La humildad nos dispone para el bien



El estado de equilibrio, el sentimiento de paz interior, la alegría de estar bien con los otros y la certeza de que tiene sentido lo que hacemos, es fruto:

  • Del conocimiento personal.
  • De vivir en la verdad.
  • De una profunda comunicación.
  • Del sentimiento de agradecimiento  por lo que somos y hemos logrado.
  • De la búsqueda de la autenticidad en todo lo que hacemos.

 Pero es la humildad la que nos permite vivenciar estas experiencias, la que crea el nexo en el conglomerado de sentimientos interiores, que hace posible, dar a cada uno la justa dimensión.

El bien es un don que lo apreciamos, (como todos los dones) en la medida que lo hacemos consciente y nos damos cuenta que es consecuencia de un estilo de vida donde está presente la humildad.

La humildad prepara el corazón para hacernos acreedores de los frutos de todo el bien. Esto es así, porque:

1.   La humildad nos permite aceptar  y celebrar el bien que los otros se proponen o realizan. Nos faculta para alegrarnos de los éxitos de los demás. En la medida que me puedo unir a las realizaciones positivas, estoy estrechando los lazos como comunidad, puedo ampliar mi mundo interior, me preparo para el crecimiento personal. Los otros, se convierten en una motivación para la búsqueda del bien. Así de un modo positivo estoy permitiendo construir un mundo nuevo a mi alrededor.

2.   La humildad nos invita a la práctica del orden y la templanza, como forma de dominio de nuestras pasiones más íntimas. Nos ayuda a entender que la paz interior supone el orden interior de los pensamientos y deseos. La humildad nos pone en guardia sobre nosotros mismos, para no entrar en el dominio del otro, aprendiendo a orientarnos hacia la entrega desinteresada. Nos alerta sobre las propias limitaciones y de las aspiraciones desmedidas y desordenadas que existen en nuestro corazón. De esta forma estamos atentos para no dejarnos sorprender por el egoísmo y disponiéndonos para el altruismo.  

3.   La humildad nos abre al agradecimiento. Nos libera de la autocomplacencia de pensar que todo es mérito personal. Nos permite ver todos los dones que Dios ha depositado en nuestro corazón. La humildad nos hace sinceros, reconociendo que los otros son parte de la vida y de nuestra alegría. En la medida que nos detenemos en nosotros mismos, nos cerramos al don del otro. El egocentrismo nos ciega, haciendo que los otros no existan. El corazón se dilata en el amor, cuando atendemos a los intereses de los demás.  

4.   La humildad nos enseña a comunicarnos de “tú” a “tú”. Nos permite hacer del otro “tú” un “yo”. Esto elimina la competencia y cualquier atisbo de envidia o pena por el bien que hay en los demás.  Es la humildad la que nos permite tener un lenguaje sencillo, una mirada clara, ver el rostro del otro. Nos enseña a caminar junto al hermano para entenderlo y hacerle partícipe de nuestra compasión y ayuda.

5.   La humildad nos ayuda a llevar a cabo proyectos comunes, nos permite trabajar junto a los otros. Saber escuchar y valorar la palabra del otro me dispone a colaborar. La falta de entendimiento en la familia o en la comunidad puede ser por una sobrevaloración de lo que pienso, por creerme superior a los demás. Esto destruye la relación interpersonal. La soberbia y el engreimiento nos distancian y ciegan para ver a las personas y por tanto llevan a la violencia interior e incluso exterior. Es de sabios saber privilegiar la amistad, para llegar juntos y en paz.

6.   La humildad nos conduce a la paciencia y a la entrega de nuestro tiempo. El humilde nos enseña a respetar los tiempos de los otros. Entiende que para estar en paz tiene que regalar su tiempo, como forma de donarse a sí mismo. En la medida que lo queremos todo ya, entramos en un estado de desasosiego,  de desorden que nos roba el equilibrio y la paz interior. La humildad nos permite disfrutar los procesos como si ya hubiésemos logrado lo que buscamos, nos introduce en la esperanza donde el tiempo se vive con la dimensión de la confianza.

7.   La humildad nos introduce en la paz y en la quietud del corazón. Nos proporciona el gozo de hacer las cosas sencillas con amor, sin miedo a la monotonía o al aburrimiento, pues a cada momento introduce la fidelidad creativa, que permite hacer nuevas todas las cosas. El humilde vive de la sorpresa de saber encontrar siempre un amor renovado en lo que hace. En la humildad se huye de la novedad como expresión de la superficialidad.

8.        La humildad nos permite renunciar a las cosas a favor de las personas como lo más valioso, pues siempre propician el encuentro. La relativización de lo material nos libera de la lucha por la posesión, nos predispone para el silencio y nos prepara para la escucha. La humildad nos enseña a vivir en la sobriedad como forma de agudizar la mirada del amor para responder a las necesidades del prójimo. Lo material es un medio  para expresar la generosidad en la sociedad, llegando a la justicia, a la solidaridad y la fraternidad.

9.                 La humildad nos ayuda  a encontrarnos con Dios.  El reconocimiento de nuestra pequeñez y la grandeza de Dios son dimensiones fundamentales para que podamos encontrarnos con Jesús. La humildad es el camino que ha elegido Jesús para llevarnos al Padre. Jesús se inclina hacia nosotros y se hace obediente al Padre, se humilla y se despoja de todo por nosotros.  Se abaja a la condición de esclavo siendo el Hijo de Dios. La presencia de Dios está acompañada del don de la paz. Su ejemplo se hace camino. Reconocer nuestra nada, hace que nos dispongamos para el encuentro con la misericordia.

10.              La humildad es el camino para la felicidad, nos sitúa en el lugar justo de lo que somos, nos orienta hacia el servicio. Nos enseña a aspirar a lo más genuino de nosotros mismos, dejando de lado aquello que nos degrada o es causa de desprecio hacia los demás. La humildad nos hace perseverantes en las dificultades en todo lo bueno. Nunca pierde la esperanza de llegar a la meta y creer en los pequeños esfuerzos de cada momento.
 

La humildad está en la adquisición de todas las virtudes, de esta forma se vuelve imprescindible en nuestro crecimiento como personas. La humildad nos sitúa en lo que somos y nos orienta hacia lo que deberíamos ser. Nos enseña el camino para llegar y nos da la fuerza para lograr lo más sublime.
                                                                                   Hno. Eloy Javier Lázaro

 

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