La magnanimidad busca lo grande desde lo pequeño

Mayo 2014


La magnanimidad tiende a lo grande cuidando los pequeños detalles. No se deja llevar o desorientar por el éxito, que nos puede conducir al desorden y a descuidar los medios que empleamos, cegados por el ansia de aplauso o la simple aprobación de los otros.

En la construcción de una casa se cuida la colocación de cada ladrillo, se usa la plomada y el nivel, para poder terminar bien.  Al empezar algo se hace necesario calcular los esfuerzos que tenemos que emplear para no dejarse llevar por la impaciencia. Es posible que en algún proyecto el único fruto de la magnanimidad sea la paciencia misma, para poder terminar algo que nos hemos propuesto y que se hace esperar.

Realizar las tareas pequeñas bien, nos conduce a la simplicidad y a la sencillez en la forma de conducirnos con nosotros mismo y con los demás. Esto siempre supone un orden con múltiples aplicaciones en la vida cotidina, así podemos señalar:

1.     Ordenar los elementos de trabajo, para usarlos en forma inmediata cuando se necesiten, sostiene la magnanimidad.  Dejar las útiles en su lugar y asegurándonos de que están en perfecto estado para ser utilizados  en cualquier oportunidad, dispone nuestro espíritu hacia lo grande, pues nos encontramos el camino allanado para que todo sea más fácil. Dejar las cosas desordenadas, sucias, en otro lugar o en mal estado, hará que a la hora de emplearlas para el fin que nos proponemos, no nos sean útiles, perdamos la paciencia, nos desanimemos, etc. Y esto simplemente, porque en el momento anterior no tuvimos el cuidado de dejarlo todo listo para la vez siguiente. Una tarea está culminada si hemos dejado todo dispuesto para seguir trabajando.

El desinterés  en los medios empleados,  por no prolongar un minuto, hará que más tarde perdamos horas, porque no encontramos lo que necesitamos, no recordar cómo seguía y no podamos emplearlos adecuadamente. Esto lo observamos: en la cocina, a la hora de hacer la comida y no encontrar los condimentos; en el escritorio, a la hora de comenzar un trabajo y dejamos todo amontonado; en la ropa que tenemos que usar cuando tenemos que salir y no hay tiempo que perder.

Tener todo bien dispuesto nos hace más fácil empezar. Es más, nos sentiremos atraídos y animados para realizar las tareas. Cuando se da el caso contrario, será muy difícil superar la  inercia inicial para abordar la actividad. ¡Cómo nos cuesta preparar un examen si tenemos los apuntes desordenados! El orden es una virtud que nos ayuda a ser magnánimos. Los detalles en el orden nos ayudan a pensar que siempre estamos listos para seguir avanzando, paso a paso, con ahorro de tiempo y de esfuerzo.

2.  Nuestro orden infunde deseos de superación en quienes nos rodean. Corolario del punto anterior, se puede decir que cuando disponemos de las cosas bien, teniendo en cuenta a los otros, en realidad los estamos ayudando para infundirles el deseo de crecer y animarlos a ser magnánimos.  En la medida que encuentran las condiciones  para comenzar algo en forma inmediata, se entusiasman fácilmente para lanzarse, comprometerse en su proyecto personal y en el compromiso hacia los demás.

Por el contrario, cuando no nos importan los otros, dejamos las cosas de cualquier forma o en distintos lugares… Esto hará muy difícil que quienes nos rodean puedan continuar o empezar lo que se proponen, simplemente porque con nuestra actitud frenamos sus deseos de superación. En este sentido podemos poner muchos ejemplos: dejar las llaves que deben utilizar en otro lugar distinto del acordado; abandonar roto algún utensilio que deben usar después, sin avisar o proponiendo otra alternativa; hacer las tareas de la comunidad o del grupo para nosotros mismos, sin explicar convenientemente el objetivo que nos proponemos, impidiendo que los demás encuentren sentido a lo que hacen; cambiar la configuración de la computadora de uso común, sin una explicación…

Cuando somos magnánimos seguramente animamos a los otros a que se contagien en los buenos hábitos que nos facilitan la vida.  Son detalles pequeños, pero que “aceitan” las relaciones humanas y nos hacen sentir unidos. El espíritu de colaboración se contagia el ánimo que nos damos.

3.    Ordenar los sentimientos y afectos  en la contrariedad nos ayuda a focalizarnos en el fin que perseguimos. En el proceso de realización de las tareas, siempre vamos a tener situaciones imprevistas, que no deben ser impedimento para seguir adelante. Ante las pequeñas contingencias, no podemos detenernos en lo accesorio o circunstancial,  necesitamos relativizar las dificultades y los cambios necesarios con respecto a lo que teníamos previsto en los planes iniciales.

La falta de capacidad para adaptarnos a la realidad con frecuencia es causa de desánimo. Necesitamos la apertura afectiva e intelectual para no quedar atados por los pequeños obstáculos del camino.  La adaptación a las personas, a los tiempos, a las formas, etc., es absolutamente necesaria para no vivir continuamente contrariados, pues es posible que lo nuevo que se nos ofrece sea superior a lo que teníamos previsto.  Esto no supone renunciar a lo esencial y a los principios personales. Siempre requiere discernir para vivir animados por el fin que nos proponemos.

4.    La dedicación del tiempo necesario nos asegura la realización de los proyectos y la posibilidad de gozar del bien realizado. En el afán de hacer una diversidad de cosas, puede ser que no terminemos  ninguna bien. Aunque todas sean necesarias, es bueno finalizar cada una, para tener la mente concentrada en la siguiente y evitar estar disgregados interiormente.  También tenemos que distinguir cuáles son esenciales, qué podemos delegar o simplemente no debemos realizar, pues nos buscamos desordenamente a nosotros mismos.

Con al escusa de descansar, es posible que nos organicemos otras actividades que nos generan mayor estrés y realmente nos desequilibran afectivamente para seguir después. Así, participamos de fiestas que por el ambiente en el que nos introducimos perturban nuestro corazón, aunque aparentemente sean inocentes, después nos infunden actitudes de abulia y desgana general, por haber incursionado en el hedonismo y el narcisismo.  Necesitamos obrar con madurez y reconocer todo aquello que nos desanima o nos aparta del ideal de nuestra vida.

En nombre de los avances o el progreso,  hay  experiencia que no condicen con nuestra dignidad personal y por tanto debemos apartarnos y dejarlas. No podemos vivir en la dualidad, necesitamos orientarnos coherentemene en la misma dirección en todo momento. La magnanimidad implica a nuestro ser, pensamientos, sentimientos  y deseos.  Hacer una elección contraria, por pequeña que parezca, debilita la capacidad de tender a lo grande que nos proponemos y no nos hace creíbles.

5.    Aprovechar el tiempo en forma eficiente hará que seamos eficaces en las tareas. La magnanimidad nos lleva a empezar la tarea  desde el primer segundo que tenemos asignado; dar vueltas y dilatar el inicio de una labor nos hace entrar en un clima de cierto desinterés, que se plasmará a lo largo de todo el proceso. Los primeros minutos tienen una relevancia mayor, pues estamos descansados e imprimen el ritmo del trabajo general.

De la misma manera, el final de una tarea exige una mayor atención, pues estamos más cansados y podemos caer en la tentación de pensar que ya no falta nada  y lo dejemos inconcluso o posterguemos su finalización. Conviene mantener la concentración hasta el final, para no devaluar el fin que nos proponemos y gozar de la obra bien hecha.

En el proceso mismo del trabajo es conveniente mantener el ritmo del trabajo. En la medida que empezamos a caminar a la deriva, se prolonga el tiempo de la tarea y aumenta la fatiga, hasta llegar a la alternativa de abandonarlo con mil justificaciones, que harán muy difícil continuar.

La magnanimidad nos impone la necesidad de proponernos metas a largo y a corto plazo, para cumplirlas al pie de la letra, sentir que somos dueños de nosotros mismos y podemos lograr lo que nos proponemos.  Si en algún momento tenemos que replantearnos alguna prórroga, debe ser con un profundo discernimiento. No es bueno ser laxos o condescendientes sin una justificación bien fundamentada. El descansar para recuperar fuerzas y salir del agotamiento es una buena razón para darnos más tiempo.

Ayuda a la magnanimidad el prolongar el tiempo de trabajo cuando tenemos la tentación de apresurarnos para terminar antes. Entonces podemos decir que estamos creciendo en dominio personal.

Es bueno recordar el ejemplo de los viajes en avión, donde los momentos más críticos son el despegue y el aterrizaje. Pero en el tiempo de vuelo tampoco se descuida ninguno de los indicadores para llegar al destino. Nosotros somos los pilotos de nuestra propia vida.

6.    El comer sólo lo necesario, descansar el tiempo justo y el acoger sólo los  pensamientos que proceden del buen espíritu nos ayudan a determinarnos con libertad a lo grande. Lo  que parece inocente, las conversaciones cotidianas y la actividad en general, merece que lo  examinemos, para conocer cómo repercute en nuestro deseo de buscar la excelencia propia de la magnanimidad.

Si  sólo nos centramos en la satisfacción que obtenemos en el disfrute de la comida o la bebida, vamos cerrándonos  a otras posibilidades más enaltecedoras que llenan y necesita el corazón humano.  Es bueno valorar la comida, pero no es un fin en sí mismo; simplemente es más importante con quién  la compartimos.

La incapacidad para dedicar el tiempo a descansar, hará que estemos casi siempre con una agitación excesiva o sin ganas y perezosos, porque no nos hemos dispuesto interiormente para afrontar las dificultades. Es preciso recordarnos que somos limitados y hay que  dejar algunas tareas que no son necesarias, para descansar e implicarnos eficientemente en lo importante.

Hno. Javier Lázaro

 

                                                                            

 

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