La ilusión nos encamina a la alegría
Abril de 2006


Al reflexionar sobre el valor de la alegría nos tenemos que referir a la ilusión  como elemento anticipador y producto de la síntesis entre emotividad, razonamiento y voluntad.

Hablar de ilusión en educación da cierto miedo por dos motivos contrapuestos: por una parte la educación es una tarea muy importante en el crecimiento de la persona y necesita certezas; la segunda razón es que la ilusión casi siempre la percibimos como una distorsión de la percepción de la realidad. La ilusión es la anticipación de la alegría.

Sólo  en la medida que somos capaces de ilusionarnos, podemos anticipar el ideal de nuestra vida o de proponérselo a nuestros hijos/alumnos. Es posible que solamente percibamos algunas de sus cualidades personales, pero tenemos que atrevernos a imaginar a la  persona con todas las potencialidades y virtudes que puede lograr; así se lo tenemos que trasmitir. Están fuera de lugar todas las desvalorizaciones y juicios morales negativos sobre los demás.   

La palabra ilusión, que aparece en todos los lugares románticos... se deriva directamente del latín illusio, derivado de ludus. Ludus quiere decir juego. Felicidad e ilusión forman un binomio inseparable. Aunque como parte de la pasión  que uno siente, también supone padecer, pasión procede de pathos que supone padecer. Añoramos algo que todavía no tenemos, somos indigentes de nuestro futuro.

La persona no se mueve como los animales por los impulsos o estímulos que llegan desde el exterior; por tener una interioridad, cada acción que realiza la puede pasar previamente por el “laboratorio” de su intimidad, permitiéndose dar un sello diferente al  que nos llega desde el exterior. Para llegar a esto nos tenemos que atrever a imaginar en positivo, dándonos el tiempo para el silencio. Al principio puede parecer que no tiene sentido y estamos perdiendo el tiempo, más adelante todo va tomando forma y  súbitamente  todo se va dando.

En nuestra educación es posible que hayamos hecho demasiado hincapié  en la formación de los sentidos exteriores y hemos olvidado el cuidado y el crecimiento en los interiores, como la imaginación; es por esto que nos ajustamos puntillosamente a lo concreto, restando posibilidades a lo positivo que puede ocurrir en nuestra vida,  a la felicidad.

La fe en nosotros mismos es el paso previo para que la ilusión se pueda llevar a cabo y entonces es cuando abrimos las alas a la posibilidad del gozo. Para un gran número de personas, creer en una causa es una fuente de felicidad.

La ilusión tiene la vertiente del desengaño, algunas veces las cosas no se dan como hemos previsto y esto produce en nosotros un temor para imaginar. Pero hay una falta de atrevimiento más grave y radical: no atreverse a desear... es el temor a la falta de imaginación. La tendencia a no arriesgar, a vivir en el escepticismo, es la rutina de las personas desilusionadas por la vida. En casi todos los casos es un defecto por no poder percibir las posibilidades reales  y se privan del bien del que están llamado a gozar. En otras oportunidades no queremos complicarnos la vida eligiendo situaciones un tanto desconocidas e inciertas, sólo nos fijamos en los resultados y no valoramos el juego mismo de superación que supone cada situación. Como nos dice MARÍAS,  J., “La palabra buenaventura se deriva, evidentemente de ventura... lo que ha de venir”, en el mismo proceso de realización o de búsqueda.

Ningún goce es comparable al que es cumplimiento de una ilusión; es ella la que da la máxima intensidad, su calidad más alta, precisamente porque la vincula a la vida, lo introduce en algunas de las trayectorias, lo identifica al menos con una porción del proyecto personal, hace que en ese goce el yo, se encuentre y reconozca a sí mismo en lo que verdaderamente es. Esta situación de alegría máxima durará sólo un instante, la vida no se detiene. Debemos seguir pensando en el fututo, ilusionarnos.

La ilusión es el lado positivo, afirmativo de la condición indigente y menesterosa. El ser humano no puede hacer pie en algo fijo e inamovible, su propio progreso y el paso del tiempo siempre le están empujando a ir más lejos.

Cuando nos quedamos pegados a la realidad no llegaremos más lejos que lo que nos marque cotidianidad. El tiempo, las personas, los esfuerzos no tienen un elemento aglutinante que les dé unidad y oriente en una dirección. Solo un ideal en la vida puede marcar nuestra historia. La pregunta personal es: ¿Cuál es nuestro ideal hoy?

La ilusión y el ideal son las caras de la misma moneda. La ilusión se puede mover más en el plano emocional y el ideal está  en la conformación racional de una idea de nosotros mismos. Necesitan complementarse. En nuestra juventud siempre nos han pedido que tuviéramos un ideal; es posible que siempre nos hayamos quedado en el plano de la ilusión porque no teníamos los elementos de formación para hacernos no idea acaba de nosotros mismos. Hoy que estamos respondiendo a una vocación y tenemos una formación con un concepto de persona, podemos llegar a formular nuestro ideal de una forma más coherente, pero muy exigente y por tanto nos infunde un poco de temor el esfuerzo que tenemos que imponernos. Necesitamos seguir cultivando la ilusión como en la adolescencia, para poder lanzarnos decididamente.  La exploración, la curiosidad, el juego se desarrolla cuando disminuye el temor a ser aniquilado o derrotado en el intento. En otras palabras  ALBERONI, F., (2001, p.63) “El entusiasmo es una explosión de esperanza”.

La ilusión bien fundada se centra en la persona, pero no de cualquier manera; las personas están llamadas a relacionarse o entreverarse potenciando las posibilidades mutuas. Tienen que buscar el bien del otro. Los padres y el   docente tienen que volcarse para ennoblecer a  los hijos/alumnos. Esto sólo se logra en una relación donde se pone el amor como medida de la relación. De esta forma el amor se hace presente en la ilusión auténtica. El amor es la característica de la persona comprometida y con capacidad de elegir libremente, sin miedo a las dificultades.

 

                                                                                   Hno. Eloy Javier Lázaro

 

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