La humildad en el proceso formativo


La palabra humildad tiene su origen etimológico en el “humus”, en la tierra, en la productividad y a la vez en lo que pisamos. La virtud de la humildad en el proceso de crecimiento se hace presente en todo. Es la que da el sustrato a todas las relaciones humanas y la que nos hace querer aspirar hacia la superación. La humildad es la verdad de nosotros mismos.

En el proceso educativo, se hace  necesaria tanto para los padres como para los hijos y así en  docentes como en los alumnos. La humildad nos permite reconocernos mutuamente en nuestros roles, con nuestras posibilidades y limitaciones. Vamos a recorrer algunos aspectos  en los que se hace más patente e imprescindible la  virtud de la humildad, para que sea posible la educación, entendida en su dimensión de interiorización:

1.     En la aceptación de nosotros mismos.

 La humildad nos posibilita ser nosotros mismos. Nos enseña a querernos tal como somos. Nos dispone a ver y reconocer nuestras limitaciones, no para ocultarlas, sino para intentar superarlas y sabiendo que forman parte de nosotros mismos.

También vemos los aspectos positivos de nuestra persona (que todos los tenemos). Estos nos abren al agradecimiento a Dios, que nos ha permitido ser lo que somos; aún las cosas que hemos conseguido con nuestro esfuerzo, ha sido gracias a la sensibilidad de percibir la grandeza y la belleza  que entrañan los valores adquiridos.  

La humildad armoniza lo positivo y aquello que tiene que sufrir una transformación; en este estado logramos la unidad interior, que crea el espíritu de paz interior. Ya no vemos aspectos contrapuestos en nuestro ser; son solo aspectos complementarios que se integran en una sinergia, que hace que lo positivo se refuerce y lo negativo es convierte en punto de partida para proponer la superación y el cambio. Así la humildad nos abre a la posibilidad de crecimiento permanente en todo.

2.     Reconocemos a las personas en su valor absoluto.

 La humildad nos ayuda a salir de nuestra autosufiencia y el individualismo. Como personas inacabadas, necesitamos abrirnos a la realidad y sobre todo a los personas, en un espíritu de igualdad. La soberbia nos hace pensar que somos superiores a los otros y por tanto nos separa, porque pareciera que los demás detienen nuestro crecimiento. Pero es sólo fruto de la más pura alucinación que nos presenta nuestro pensamiento o  imaginación. La persona necesita a otros para complementarse, comunicarse, reconocerse y ser ella misma. Cuando entramos en comunión con el que está cerca, nos reconocemos a nosotros mismos.

Ver al prójimo, nos posibilita descubrir el abanico de valores que tiene en sí la persona, fruto de su yo más personal, la interioridad; a su vez esto nos muestra las potencialidades que tiene cada persona y la capacidad de establecer relaciones duraderas de fraternidad.

Descubrir los valores de los hombres que nos rodean, es aprender a alegrarse por el bien objetivo y desear que se potencie. La humildad es el antídoto contra la envidia, que nos empequeñece. Apreciar a las personas nos dispone para trabajar juntos y amarnos.

3.     Hace posible el aprendizaje significativo.

Aprender supone una actitud de apertura hacia nuevos conocimientos, aceptando que nos vemos obligados a revisar lo que ya habíamos aprendido. Siempre se tiene que producir una nueva síntesis, entre lo que ya está y lo que se nos presenta como nuevo. Hay un nuevo reordenamiento de conceptos.  Esto no significa que tengamos que instalarnos en la provisionalidad de todo, o en el relativismo de ciertas verdades, que harían entrar a la persona en una crisis (en este caso negativa). El camino es aprender a diferenciar entre los valores absolutos y la realidad de los hechos circunstanciales.

4.     Nos permite la apertura hacia nuevos aprendizajes.

Sin humildad, puedo pensar que la verdad somos nosotros mismos, que la única estructura de pensamientos válida del pensamiento es la nuestra. Así nos cerraríamos a todo aquello que esté fuera de nuestra capacidad intelectual. Nos prohibimos pensar. La humildad nos da la posibilidad de pensar que hay conceptos que no hemos alcanzado y que posiblemente pasen años sin lograrlo; nos abre a la escucha atenta y al encuentro con el otro. Nos enseña a confiarnos al maestro, al que está más preparado o tiene una experiencia de vida.

La humildad nos lleva a la vivencia de los valores, que en cierto modo nos permite un conocimiento experimental, sin una comprobación científica y tangible. Por este camino también podemos llegar a gozar del don de la fe, que nos regala Dios.

5.     Nos ayuda a comenzar de nuevo cada día.

En educación es todo procesal, supone un camino lento, hecho de proyectos y caídas, de retrocesos e ilusiones; así pareciera que siempre estamos comenzando. La paciencia que requiere la educación, se convierte en el acto de humildad para saber esperar y confiar, siempre existe la alternativa, aunque ahora no se pueda vislumbrar.  La humildad nos permite que nos demos una nueva oportunidad, aunque parezca que estamos estancados. En realidad somos sensibles para creer en los pequeños detalles y valorar la experiencia adquirida en cada intento.

6.     Hace que nuestras relaciones humanas sean auténticas.

La humildad nos permite acercarnos al otro de tú a tú, en un plano de igualdad. Sabiendo que el otro forma parte del misterio de mi vida. Por tanto, no tengo por qué juzgarlo de acuerdo a mis parámetros, para encasillarlo. Amar al otro, supone aceptarlo tal como es, sin intentar cambiarlo, sólo buscando su bien objetivo. Es peligroso intentar que el otro cambie buscando sólo nuestro bien subjetivo. Las relaciones humanas tienen que estar marcadas por el bien objetivo, en caso contrario sería manipulación, convirtiendo a la persona en objeto de nuestros intereses.

La humildad nos permite escuchar sin formarse preconceptos, dando nuevas posibilidades. La convivencia se hace imposible, cuando partimos de la idea de que el otro no puede aportarnos nada o que no va a ser capaz de entendernos. Al disponernos a escuchar, partimos con la actitud de aceptar lo que el otro quiere darnos, pues en toda comunicación siempre intercambiamos algo.

7.     Nos ayuda a pedir ayuda.

La humildad nos abre a las posibilidades de los otros, cuando nos vemos perdidos o necesitados, nos hace capaces de pedir ayuda; de esta forma salimos de nuestro aislamiento y además creemos en los otros. La autosuficiencia nos conduce a encerrarnos sobre nosotros mismos, a ignorar otras miradas y posibilidades; es optar por la muerte psicológica y el autoengaño.

Dejarse acompañar es condición indispensable para el conocimiento personal y además para la autenticidad. Es ayudarse a crecer en la autonomía. Abrirse con sinceridad al otro, nos permite confrontar nuestra realidad, para ser en autenticidad.

 

                                                                                   Hno. Eloy Javier Lázaro

 

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