La magnanimidad llega a la plenitud
con la gracia de Dios

Agosto 2014


   

Todo lo que depende de las capacidades humanas tiene un límite en su desarrollo. Es muy  diferente cuando nos abrimos a la acción de Dios en nuestro proyecto de vida; entonces si podemos llegar a metas insospechadas; en este caso  Él es quien  nos dirige, nos acompaña y nos propone los fines a alcanzar.

Necesitamos descubrir los anhelos más profundos del corazón, que siempre tienen una tendencia a lo infinito, para luego permitir que Dios haga en nosotros lo que quiera; haciéndonos aspirar en nuestro espíritu hacia lo más bello. De alguna manera se trata de descubrir el proyecto de Dios para dejar que nos conduzca hacia la felicidad. Constantemente necesita el sí de nuestra libertad, para orientarnos hacia la plenitud y caminar siempre en el mismo sentido, pues su ayuda  nunca nos falta.

Las personas magnánimas necesitan desarrollar la capacidad para entrar en el propio corazón y leer por dónde el Espíritu nos quiere conducir. Esto supone humildad para aceptarnos tal  como somos, como nos quiere Dios y ser dóciles para ir donde nos desea llevar. La voluntad personal, algunas veces, nos confunde con los deseos que nos propone, pues se quedan en torpes caprichos que no nos realizan como personas, pues nos llevan a lo más bajo, que es contrario a la magnanimidad. Para no quedar confundidos entre nuestros afanes y para que podamos aspirar a lo que es realmente bueno, necesitamos cierto orden que supone:

1. Sinceridad en nuestros proyectos. Para ello precisamos confrontar lo que pensamos con alguien que nos haga ver otros puntos de vistas o el propio autoengaño. Podemos estar confundidos: por lo que pensamos que nos da prestigio, por la tendencia al placer,  cuando buscamos una ventaja social o la comodidad, etc. La magnanimidad siempre busca lo grande, conociendo las capacidades personales y haciendo que se pongan en funcionamiento en su grado máximo, para que la persona se desarrolle en plenitud. Todo lo grande nos exige un compromiso total. Lo grande según el espíritu puede ser lo más simple, no necesariamente lo más difícil o complejo.

En este sentido la sinceridad está unida a la verdad de lo que buscamos. Hemos de percibir coherencia entre la sentida autenticidad que decimos que queremos vivir  y lo que nos proponemos. Tenemos que tener buenas intenciones, pero además lo que buscamos debe ser siempre bueno y verdadero, porque tenemos la convicción de que es lo que más nos conviene. Necesitamos humidad para reconocer que hay cosas buenas e importantes que podríamos lograr, pero que no nos convienen para nuestro proyecto personal. La realización  siempre debe estar orientada al servicio de los demás, para no quedar encerrados en el egoísmo.

2. Aprender a leer en nuestro corazón lo que sentimos y que va sembrando el Espíritu. Cada uno tenemos una vocación que surge de un llamado particular, para realizarnos plenamente y ser felices. Supone comprender el lenguaje de los signos interiores, a través de los cuales se manifiesta a qué estamos llamados. Estos susurros profundos, que sólo escuchamos los interesados, precisamos aprender a ponerlos en palabras, para que sean audibles a alguna persona especializada que nos ayude a discernir. La vocación nos lanza a lo más grande de nosotros mismos, pero se manifiesta en un reducto muy íntimo; para los demás sólo es perceptible por los sentimientos que manifestamos y que en cierto modo tienen que concordar con lo que transmitimos en palabras. Este lenguaje profundo es insistente, pues no cesará hasta que tenga una respuesta personal; no lo podemos acallar sin más, necesita una respuesta comprometida. La cantidad de signos que podemos percibir son de diversa índole, pero todos apuestan a comunicarnos la misma llamada.

Este lenguaje interior nos ilumina en todo lo que hacemos, nos da un sentido donde nos sentimos convocados y confirmados. Desoír o desatender estas llamadas nos lleva a la evasión de nosotros mismos para vivir sólo el momento presente como algo efímero y sin esperanza. Atender el lenguaje del corazón, que es el correlato de la voz de Dios en nuestro interior, supone darse los tiempos necesarios de la escucha interior, crear el clima de silencio donde nos apartamos de todo lo que pueda causar ruido emocional; se trata de vivir en la intimidad la aventura de forjar la libertar. Como seres humanos, tuvimos una primera etapa para conformar la dimensión biológica en el seno de nuestra madre; ahora somos nosotros los que creamos el ámbito donde nos acogemos y asumimos el proyecto de nuestras vidas, pues tenemos una capacidad ilimitada de crecimiento, tendiendo siempre a lo infinito.

3. Ser obedientes a la atracción que sentimos hacia lo más sublime, aunque esto suponga lucha o renuncia personal.  La respuesta a la llamada tiene que ser completa; necesitamos obedecer  con precisión para que se lleve a cabo lo que nos propone. No nos sirve quedarnos con una parte solamente, pues nada tiene sentido y nos genera la insatisfacción y la tristeza. Lo que sentimos en nuestro corazón supone obedecer la llamada que siempre nos conduce hacia lo grande, aunque esto a su vez suponga renunciar, dejar otras cosas que traban la consecución de lo importante. Se abren así dos nuevas perspectiva en la magnanimidad: la confianza y la generosidad.

Cuando quedamos pegamos a lo inmediato, a lo concreto, a lo que ya tenemos con seguridad es muy difícil abrirse a lo que está por llegar. A cada paso que damos necesitamos ser agradecidos con lo que hemos vividos, pero seguros de que todo es un estado dinámico, ya que estamos llamados a mayores cosas; necesitamos abandonar la autocomplacencia, para renacer a lo nuevo y avanzar hacia los grandes ideales. El no querer complicarnos la vida, con frecuencia está asociado a la falta de interés por seguir creciendo y que siempre es una resignación, que nos lleva a la mediocridad y la tristeza. En la medida que somos generosos en las motivaciones y el esfuerzo generamos nueva vida.  

4. Lo que se nos propone, cuando es bueno, hace que nuestro corazón quede prendado, enamorado, deseoso por alcanzarlo. La belleza sutilmente nos atrae y nos seduce. Pero necesitamos educar la sensibilidad del corazón para detectar en nuestro interior lo sublime, lo que nos permita hacer una adhesión firme al ideal que se ha despertado y que seguro que en él está Cristo mismo. Esto es un descubrimiento que se convierte en acontecimiento, que ilumina todas las realidades que nos rodean y que nos permiten relativizar las cosas que no son importantes, para dejarlas atrás o renunciar si es preciso. Dejarse sorprende por el tesoro que Dios ha puesto en nuestro corazón, buscando y viviendo su infinita amistad nos abre a valorar a las personas por lo que son en su referencia a la dignidad de redimidas por Cristo, para una vida nueva.

5. A partir del encuentro que se produce en nuestro interior nos podemos abrir a relaciones interpersonales auténticas. Pues todo bien tiene su origen en el encuentro con Cristo, que es más íntimo a nosotros de lo que somos nosotros mismos. Nos conoce totalmente, porque ama nuestra realidad personal sin condiciones. Asume todo lo que somos para elevarnos al nivel de la divinidad, haciéndonos participar de su entrega, que es amor. De esta forma quedamos transformados, donde Él está en todo lo que hacemos y pasa a configurar nuestro ser, pues nosotros estamos en el centro de su Corazón.

La Cruz, expresión de la entrega total de Cristo por amor, es el símbolo de nuestro quehacer cotidiano, de la capacidad de altruismo que debemos desarrollar.  La Cruz que en un primer momento nos puede producir cierto rechazo, contemplada cada día como fruto del amor se convierte en el modelo de la entrega. Realizamos la oblación en los pequeños detalles que se presentan a cada momento, despertando el afecto más profundo y ordenando las actitudes hacia el desinterés personal. La Cruz es la fuente que sana las heridas de la búsqueda desordenada de nosotros mismos y nos abre a los demás con generosidad; la Cruz nos sana del narcisismo, para darnos la fuerza de ver a los otros como hermanos que nos necesitan.

Es así como los pobres y los pequeños se convierten en un regalo para nuestras vidas, pues pueden despertar lo más valioso, que de otra forma no se desarrolla y quedaría atrofiado. La posibilidad de poner la mirada en los más débiles provoca en el corazón la capacidad de darnos sin medida. En los otros está presente la obra del amor de Dios, que nos crea únicos, pero que necesita de nuestra colaboración para completar la nueva creación. Es la disposición permanente a  hacer su voluntad para el bien del prójimo lo que hace que todo lo que hagamos se convierta en grande. La obra de Dios se realiza en nuestra vida por la capacidad que tenemos de implicarnos en las necesidades de los otros. No cuenta la cantidad o el esfuerzo realizado; en las cosas del espíritu la importancia sólo pasa por la libertad que se tiene para vivir la disponibilidad real para servir.  “El que quiera ser el primero que se haga el servidor de todos”. “Ustedes serán felices si, sabiendo estas cosas, las practican” (Jn 13,17).

Hno. Javier Lázaro  


 

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