza supone esfuerzo unas veces orientados a algo concreto y otras encaminados a sostenernos frente a las dificultades o a consolidar los hábitos positivos ya adquiridos. La fortaleza exige que tengamos fe en nosotros mismos. El hecho de estar en la acción nos permite reafirmarnos en nuestros ideales y en el ser persona.

10.  La fortaleza exige calcular los riesgos. No podemos dejarnos llevar por la osadía de pensar que todo lo tenemos al alcance. El miedo en algunas oportunidades nos infunde un temor positivo que hace que se protejan otros valores superiores como la vida misma, o  la caridad fraterna. Así, por ejemplo, no tenemos derecho a atrevernos a decir cualquier cosa al otro, aún teniendo razón, cuando sabemos que estamos faltando a la caridad.  Hay un sano temor, que no tenemos que confundirlo con la actitud del pusilánime, del cobarde.  

La fortaleza es la virtud propia de los que quieren conquistar su libertad, para ser dueños de sí mismos.

 

 Hno. Eloy Javier Lázaro

 

                                                                                  
 

 

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