La humildad nos permite actualizar
el proyecto de vida.


En la medida que nos hacemos una idea de lo que podría ser la realización personal y luego por diversas causas, no sale como lo habíamos pensando, es necesario empezar de nuevo. Es preciso aprender a ilusionarse con la formulación de un nuevo proyecto. No es suficiente vivir con la resignación de lo que no ha sido. Nos tenemos que lanzar decididos hacia adelante, después de un profundo discernimiento.

Se necesita humildad y apertura para descubrir alternativas diferentes a lo que habíamos pensado. Es preciso reconocer que el llamado está en otra dirección. El seguimiento de  la vocación es el indicador más claro que nos puede conducir a la felicidad. Tal vez para seguir caminando, nos cueste dar los primeros pasos. La realidad es que el presente se conjuga con el pasado y sobre todo con el futuro. Nuestra vida será aquello hacia donde “movamos” nuestra voluntad. Para todo ello, necesitamos la vivencia de la  humildad, que nos devuelve a la realidad, amándola.

1.                Los contratiempos nos hacen entrar en crisis, pero siempre son un llamado al crecimiento. Es la otra alternativa que nos presenta la vida y que debemos descubrir para ser felices. Pero al  igual que nos cuesta obedecer a otra persona cuando nos sentimos heridos en nuestro orgullo, aunque sepamos qué es lo mejor, frente a la contrariedad necesitamos humildad para aceptar la realidad. Humildad para: superar el que dirán  las personas que nos rodean, para salir del orgullo personal frente a los que entran en una competencia descontrolada, modificar al pensamiento personal y descubrir la voluntad de Dios.

2.                La humildad nos infunde la fuerza para empezar de nuevo con las cosas pequeñas que están dentro de nosotros. Con la humildad vamos a superar la etapa de la lamentación, por aquello que ya no puede ser. Ahora estamos lanzados en un nuevo proyecto, donde cuenta lo que somos y las ganas de vivir que pongamos con una ética que nos conduce a la realización del bien, como camino de la alegría. Así, nos alegramos de la belleza de la creación, de una flor, de la candidez del niño, etc., que son reflejo de la semilla de bondad que tenemos en el corazón.

3.                La humildad hace que entremos en un nuevo orden personal, es un nuevo  nacimiento. Aprendemos a pensar diferente, adquirimos nuevos hábitos, nos habitamos en una forma más armónica. Se produce un encuentro personal con nosotros mismos. Relativizamos todo lo material. Valoramos a las personas, los afectos y la palabra cariñosa. Superamos la soledad que supone la incomprensión de los que están alrededor y que quieren imponernos su forma de ser y actuar.

4.                La humildad nos abre a la escucha, para aceptar aquello que no suena bien a nuestros oídos, pero que sabemos que nos conduce a la verdad. La humildad nos acerca al conocimiento de  nosotros mismos. Nos hace entrar en la aceptación y en la contemplación de lo que no entendemos. Aprendamos a ver la realidad con amor, saboreando las relaciones profundas, donde se valora la entrega y la donación. El humilde trata de no adueñarse de nada, pues se considera sólo un servidor.

5.                La humildad nos permite acercarnos a los más débiles, a los que están pasando por situaciones similares, a las personas que parece que no triunfan en la vida, y nos permite vivir la empatía con quienes transitan alguna etapa de dificultad.  Vivir en la humildad nos libera del exitismo o del triunfalismo, como expresiones de una sociedad de consumo que valora sólo aquello que se puede medir o cuantificar.

6.                La humildad nos permite pedir perdón cuando nos hemos equivocado, sabiendo perdonarse por las limitaciones personales. Así, nos encaminamos a reparar las heridas causadas en los otros, nos capacitamos para amar. Con la humildad perdonamos y hacemos crecer la solidaridad hacia todos. Admitir las deficiencias nos libera de tener que dar siempre la nota de la excelencia, nos permite ser nosotros mismos.

7.                La práctica de la misma humildad nos permite ser humildes. La virtud y las obras se confunden en una misma persona. No se precisa dar tantos consejos a los que quieren aprender, es suficiente que observen la vida de la persona virtuosa,  pues tiene modelado su ser como persona y vive la experiencia gozosa de la autenticidad. La virtud y la alegría nos permiten vivir con naturalidad. Pareciera que no se nos hace trabajosa la vida.

8.                La humildad nos ayuda a aceptar la ayuda de los que están cerca y quieren darnos una mano. Podemos estar con una herida en el corazón, pero permanecer permeables y accesibles a la palabra y a la compañía  de quien quiere regalarnos su afecto. La humildad nos libera de la autosuficiencia de pensar que lo podemos hacer todo, pero a la vez nos infunde valor.

9.                La humildad nos ayuda a ponernos en el lugar del otro. Cuando nos creemos superiores a los demás, nos puede resultar difícil pensar en las necesidades de los demás, pensamos que todos tienen que estar a nuestro servicio. No es sólo por comodidad, es sobre todo por sabernos con derechos, que los demás “deben” respetar. Por el contrario, con la humildad ocupamos el espíritu en agradar a los otros, en descubrir sus necesidades, en valorarlos como  personas, reconociendo siempre lo que tienen de valioso.

10.            La humildad nos predispone para la escucha del corazón. Aquietamos nuestro espíritu, para: adentrarnos en nuestros sentimientos, interpretar las emociones y descubrir las verdaderas motivaciones. Podemos recuperar la sensación de que andamos en nuestra casa, pues nos aceptamos con las fortalezas y debilidades. Sentimos que nos percibimos tal como somos, que nos amamos.

La humildad nos hace accesibles a los demás y dóciles a la voluntad de Dios. Nos permite detenernos frente a quien espera una palabra de aliento. Dejamos que Jesús se incline con su compasión hacia nuestras miserias; con el único sentimiento del agradecimiento. Ya que estamos descentrados de nosotros mismos y podemos ver desde la perspectiva del que está a nuestro lado. La humildad hace desaparecer la vergüenza y el miedo de ser queridos. Sólo cuenta que el otro pueda hacer el bien y sea feliz, al ver nuestra alegría.

Hno. Eloy Javier Lázaro

 

                                                                              

 

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