La magnanimidad se realiza
en la entrega sin medida de nuestra vida

Julio 2014


Vivir la plenitud de la vida, desde la humildad y con  la tendencia  hacia lo excelso, supone educar nuestra afectividad. Es formar el corazón en la libertad de la austeridad y la generosidad, sabiéndonos llenos de vida, capaces de ser felices

Todos somos conscientes de nuestras tendencias y deseos, pero necesitamos orientarnos hacia lo más bello, que supone  salir de nosotros mismos y  desarrollar la capacidad de servicio. Si nuestros afectos los referimos a nosotros mismos, no haremos el camino de la realización personal, atrofiamos las capacidades más profundas. Nuestra vida sólo se plenifica en el encuentro, entregándola a los otros.

Las apetencias personales, sin discernimiento, nos confunden y nos llevan a lo trivial y lo más bajo. Se hace necesario tener la sabiduría para orientarnos a lo que Dios quiere. Necesitamos educar el corazón en la sobriedad y la austeridad, para lanzarnos magnánimamente hacia lo máximo. Cuando no lo hacemos somos víctimas de los propios deseos. Hacemos de los caprichos necesidades que deforman la libertad y nos incapacitan para la vocación más profunda, que es la entrega, en el olvido de nosotros mismos. La alegría que anhela el corazón de cada persona, la encuentra cuando se atreve a lanzarse hacia lo más grande y altruista.

Hay sensaciones y atracciones, que aunque placenteras, no deben gobernar nuestras vidas. Tenemos la fuerza de la gracia de Dios, para hacer opciones que nos comprometan y nos obliguen a entregarnos sin esperar nada. Por eso tenemos que  entrenarnos con los hechos concretos:

1. Saber postergar la satisfacción de algunas necesidades más inmediatas. Con frecuencia estamos realizando alguna tarea importante, a punto de culminarla y aplazamos  la terminación para satisfacer una sugestión interior,  porque sentimos una sensación que sería fácilmente superada hasta poder terminar lo que estamos realizando.  Desarrollar la capacidad para esperar nos entrena en el dominio de sí y para  el fortalecimiento de la voluntad. El poder disponer de las cosas convenientemente nos ayuda a contenernos a nosotros mismos, a formarnos en la capacidad de entrega en un amor sólido (contrario del amor líquido que no tiene forma y que se desparrama  por cualquier lugar).  Hoy la sociedad de consumo nos hace cientos de propuestas, que nos conducen a la deformación de lo que es nuestro ser, salido de las manos de Dios. Necesitamos abstraernos de lo que es contrario al plan divino y poder ser nosotros mismos.

2. Dar sin esperar nada a cambio.  Hacer algo con la pretensión de una compensación material nos empobrece. Cuando encontramos razones interiores para nuestra conducta, siempre  tendremos motivaciones para seguir actuando con alegría.  En la medida que buscamos un reconocimiento exterior estamos  haciendo depender nuestra realización personal de las decisiones de los otros. En nuestro interior tenemos motivaciones afectivas suficientes para determinarnos en la realización del bien. Cuando queremos formar a los niños y los jóvenes no podemos caer en la demagogia del premio o la retribución: “si haces esto te doy…”. Cada uno tiene que descubrir la alegría en la tarea bien hecha, que por pequeña que sea siempre está abierta al infinito, pues nos orienta hacia Dios. Los logros alcanzados nos tienen que abrir al agradecimiento por haber tenido la posibilidad de desplegar las cualidades personales y no al reclamo.

3. Valorar lo que somos que es infinitamente más importante que lo que tenemos. Saberse un don para los demás es un camino que nos saca de la competencia y la comparación. Solamente tenemos lo que podemos poner al servicio de los otros. Si dependemos de lo que tenemos (dinero u otros bienes) nos hacemos vulnerables, pues siempre estamos con el riesgo de perderlo.  La personalidad la vamos equipando con las convicciones y las virtudes que vamos adquiriendo y que nos permiten vivir la libertad, que nadie nos puede quitar. Aprender a prescindir de las cosas materiales nos permite descubrir lo valioso de las personas que nos rodean. Descubrir la verdad de las cosas a través del conocimiento, nos abre desde lo insignificante, a la sana afectividad. Partimos de la contemplación de la naturaleza o la obra de arte, para descubrir la posibilidad de que podemos  formar parte de esa realidad sin intentar apropiárnosla.

4. Hay cosas que sólo las poseemos cuando nos damos a los demás. La libertad se realiza en el encuentro con los demás, si nos entregamos generosamente, si servimos, si nos damos en cada detalle donde la vida nos da la oportunidad. Aprender a perdernos en la relación  de entrega nos ayuda a encontrarnos, a saber quiénes somos y  a descubrir la dignidad de cada persona.  Podemos tener una identidad cuando sabemos quiénes somos en relación con las personas con quienes nos comunicamos. No debemos encerrarnos en nosotros mismos para dejarnos enriquecer por los dones que tienen los otros; las “pantallas” de las nuevas tecnologías, nos devolverán una imagen empobrecida  de quiénes somos. La relación de “tú a tú” llama a nuestro interior y nos lanza a dar lo mejor de nosotros mismos. El contacto con las cosas sólo nos hace un objeto de consumo más. Una forma de vivir libres frente a las cosas es aprender a ponerlas  a disposición de los demás.

5. Cuando más damos, generamos la posibilidad de crecer para darnos más y más. En la medida que menos nos exigimos, nos iremos debilitando,  hasta quedar totalmente incapacitados para la vida. En educación, supone que los padres y los docentes no suplamos en nada en aquello que pueden hacer los jóvenes o los niños. La falta de exigencia es el camino de la atrofia y la tristeza. No es el fin principal exigir para producir más; el objetivo es que la persona desarrolle todas sus capacidades, que supone sacrificio y esfuerzo. La magnanimidad nos permite soñar porque creemos en nosotros mismos, por la experiencia de las  situaciones superadas con anterioridad. La entrega no es un gesto aislado, es fruto de una forma habitual del ser en todos los ámbitos que implican a la persona en todas sus dimensiones. La trayectoria que imaginamos hasta llegar a lo grande, impulsa nuestra libertad para buscar el fin, orientándonos hacia el infinito; sin detenerse en lo inmediato o lo fácil, que aunque parece un bien aparente, nos limita en el desarrollo pleno. Todo lo bueno y bello que percibimos en nuestro interior, remite nuestro corazón a lo más  excelso, hacia donde queremos caminar.

6. El desprendimiento de las cosas nos ayuda a aspirar a lo grande en la valoración de la relación con las personas. Si podemos vivir desapegados de lo material es porque ya intuimos las vivencias enriquecedoras que podemos alcanzar. Resueltas las necesidades básicas, necesitamos liberarnos de los apegos que nos atan, para abrirnos a lo que puede llenar nuestro corazón. “De que le sirva al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma” (si pierde el deseo de plenitud). Cuando renunciamos a lo superfluo, nos abrimos a la experiencia de vida como plenitud. Pero esto se hace concreto, preguntándonos ¿de qué podemos prescindir para ser más libres? Si asumimos la realidad personal, con las pobrezas y virtudes, pero desnuda de seguridades materiales, nos podemos abrir a la relación que nos abre a lo infinito, a Dios; sólo entonces las relaciones humanas empiezan a ser auténticas.

7. Darnos generosamente, sin límite, nos permite contribuir a la felicidad de los demás y a descubrir su valía.  Para darnos, tenemos que aligerarnos y renunciar al deseo que supone tratar de imponernos; sólo entonces los otros nos puedan acoger libremente. Necesitamos ir hacia los demás desde la simplicidad personal, con los pensamientos vividos y dejando las teorías que no hemos podido  demostrar en la propia biografía. El puente para darnos está en la búsqueda del bien hacia el otro; del bien que necesita y al  que nosotros podemos contribuir sin apropiarnos de las otras personas, dejándolas ser, de acuerdo a la vocación, a la que se sienten atraídas.  La generosidad se concreta en el tiempo de escucha, en el estar al lado sin exigir nada, en acoger el misterio que es cada uno y que con frecuencia no terminamos de entender.

                                                                     Hno. Javier Lázaro

 


 

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