"La fraternidad se vive en comunidad"
Abril 2017

 

Así como el pájaro no puede volar en el vacío; pues la resistencia que  ofrece el aire es la posibilidad que tiene el ave de sustentarse y avanzar. Del mismo modo creemos y crecemos en la fraternidad en el encuentro con los otros, aunque algunas veces veamos y tengamos dificultades.

Jesús, después de su resurrección hace hincapié en la fraternidad. De su costado nace la Iglesia y queda constituida como familia de Dios, como Cuerpo de Cristo y encuentro de hermanos. Con el paso de los siglos se ha acentuado el aspecto jerárquico, pero no fue así “en el principio”… Desde el principio todos somos hermanos y el que quiera ser el primero que sea el servidor de todos. El lavatorio de los pies en la última cena es el ícono del servicio; en ese contexto Jesús resume los mandamientos en uno: “Ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros” (Jn 13, 34).

La posibilidad de darnos en el servicio y afecto hacia los otros es la forma de sabernos amados y dejar que los demás nos ayuden. Necesitamos olvidarnos del cansancio, del egoísmo personal y de las incomodidades que tenemos. Las relaciones  interpersonales según el mandamiento del amor, siguen otros parámetros cualitativos, que resultan paradójicos. Sirviendo a los otros es como somos servidos;  reconociendo y expresando sus valores, nos sentimos valorados; buscando dar nuestro tiempo en la ayuda, es como encontramos tiempo para nosotros mismos.

Los hermanos, cada uno con su singularidad, nos están pidiendo que saquemos lo mejor de nosotros mismos y los acompañemos hacia la plenitud. El tesoro es Jesús, que vive en nuestro corazón, y se quiere expresar a través de los oídos que escuchan, de las manos que ayudan, de los pies que caminan con los otros, del corazón compasivo que se inclina y acoge.

Todos los relatos del evangelio después de la resurrección hacen referencia a la fraternidad de una forma explícita. Parece que Jesús tiene claro que es en la comunidad donde se puede acoger el Reino. “Donde dos o más están reunidos en mi Nombre, allí en medio estoy yo” (Mt 18, 20). Podemos seguir reflexionar sobre el lema “Y todos ustedes son hermanos” (Mt 20, 8):

1.     “Ve a decir a mis hermanos” (Jn 20, 17). Jesús después de la resurrección es el primogénito de muchos hermanos. Al resucitar nos abre a todos a una nueva realidad y forma de encontrarnos.

La nueva comunidad fraterna, con la resurrección, se fundamenta en el Espíritu. Se trata de profundizar la comunión con el Padre. De nuestra relación con él surge la filiación y la fraternidad.  Dios es la referencia absoluta. Para poder acoger el don divino necesitamos desprendernos de los marcos concretos, de las seguridades y certezas racionales. La gracia de la vocación no tiene los límites humanos, proviene de lo Alto, asume la realidad y la trasforma para embellecernos interiormente con el sentido profético de lo eterno. Aunque nosotros necesitamos imágenes y puntos de referencia, por la fe podemos orientarnos hacia lo que no pasa, que se concreta en la amistad con Cristo y la relación fraterna.

El encuentro con Cristo siempre supone difundir y extender la fraternidad. Estamos abiertos a la vida nueva, Él nos envía a comunicar a otros la nueva relación. Desde la comunidad nos abrimos a comunicar el don que experimentamos, que supone acoger a quien recibe el llamado y también se plasma en el espíritu que generamos en la comunidad educativa y en nuestra familia.

La clave de la fraternidad está en comunicar a los otros el don recibido y extenderlo para que se dilate más y más. En nuestras relaciones interpersonales, no podemos acotar intencionalmente la cantidad de personas con las que nos encontramos. Los otros nos necesitan y los necesitamos. En le medida que cerramos la posibilidad de crecer internamente y hacia más personas, la fraternidad está enferma y con indicios de muerte. La fraternidad crece y se desarrolla en la búsqueda de apertura y en el encuentro.

2.     “Encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos” (Lc 24, 33).Los discípulos de Emaús, una vez que se abren sus ojos, inmediatamente vuelven al encuentro con los que están en Jerusalén. No importa que sea tarde; el estar juntos como hermanos es una prioridad. Necesitan comunicar la alegría y acoger lo que los otros experimentan. La fraternidad no es un trabajo, es una manera de vivir, que nos permite ver a los otros con alegría. Aunque sean diferentes y parezca que no podemos hacer nada juntos, siempre descubrimos que tenemos un mismo ideal y por tanto podemos contagiar a otros lo que nos proponemos. En el fondo, con el tiempo manifestamos que no hay diferencias sustanciales, sólo formas de hacer, propias de sabernos diferentes o de los roles que desempeñamos; docentes, alumnos, padres, etc.

La fraternidad es un camino de ida y de vuelta. Es la comunidad la que nos envía y también la que nos atrae. Cuando no nos encontramos con Cristo paulatinamente perdemos el deseo de estar con los otros. La amistad con Cristo nos da la plasticidad necesaria para adaptarnos a la misión, la capacidad de sanar las heridas, la resiliencia para recuperar el diálogo, la posibilidad de descansar de las preocupaciones y del trabajo de cada día.

Trabajar en la familia o en la comunidad educativa como hermanos nos da el valor agregado de que nos sabemos sostenidos en la misión que se nos encomienda.

3.     “Jesús se apareció otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades” (Jn 21, 1). La actividad, la tarea que tenemos encomendada, es una forma de encontrarnos, pero que no puede quedar ahí; va más allá. La fraternidad no se reduce a la acción, necesita llegar a la comunión de corazones, a compartir sentimientos y los deseos más profundos. Cuando la relación es sólo laboral, está empobrecida. El deseo de crecimiento de cada uno nos lleva a buscar al otro, en cuanto persona.

En la narración de la pesca milagrosa, después de la resurrección, está la comunidad reunida en una sola barca, son siete (signo de plenitud). Es en ese marco donde Jesús se hace presente. Cuando en la comunidad se vive la unidad y la complementariedad, se da un milagro continuo y hacemos realidad el deseo de Jesús de “que todos seamos uno” (cf. Jn 17, 21), a semejanza de la Trinidad.

En la amistad y en la vida espiritual, los valores de unos iluminan la realidad de los otros. El corazón de unos, “¡es el Señor!” (Jn 21,7), mueve a la fe a los otros. En la unidad todo nos anima y nos da fuerza para compartir la vida entre nosotros y llevar la Buena Noticia. Es en este marco, es donde Pedro se siente confirmado, después de su pecado, para llevar adelante la misión.

Necesitamos pasar del pragmatismo, a la realidad espiritual y paradójica que es la vida misma. Cada uno tenemos nuestros tiempos y formas de entender la vida. Cuando acogemos los sentimientos e intuiciones de los demás, entonces empezamos a entender que el mundo es diferente de nuestras ideas y conceptos. Las alegrías y los dolores de los demás son llamadas a nuestro corazón a preguntarnos hacia dónde tenemos que caminar, junto con los hermanos.

4.     “Jesús les preguntó: «¿Tienen aquí algo para comer?»” (Lc 24, 41). La comensalidad nos abre a la fraternidad. Compartir la mesa manifiesta el deseo de estar y acoger a los otros. Nos alimentamos fisiológicamente, pero también necesitamos nutrir nuestro espíritu de presencia cercana y cariñosa; donde podamos ver al otro en su forma simple y en sus necesidades más básicas.

Vivir en comunidad es un llamado permanente a compartir las cosas sencillas con los hermanos y con Cristo. Él nos da su Cuerpo, nosotros tal vez sólo le podemos ofrecer algo sencillo o las limitaciones y pecados. Él sólo quiere que le demos lo que tengamos, para que lo pueda transformar. Las vivencias personales, al compartirlas en comunidad, generan confianza, unidad, aprecio, conocimiento mutuo, aceptación… Esto supone de parte de los otros hermanos desarrollar la empatía, la capacidad de acoger sin juzgar y respetar los sentimientos de cada uno.  La imposibilidad de compartir con los otros nos conduce al individualismo, a la soberbia de creernos más que los demás, a la soledad, a la tristeza, a la tirantez… en definitiva, a la muerte de la comunidad, aunque nos sigamos moviendo en el mismo lugar. Cristo pide algo para comer y le damos un trozo de pescado… Él también nos comparte su Cuerpo y su Palabra, para que alimentemos nuestro espíritu y la fraternidad.

Los hermanos nos piden algo que comer, que puede ser nuestro tiempo, la escucha, el respecto a su forma de ser, la valoración por lo que hacen, la cercanía y poder caminar juntos.

Ser hermanos en comunidad es tener en cuenta las necesidades de los demás; estar abiertos a escuchar aquello que nos quieren decir o pedir; renunciar a lo que pensamos, para responder con lo que realmente necesitan. Supone siempre sintonizar, ponerse en el lugar de los otros, reconocer que tenemos aquello que necesitan, aunque todavía no sepamos de dónde lo vamos a sacar. En la escucha atenta, el otro, nos va a orientar para hacernos saber el tesoro que tenemos que compartir.

5.     “Anuncien la Buena Noticia a toda la creación” (Mc 16, 15).La vida fraterna produce un ámbito de irradiación, que hace que otros muchos se sientan llamados a vivir el mandamiento del amor. Todos tenemos experiencia de estar en lugares donde se viven relaciones tensas y que parece que no pasa el tiempo; qué distinto es cuando estamos en un clima de relaciones cordiales (de corazón a corazón), con el deseo de que todos estén cómodos, donde no hay que dar lecciones de nada a nadie, pues todo se vive con distensión.  Los responsables de generar la fraternidad es cada uno, con lo que podamos aportar a los demás y hacia afuera.

La Buena Noticia es la alegría que vivimos en el corazón. En este caso hay un trabajo interior, que hace que nos sintamos bien con nosotros mismos y que a su vez lo llevemos hacia los demás. El trabajo interior empieza por saber agradecer todo lo bueno que nos rodea. Expresar lo bello que percibimos; alertando a los otros para que también estén atentos al buen gusto y al cuidado de la bondad que se puede despertar en su corazón. El cuidado de esta sensibilidad se convierte también en valoración de los otros y alabanza a Dios.

Recibimos un don, que no podemos guardar para nosotros mismos. Sólo en la medida que lo llevamos a los demás, lo podemos vivir con alegría; es un tesoro que se agranda cuando lo difundimos entre los otros. Jesús no nos pone límite a la hora de elegir a quién dirigirnos. Por nuestro carisma nos focalizamos en los niños y jóvenes, pero sabemos que llegamos a sus familias, a los amigos del barrio y, pasado un tiempo, su acción se prolonga en tantos trabajadores y profesionales… La Palabra siempre es fecunda, pero necesitamos que brote en forma continua de nuestros labios. “El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la Vida eterna” (Jn 4, 14). Nuestra forma de ver la realidad, cuando estamos unidos a Cristo, siempre es iluminadora y hay muchas personas que esperan a alguien que les hable de Dios y de la manera de vivir en fraternidad.

Tenemos un tesoro que crece en la medida que lo llevamos e invitamos a otros a participar. Aunque algunas veces sintamos voces en contra, la verdad siempre tiene luz propia, que nos da la fuerza para seguir adelante.

Cuando nos sentimos ofendidos por algo, necesitamos aprender a perdonar, para que todo sane y podamos continuar amando. Aunque algunas veces parece que no merece la pena el esfuerzo, en el intento ya estamos creciendo interiormente y recibimos la gracia de vivir con esperanza. No bajar los brazos. Siempre es posible sembrar en los corazones el deseo de vivir la fraternidad.

Hno. Javier Lázaro sc

 


 

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