La magnanimidad nos orienta

al servicio hacia los otros

Septiembre 2014


   

Cuando somos magnánimos buscamos el bien para que los otros puedan realizarse y ser felices. Esta apertura hacia los demás, nos ayuda a olvidarnos de nosotros mismos y así poder percibir las necesidades de quienes nos rodean. El prójimo se convierte en una preocupación, que nos permite ayudarlo a descubrir todas las potencialidades a las que está llamado a desarrollar.

La magnanimidad nos ayuda descubrir quiénes son los otros, sin juzgarlos; pero que a su vez en nuestra entrega, nos dan la posibilidad de cultivar todas las facultades y valores que están latentes en nuestro interior.  Desde esta perspectiva, los demás son un regalo en nuestra vida; al pedirnos ayuda o nosotros ofrecérsela, se convierten en ocasión para la entrega y compromiso; realidades que nos permiten lanzarnos al futuro con un proyecto lleno de sentido.

Desarrollar la magnanimidad nos hace  llegar a la madurez humana. Es la expresión de sabernos amados y capaces de amar. Se da un equilibrio emocional que nos permite estar bien con nosotros mismos y abiertos a la demás, sin depender de su aprobación. El concepto positivo de nosotros mismos se va conformando por el bien que podemos llevar  hacia los otros. A su vez, el éxito no pasa por los resultados obtenidos; se centra en la implicación personal, sin buscar ventajas de ningún tipo. Por eso la magnanimidad se tiene que expresar en nuestra entrega, a través de:

1. La generosidad para responder a las necesidades de los otros sin espera una contrapartida.  Esta sensibilidad y voluntad de hacer el bien nos va dando un corazón abierto, capaz de captar el interior de los demás, para acercarnos y dar lo que realmente requieren, si está a nuestro alcance.  Con frecuencia damos de lo que nos sobra y no nos implicamos a nivel personal; en ese caso, no somos útiles a los otros, aunque los llenemos de cosas, pues no desplegamos las facultades personales y los otros no perciben el valor agregado que tiene el don de sí;  así quedamos en un estado de eterna inmadurez. Cuando somos  magnánimos, podemos sopesar aquello que hará bien y trabajar pacientemente para que los otros lo puedan vivir.  Nuestra actitud genera en los otros un deseo de querer alcanzar lo que proponemos, sin que se  sientan invadidos  o presionados por nuestra invitación.

2. La magnanimidad intuye y percibe el estado del corazón de los demás. Es una forma de olvidarnos de nosotros mismos y de descubrir las posibilidades ilimitadas de los que están cerca o a nuestro cargo, sin importar el estado en que se encuentran. Cuando somos magnánimos, por nuestra actitud en la relación con los otros, generamos esperanza y confianza, ganas de despertar hacia el altruismo.  Si vivimos con un corazón  magnánimo engendramos vida en los otros corazones y encendemos la alegría, que inicia a los demás en el bien obrar. La mirada se convierte en una forma de descubrir lo bueno que nos rodea y de participar en ello con nuestra contemplación.  Por eso renunciamos intencionalmente a toda forma de inquisición o de condenación. Aprendemos a ver en las fallas de los hermanos, discapacidades emocionales que los imposibilita responder a su vocación más profunda; pero siempre nos animamos a creer, que podemos entrar en comunión con los más débiles, para sanar las heridas y ayudarlos a caminar.  La magnanimidad supone una aceptación continua de los demás, para poder establecer puentes que generen crecimiento y cooperación.

3. La magnanimidad es una forma de vivir, capaz de envolver a quienes están decaídos o desanimados, para despertarlos en el bien obrar y sentir.  En este sentido, un elemento fundamental es el lenguaje que utilizamos, que tiene que estar fecundado de un vocabulario lleno de matices que nos abran a la valoración y a la creatividad. Sin ignorar la realidad, siempre hacemos presentes las noticias positivas, para adherir en forma consciente e impregnarnos de pensamientos y sentimientos que nos lleven a la esperanza y a creer en nosotros mismos.  Es así que con frecuencia los magnánimos sabremos acallar todo aquello que nos conduce al desaliento y a la angustia, sin ocultar la verdad. Pues buscamos lo que nos construye, confiados de que el bien siempre triunfa sobre el mal. Los magnánimos nos sabemos débiles, pero contamos con la gracia de Dios que nos asiste. No nos rendimos culto a nosotros mismos, pues sabemos que todo bien procede de Dios y así se lo hacemos ver a quienes nos rodean. Contamos con la fuente infinita  del amor de Dios, y ahí tratamos de llevar a los demás.

4. La magnanimidad se sostiene mirando el testimonio de los que tienen una vida lograda según Dios. Cada uno es aquello de lo que se alimenta.  Necesitamos sustentar nuestro corazón, admirando a aquellos que ya han  logrado una vida plena en la entrega, tanto del presente como del pasado. Lo bueno siempre perdura y es fuente de vida para quienes se acercan  a ello. Por el ejercicio de nuestra capacidad de discernir y elegir, tenemos la posibilidad de acercarnos a quienes entregan su vida para el bien de los demás; pero también nos podemos dejar llevar por lo fácil y efímero, que con frecuencia nos lleva a la pasividad, a conducirnos sólo por lo que nos gusta o por lo que nos hace sentir cierta complacencia.  Necesitamos orientar nuestra mirada a las personas que nos lanzan hacia lo grande. ¿A qué persona elegimos como modelo a imitar? Por supuesto que Cristo es el modelo perfecto con su entrega total en la Cruz por nuestro amor; pero hay personas  que también pueden llenarnos de ilusión. En nuestro tiempo, quién no admira a San Juan Pablo II o la Santa Madre Teresa de Calcuta.  ¡Qué podríamos decir de tantos ejemplos de los santos en la historia, que han dado la vida por Cristo y los hermanos! Pero también tenemos que propagar el testimonio de quienes están entre nosotros y que han hecho un verdadero proceso de conversión, haciendo de su vida una oblación  a los demás.

5. La magnanimidad se orienta hacia el perdón. Dios siempre busca perdonarnos. La dificultad está cuando no podemos reconocer nuestros limitaciones y entonces tampoco nos vemos necesitados del perdón; y así paulatinamente nos vamos alejando de Dios, pero también nos vamos desconociendo a nosotros mismos, pues todos somos pecadores. Está autosuficiencia nos conduce a creernos superiores a los demás y por tanto tampoco podemos perdonar, no creemos que los demás puedan descubrirse valiosos para hacer un cambio. Cuando perdonamos a los otros, nos regalamos la paz interior y nos capacitamos para amar y ser felices. Mientras no perdonamos, el corazón  sigue herido incapacitado para el bien. Nuestra vocación es siempre perdonar, para sabernos también perdonados y en camino de  plenitud.  Aunque estemos dolidos necesitamos perdonar para sanar el corazón. Con frecuencia es una decisión de la voluntad, iluminada por la razón; sólo una vez que hemos tomado la determinación de perdonar se une el corazón y recoge los frutos del encuentro con uno mismo y con los demás. En el perdón demostramos ser magnánimos con quienes nos han ofendido y con nosotros mismos, pues en realidad sólo entonces Dios nos puede regalar  y nosotros podemos acoger el don de la paz.

6. La magnanimidad nos orienta hacia la santidad. Pues es una expresión del amor a Dios y a los demás. Supone renuncia a los propios criterios para acoger la voluntad de Dios a cada momento. Desde esta perspectiva es una forma de dejar estar a los otros en nuestra vida, aunque nos inquieten y no nos permitan tener un programa preestablecido.  La magnanimidad nos orienta al servicio de todos, para estar en cada uno, según sus necesidades. Es una forma de amar, sin contabilizar cuánto se da, ni a quién.  Pero la magnanimidad nos ayuda a salir de la autosuficiencia y nos orienta hacia la fuente de toda bondad, que es Dios mismo. La magnanimidad  orienta nuestro ánimo hacia Dios, despierta en nuestro corazón el deseo de encontrarlo, de vivir con Él, de llevarlo a los demás.

7- La magnanimidad es abandono a la providencia de Dios, pues no tenemos miedo de gastarnos, ya que sabemos que Él siempre está llenando nuestro corazón. Nos libera del miedo, para hacer que nos conduzcamos por la fe y la confianza. La magnanimidad nos llena de fortaleza, pues contamos con el don de su Espíritu; de esta manera vivimos una sana dependencia, de quien nos envía a su viña. La magnanimidad nos da la fuerza de Dios y de todas las virtudes, que se unen para hacer el bien. La magnanimidad con su orientación hacia el bien nos descubre nuestra dignidad de personas y que somos imagen de Dios. Esta experiencia personal, unida a la prudencia, nos conduce a ayudar a los demás para que también descubran el valor de sus vidas.

La magnanimidad es la virtud que pone en funcionamiento a todos las virtudes. En cierto modo, genera un equilibrio en nuestro organismo espiritual. La magnanimidad parte del conocimiento personal, pero nos conduce al encuentro positivo con los demás.  Es una virtud individual, que la expresamos en la relación social.  Nos une a Dios y nos da la libertad para hacer el bien siempre.  Nace de la experiencia de sabernos hijos de Dios y hermanos entre todos nosotros.

Hno. Javier Lázaro

 

 

 


 

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