La fraternidad supone la formación y el crecimiento afectivo
Agosto 2017

 

Dios, que ha confiado a cada uno de nosotros el don particular de la fraternidad, nos invita a hacerlo fructificar durante toda la vida. El llamado a la vida fraterna, en el medio en que nos encontremos,  es una forma de participar del misterio de la Trinidad, que nos quiere hacer experimentar la comunicación y la unidad que existe entre las tres personas divinas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Esto supone: la respuesta de nuestra parte, acoger el don y entregar todo lo que recibimos.  A su vez se manifiesta en una relación nueva con los otros para hacer realidad el pedido de Jesús: “Y todos ustedes son hermanos” (Mt 23, 8).

Hoy la mayoría de la gente vivimos en centros urbanos donde prevalece el anonimato; nos desconocemos y podemos llegar a ver al otro como un peligro en potencia, por lo que podría llegar  a hacerme. Necesitamos cambiar de paradigma. Paro ir al encuentro de los otros se requiere madurez personal, tener clara la identidad, asumir el compromiso de aceptarlos y acompañarlos en un proceso colaboración. Esto no se logra en la espontaneidad del momento o con la creatividad que surge según las circunstancias. No se puede caminar a ciegas.  La vida social tiene un marco  que necesita ser respetado y donde se pone de manifiesto la primacía del otro y la caridad como norma de vida. Es indispensable una especie de “connaturalidad” entre el hombre y el bien verdadero en todas partes y momentos: “El que obra la verdad va a la luz” (Jn 3, 21).

Entendemos que precisamos un marco formativo continuo, desde los primeros pasos hasta el final de nuestros días. El camino se realiza con hechos concretos orientándonos hacia la vida virtuosa: “Distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto” (Rom 12, 2).Como cristianos, por el bautismo hemos hecho una opción fundamental que es identificarnos con Cristo, que nos dice que aprendamos de él que es manso y humilde de Corazón. Pero hay otros elementos que deben estar presentes en esta escuela de Jesús, podemos detenernos en: formar el criterio moral cristiano, buscar las motivaciones teológicas-evangélicas, aceptarnos tal como Dios nos ha elegido y vivir la espiritualidad del corazón.

1.      Formarnos para asumir el marco moral que nos propone Jesús.

El joven rico del evangelio conoce y cumple los mandamientos desde su juventud, pero aun así no se siente feliz. Y Jesús le eleva el listón: “Si quieres ser perfecto ve, vende lo que tienes…, ven y sígueme” (Mt 19, 21). Le propone lo máximo. Los mandamientos expresados en forma negativa tienen un límite inferior bien delimitado, cuando nos sobrepasamos nos hacemos daño y nos apartamos de Dios. Quienes roban, se aprovechan de nuestras cosas, pero su corazón queda herido y se incapacita para la generosidad; los que comenten adulterio, pareciera que son los triunfadores según los criterios de la sociedad actual, pero su corazón queda sediento de aprecio y valoración, pues no se siente amado; los que mienten deliberadamente son los “vivos”, pero ya no pueden gustar la belleza de su corazón que siempre quiere vivir en la verdad…

Los mandamientos que están expresados en forma positiva no tienen límite superior, siempre podemos hacer más, nos encaminan hacia el “Maestro Bueno”. La fraternidad es un llamado a lo más excelso porque “no hay amor más grande que dar la vida por los amigos” (Jn 15, 13). Por esto en todo nos proponemos buscar el bien de los hermanos con la vista fija en el último fin. No nos conformamos con no tener diferencias o con mantener un equilibrio social. Nos preocupamos de los otros y los amamos como a nosotros mismos. Elegimos servir a los demás, aunque no nos lo pidan; el compromiso que asumimos libremente, es una fuente de luz para caminar gozosos por la vida. Pero en nombre de la libertad, no nos limitamos a lo que está mandado por norma; vamos hacia lo más excelso y bueno, porque así lo queremos, en forma decidida y firme.

2.     Buscar las motivaciones en el evangelio para vivir la fraternidad.

En forma continua necesitamos alimentar y sostener el llamado que hemos recibido. La Palabra va iluminando nuestro caminar. Estudiar, meditar y contemplar  la Sagrada Escritura nos permite escuchar la voz que nos sigue llamando e infundiendo nuevas motivaciones. No es suficiente recordar de vez en cuando cómo tomamos la decisión de  vivir como cristianos, sino que es preciso sentir cada día el enamoramiento por Cristo y renovar el compromiso de vivir la fidelidad. “No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto” (Jn 15, 16). Todos los bautizado, tenemos un llamado especial que nos distingue: “La lámpara se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa” (Mt 5, 15).

Pero corremos el riesgo de tener en la mente y en los labios sólo las últimas noticias de actualidad; podemos caer en la tentación de formar nuestros criterios a partir de escuchar  a los periodistas del momento. La Buena Noticia es Cristo que está en nuestra vida, que necesitamos anunciar a los hermanos y así realizar nuestra vocación. Necesitamos cuidar la higiene mental; ver qué pensamientos ponemos en el corazón. La madurez supone aprender a olvidarnos de nosotros mismos y vivir ocupados en el bien del otro. Para esto necesitamos mirar a Cristo en la Cruz, haciendo de su vida una entrega absoluta al Padre, por nuestro amor. Sólo con esta referencia es posible el compromiso y mantener viva la llama de su amor. La contemplación de la Cruz de Cristo nos ayuda a madurar afectivamente y nos impulsa a servir.

Cuando nos sentimos áridos y no sabemos cómo salir de la rutina o la tibieza, es preciso recurrir con humildad a alguien que nos escucha y podamos percibir otra perspectiva. En el compartir lo que sentimos, siempre vamos a poder vislumbrar otras motivaciones y caminos, que nos pueden motivar y movilizar.

3.     Aceptarnos tal como Dios nos ha elegido.

Somos hijos del Padre, porque Cristo nos ha reunido para dar testimonio de su presencia en el mundo. El desafío diario que tenemos hacia la comunidad educativa o la familia es dar testimonio de unidad: “Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste” (Jn 17, 21). “Después” viene la misión de gestionar y ordenar la casa para que sea más confortable o planificar el futuro. Aunque en realidad las dos dimensiones (vivir la unidad interior y la tarea concreta) van juntas y se armonizan. Sólo podemos acompañar la vida de los otros cuando establecemos los vínculos fraternos con los más próximos; de otra forma nos encaminamos hacia el individualismo y la polarización de las  relaciones, profundizamos el narcisismo. Es necesario encontrar un equilibrio entre lo que vivimos en el corazón, en el círculo más cercano de personas y la relación social o profesional que realizamos. Una se continúa en la otra. Somos la misma persona siempre; no se trata de caer bien a los demás, para agradar, en desmedro de la propia identidad. Dios nos ama tal como somos. Su mirada nos enaltece; Él no nos reprocha nada, sólo espera que seamos  nosotros mismos.

Jesús nos ha elegido por amor: “Dios… eligió lo que el mundo tiene por débil, para confundir a los fuertes;… Así, nadie podrá gloriarse delante de Dios” ( 1Co 1, 26-27). Cada persona es una oportunidad para la alabanza y el agradecimiento a Dios. Así lo tenemos que manifestar a las personas con las que compartimos la misión. Es parte de la alabanza, vivir la alegría por el don del hermano.

4.     Vivimos la espiritualidad del corazón.

La oración es un tiempo de amistad con Dios, guiados por el Espíritu. Es en el encuentro con Cristo donde desarrollamos la afectividad y nos sentimos impulsados a desplegarla hacia los demás. Se trata de vivir una intimidad con Él donde podamos decir: “Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Ga 2, 20).Cuando experimentamos el amor desbordante de Cristo acogemos las dificultades, aunque humanamente nos superen; vemos que todo es posible, contando con la gracia divina; nos animamos por la fe; nos sentimos guiados por el Espíritu; nos conducimos con humildad, aceptando la realidad personal; confiamos en los hermanos y somos compasivos ante sus limitaciones. El tiempo con Jesús nos lleva a la transformación interior: “¿No ardían nuestros corazones mientras Él nos hablaba en el camino?” (Lc 24, 32).

En la oración dejamos que el Espíritu nos hable y guíe nuestra forma de expresarnos y de sentir; dejamos que la gracia divina corra por nuestras arterias, nos permitimos sentir la vida de Dios en nuestros corazones. La oración así entendida no es un tiempo demarcado; pues el Espíritu nos va conduciendo en las tareas comunes; percibimos que no trabajamos solos; somos los enviados, que dócilmente nos dejamos llevar en todo.

5.     Creemos en la relación fraterna con el otro.

En el compromiso de crecimiento interior de la persona y en la relación íntima con Dios, se va produciendo una progresiva visión sagrada del otro, del prójimo que está a nuestro lado. La integración de las distintas dimensiones personales nos conduce  también a una experiencia de fraternidad única, pues descubrimos la riqueza del otro, en medio de sus limitaciones.

De la misma manera que nos vamos integrando en nuestro camino formativo, en forma simultánea  podemos percibir la realidad del otro en forma integral, de tal forma que lo podemos entender y acompañar en sus necesidades. A su vez en esta comunicación empática, profundizamos nuestro propio crecimiento. Sin buscar hacer transferencias psicológicas, cuando tratamos de ayudar a los demás, nosotros mismos nos encaminamos hacia la plenitud. De alguna forma lo que proponemos, se potencia en extensión y profundidad en nuestro corazón.

Por esto, al proponernos vivir la fraternidad, tenemos la oportunidad segura de crecimiento personal, capaz de transformar la visión sobre la capacidad de crecimiento, pues nos damos cuenta que siempre podemos más, es ilimitado.

Pero hay una condición indispensable que se debe hacer presente; necesitamos ir hacia los otros con humildad, pues lo que tratamos de decir, nos lo repetimos primero a nosotros mismos. Al descubrir la “paja” en el ojo del hermano, estamos seguros, que a su vez,  necesitamos que alguien nos observe con caridad y nos ayude a descubrir nuestra fragilidad.

 

Hno. Javier Lázaro sc

 

 


 

prin1.gif (3108 bytes)