La Justicia, derecho de crecer del otro.





En esta segunda parte, en la que reflexionamos sobre la justicia,  nos vamos a fijar en los deberes para con los más próximos. No desconocemos las injusticias que hay en el mundo. La realidad podemos intentar cambiarla desde nuestras posibilidades cotidianas. No queremos caer en la enumeración de injusticias evidentes, donde es fácil vociferar. Nos vamos a fijar en la justicia como un don para hacer crecer a los demás y esto lo podemos intentar:

  1. Aprendiendo a dar prioridad a las personas con respecto a las cosas. La ambición de poseer o de seguridad nos lleva al “olvido” de las personas. Dar preferencia a las personas supone para nosotros dejar las cosas materiales en un segundo plano, y sobre todo significará que estamos llenando de sentido nuestra vida. El otro necesita que lo acojamos en nuestra intimidad y sólo el otro nos permitirá descubrir lo más profundo de nosotros mismos. Las cosas sólo nos llevan al vacío y a la disgregación de nosotros mismos. La valoración y el respeto que tengamos para con las personas, puede ser causa de unificación interior para cada uno y para nosotros mismos.
  2. Ejerciendo la autoridad sobre las personas que nos están encomendadas; la indiferencia o el dejar hacer es un abandono de aquellos que “decimos” que queremos. Nuestra autoridad para con nuestros alumnos o hijos pasa por una vida realizada, ordenada al bien y a la verdad por encima de las conveniencias del momento; más que recomendaciones del momento,  es preciso que ofrezcamos una vida con un proyecto de vida con  sentido. El otro necesita que seamos referentes con nuestras convicciones, que tengamos una vida en plenitud, que le sirva de ejemplo para ser feliz. Degradamos nuestro rol y somos injustos, cuando aspiramos llegar al otro con dádivas de cosas materiales pretendiendo  eludir la responsabilidad de saber poner un límite oportuno. A su vez ejercemos la autoridad cuando mostramos en nuestra vida la obediencia a las normas de convivencia como pueden ser: la puntualidad o el cumplimiento de los plazos dados, las normas de tránsito, el respeto por las diferencias, etc.
  3. Sabiendo aportar alegría a los demás. Pareciera que algunos siempre estamos buscando dar lástima ante  quienes nos rodean, cuando en realidad lo que esperan es nuestra alegría por el agradecimiento a la vida. Necesitamos ponernos la mochila del optimismo  por delante. Hay gente que se preocupa por nosotros, que nos da razones para estar alegres. Lo que esperan es una reciprocidad, que lo que han sembrado dé algún fruto. Todos esperan esos frutos buenos de nuestra vida y que los tenemos que hacer presentes en actitudes concretas: una sonrisa, una palabra de ánimo, nuestro buen talante para escuchar, etc.  
  4. Haciendo memoria de las personas que han contribuido a nuestro desarrollo, que nos han brindado los primeros cuidados, que nos han legado la herencia genética, cultural y espiritual. Con frecuencia nos fijamos en lo que no pudieron realizar. Hacemos responsables a otros de lo que nosotros tenemos que trabajar desde lo más personal. Aprender a hacer memoria es actualizar lo que ya en su momento hemos recibido. Todo lo que ahora podemos hacer no es sólo mérito personal, son muchas las personas que  se interesan  y colaboran para que seamos nosotros mismos. Hagamos memoria de las personas que han dejado marca positiva en nuestra vida, que nos han querido y han sido cercanas. Con nuestro agradecimiento podemos mantener vivo en el tiempo todas las vivencias positivas. Podemos ampliar nuestras relaciones, pero sin diluir en el vacío  o el olvido al otro. La amistad auténtica se mide por la capacidad de compromiso en el tiempo. 
  5. Aceptando las autonomía del otro. Cada uno somos personas independientes capaces de tomar decisiones; podemos concretar nuestro proyecto de vida; hay que aprender a respetar los sentimientos de cada uno. Con frecuencia podemos trivializar lo que le está pasando al otro, le aportamos soluciones desde nosotros mismos. Con la intencionalidad de que no nos incomode demasiado, lo manipulamos, lo desvalorizamos. Con un aire  de cercanía tratamos de hacer asequible a nuestra forma de ser el problema del otro. El otro necesita que desarrollemos la empatía, la compasión para ponernos en su lugar y la misericordia para asumir su problema como propio.
  6. Prestamos nuestra atención a los que no tienen forma de expresar sus necesidades. La justicia  tiene que llegar a dar a cada uno lo que le corresponde, aunque no pueda reclamarlo. Es nuestra solidaridad la que se tiene que hacer cercana. Ser capaces de entrar en la biografía del otro,  hacernos sensibles a los sentimientos de los que no pueden expresarlos y hacerse entender. Un primer paso es evitar poner la etiqueta de: insensibles, fríos, distantes, etc. (no juzgar). En segundo lugar tratemos de regalarles unos minutos de nuestro tiempo para tomar una actitud de escucha.
  7. Descubriendo las capacidades personales y dar la posibilidad de que las puedan desarrollar. Nuestro narcisismo tiende a señalar más las limitaciones de los otros, de esta forma estamos justificando nuestras falencias o disminuimos nuestros esfuerzo para superarnos (“mal de muchos, consuelo de tontos”). Es un acto de justicia manifestar aquello en lo que está mejorando el otro. Nuestro aprecio a los demás se tiene que hacer realidad al ofrecer posibilidades de crecimiento reales, regalándole nuestra confianza, ayudándole a ser feliz. Ser capaces de alegrarnos de los éxitos de las personas que nos rodean. La envidia sólo nos llevará a la pérdida de un don tan preciado como la paz.   

Dando a Dios la gloria y la alabanza que le corresponde. Es un deber de justicia reconocer todo lo que hace en la vida; nuestra existencia tiene que ser un canto a la vida por la alegría de la creación; tenemos que reconocer la obra de salvación realizada a través de Jesús. Ni un solo cabello cae de nuestra cabeza sin que Dios Padre lo permita, Él viste a las flores del campo, anima el canto de los pájaros, alienta nuestra luchas, está presente en el amor de nuestra familia, suaviza las heridas de nuestro dolor, nos ilumina con el don de la fe, … nos regala a su propia Madre como Madre nuestra: María.

 

                                                                                                    Hno. Eloy Javier Lázaro

 

prin1.gif (3108 bytes)