La humildad sostiene
la magnanimidad de nuestro corazón

Abril 2014


Parece paradójico que la magnanimidad tienda a lo grande y se alimente o sostenga con la virtud de la humildad. Esto es así porque parte desde la realidad más absoluta; conociendo las posibilidades y limitaciones, siendo sensible a las aspiraciones más excelsas del corazón, que sabemos que vienen de Dios.

La magnanimidad no se queda en la propia pequeñez, se siente atraída por la grandeza de Dios; aunque no debe renunciar a ser la criatura que busca a su Creador. Por la magnanimidad podemos continuar la perfección de la creación que Dios nos ha encomendado. Pero necesitamos la humildad que nos ayude a ordenar todo para su gloria y conservando siempre nuestra condición de criaturas.

Por la importancia que tienen las dos virtudes (la magnanimidad y la humildad), vamos a reflexionar en la relación que tiene una virtud en la otra:

1. Los humildes saben conjugar las limitaciones del momento y las posibilidades del proyecto de largo plazo al que nos sentimos llamados. Todos en algún momento podemos sentirnos cansados, porque flaquean nuestras fuerzas, porque el ánimo está por el piso o nuestro tiempo se acaba. Las personas humildes pueden separar estos estados interiores para reconocer a la vez los talentos y posibilidades. Esto hace que aún en los momentos difíciles no renunciamos a lo grande, pues sabemos que tenemos motivos para alegrarnos y superarnos. La magnanimidad necesita esta humildad para reconocernos como somos y no dejarnos abatir por la contrariedad.

2. La humildad nos permite reconocer las debilidades personales, para abrirnos a la grandeza de la misericordia de Dios, que es la fuente de toda magnanimidad. “Lo que es imposible para los hombres es posible para Dios”. Necesitamos sentir el dolor que hemos causado a nuestro corazón, al Padre y en otras personas, para empezar a vislumbrar que se puede hacer un cambio significativo. Es así que en ese momento en que nos sentimos pecadores ya empezamos a hacer el bien dejando a Dios expresar su amor. Al partir de nuestra nada, empezamos a intuir el cambio que comienza por los gestos sencillos que se presentan espontáneamente y que buscamos realizar intencionalmente.

3. La humildad nos ayuda a reconocer nuestras necesidades y a dejarnos ayudar. La autosuficiencia es una fuente de pesimismo, pues sólo contamos con nuestras propias fuerzas, que tienen un límite muy acotado. Los humildes aceptan la ayuda de todos los que ofrecen su colaboración, sin importar de dónde venga. Ponen la mirada en el bien que pueden realizar y dejan atrás toda búsqueda de exclusividad o renombre personal. Cuando somos humildes nos abrimos a que otros muchos también puedan hacer el bien que buscamos o realizamos. Esto es un gesto de confianza en los otros y también de descanso, pues vemos que no cae todo el peso de la responsabilidad sobre nosotros.

4. Los humildes no buscan observadores que valoren lo que hacen. Por sí mismos, calladamente, hacen lo grande o lo pequeño, porque saben gustar en su corazón el bien en todas sus formas. Es un indicador de su madurez no dejarse condicionar por lo que dicen o ven los demás. Viven la alegría de la entrega sin esperar nada, pues ya se consideran recompensados por el hecho de poder ayudar a los otros. Tienen la libertad de obrar cuando quieren, pues siempre tienen motivos excelsos. Poner las expectativas en las opiniones de los demás, es condenarse a no hacer nada, pues no siempre vamos a poder dar gusto a todos. Sólo debemos escuchar a quien busca nuestro bien, sin ningún interés de su parte; esta ayuda de dejarnos aconsejar, será mejor si la recibimos en forma confidencial, donde no quedamos expuestos a las miradas de testigos que no entienden nuestras decisiones. Con esa persona que tenemos la confianza de dejarnos acompañar después podemos evaluar para mejorar y crecer.

5. Con la humildad nos dejamos envolver y sobrecoger por el misterio de Dios. No buscando entender o comprender todo, pues sabemos que estamos inmersos en el inmenso e inabarcable amor de Dios, que en forma paulatina se nos va comunicando. Así gozamos de lo que se nos regala en el momento, sintiéndonos agradecidos por lo que percibimos a cada paso y seguros de que más adelante tendremos nuevos motivos para la alegría. La tarea que tenemos encomendada forma parte de una vocación que nos plenifica como personas. En el mismo llamado que hemos recibido de Dios tenemos la fuerza para llevar a cabo todo lo que se nos propone. Pero siempre es necesario recordar que somos llamados y enviados, para no creernos dueños.

6. La magnanimidad nos hace descubrir la grandeza de cada persona, para dejarnos sorprender por su riqueza interior, ya que es participación de los dones del Espíritu. Con la humildad nos permitimos estar al servicio de los demás, para colaborar en su crecimiento personal y acoger todo lo que nos quieren ofrecer. De esta forma entramos en la dimensión relacional. La humildad nos da la capacidad de la generosidad para hacer que el otro pueda crecer sin fijarnos en qué nivel o estado quedamos nosotros. Pues estamos seguros que el hecho de ayudar a crecer a otros hace que nosotros mismos avancemos también en el desarrollo, para encaminarnos a ser personas felices.

7. La magnanimidad orienta los éxitos hacia el agradecimiento. No nos dejamos “inflar” por la soberbia, pensando que todo es mérito personal. Reconocemos la colaboración de otros muchos que han hecho posible el logro de las metas alcanzadas. Esto hace que nos sintamos en la obligación de corresponder con una nueva superación, fruto del gozo interior, no de la competencia; para sentirnos siervos de los demás y ponernos a su servicio. La humildad nos permite ver a las personas que están en nuestro camino, deseando crecer juntos, compartiendo los objetivos que nos proponemos. Así sentimos, que lo importante no es llegar primeros; el objetivo es llegar todos unidos.

8. La magnanimidad es apertura a los otros y servicio desinteresado. La humildad nos hace serviciales de quien nos necesita, haciendo que las cualidades personales se multipliquen. De otra forma, los dones personas quedan aletargados, como si no los tuviéramos. Necesitamos tener la iniciativa de proponernos ayudar a quien nos precisa para que podamos desarrollar más y más las dotes recibidos. Por la humildad no nos sentirnos superiores a quienes nos rodean, esto nos permite servir sin llevar cuenta de lo que damos. Y nos ayuda a afianzamos más en las cualidades personales.

9. La humildad nos ayuda a descubrir las cualidades de los otros para poder trabajar juntos. Si tendemos a lo grande necesitamos caminar junto a los otros, para que nos ayuden a potenciar nuestras capacidades. Pero a su vez nosotros tenemos que acompañar a quienes nos rodean para que se puedan descubrirse valiosos. Somos nosotros los que con la forma de ser ayudaremos a dar participación y a activar las aptitudes que están latentes en los demás. En este trabajo de señalar lo positivo nosotros mismos nos descubrimos valiosos y reafirmamos lo personal. Sin la humildad y la grandeza de ver lo positivo de los otros, nosotros mismos nos quedamos encarcelados en el egoísmo y la envidia.

10. La magnanimidad y la humildad nos conducen a trabajar junto a los otros en equipo y formando una comunidad. Los carismas personales son recibidos y están para ponerlos al servicio de los otros, sólo así se desarrollan. Esto nos obliga a acoger al que está a nuestro lado para trabajar en equipo. Y así ya no sólo confiamos en las posibilidades personales, también contamos con la ayuda de los demás y colaboramos a que descubran su valía. Trabajar en equipo nos permite entregar lo mejor de nosotros y multiplicar los frutos para que lleguen a todos. Pues los demás hacen de transmisores de los valores que vivimos. Formar comunidad nos hace crecer exponencialmente en comunión con los destinatarios de nuestra ideales. Para esto es necesario renunciar a cualquier protagonismo o exclusividad, pues el fruto es de todos. El centrarnos en la búsqueda de los beneficios personales nos hace perder la riqueza de las personas que nos rodean.

 

Hno. Javier Lázaro


 

prin1.gif (3108 bytes)