La Mansedumbre
camino de crecimiento personal
(Setiembre 2011)


La mansedumbre forma parte de la vía de crecimiento personal. Se convierte en un proyecto que se realiza todos los días. Tiene un sentido positivo y que siempre nos permite estar en camino, pues exige una respuesta a las variadas combinaciones de situaciones que vivimos. Es en esta gimnasia, de intentar ayudar a los demás para buscar su bien, donde descubrimos las posibilidades infinitas de nuestro corazón para dar cada día más y vivir la felicidad más intensa en la entrega desinteresada.

Ahora nos vamos a fijar en las actitudes  básicas positivas que es preciso cultivar como forma de predecir, realizar y sostener la mansedumbre. Es así que se hace necesario:

1.    Hacerse disponibles para servir.Supone olvidarse de sí mismos, para vivir atentos a responder a lo que otros necesiten sin límite y sin horario. Es entonces cuando nada nos sorprende y podemos descubrir la fuente de crecimiento que son los demás. Nos hace salir de la “modorra” que supone vivir encerrados en nuestras preocupaciones personales y algunas veces egoístas. Vivir en disponibilidad es ejercer la libertad para disponer todo lo que somos. Así ya nada nos puede quitar la paz, pues vivimos en una desapropiación, preocupados por las necesidades de quienes nos rodean y haciendo entrega de lo que somos.

2.    Ordenar el tiempo personal. En la medida que hacemos cada cosa en el instante oportuno, evitamos la acumulación de actividades para el último momento, justo cuando nos puede requerir alguien necesitado. Si vivimos la adrenalina de la exigencia de los apremios, no tendremos tiempo para los demás y fácilmente si nos dicen algo, responderemos de malos modos, haciendo que toda nuestra eficacia quede totalmente desacreditada, por  no haber respondido adecuadamente al corazón del que pide nuestra atención. La mansedumbre necesita de un mínimo de olvido  de sí para dedicar el tiempo y la atención al otro.

3.    Vivir confiadamente con esperanza, sabiendo que todo problema tiene una solución. Dificultades siempre van a ir surgiendo, pero tenemos que tener la certeza de que todo tiene una solución si le damos el tratamiento adecuado. Será necesaria la mirada optimista, sabiendo ver más allá de lo que se percibe en un primer momento. La mansedumbre se alimenta de confianza, del convencimiento de que todo puede servir para nuestro bien. Si el otro está interactuando con nosotros, es porque de alguna forma ha percibido que puede encontrar algo en nosotros que puede ayudarlo a crecer. Por supuesto que esto nos exige un esfuerzo, que nos lanza hacia la superación y nos hace explorar en nuestro interior nuevas posibilidades. Cuando nos negamos o respondemos intempestivamente, estamos cerrándonos al crecimiento. Es la mansedumbre la que nos permite encarrilar la primera desorientación que sentimos cuando nos desestabilizan, en cierto modo necesario, para vencer la inercia de la comodidad y la instalación en lo conocido.

4.    Buscar en todo momento el bien. Tiene que ser habitual buscar hacer las cosas bien, involucrando  el  corazón con toda su bondad. En la medida que tenemos una gimnasia de buscar lo mejor en todo instante, la mansedumbre se ejercitará con naturalidad y espontaneidad. En los pequeños detalles se conoce a las personas. En las ocasiones excepcionales es fácil sobreactuar, para seguir siendo los mismos. Siempre tenemos la responsabilidad de ayudar a ser felices a los otros.  Se necesita tener un compromiso personal para hacer todo lo mejor posible tanto cuando estamos en el ámbito personal, como cuando lo necesitan quienes están a nuestro lado. Tiene que formar parte del talante único hacer el bien siempre.

5.    Vivir la actitud del agradecimiento. Cuando todo lo percibimos como regalo, estaremos desprendidos de las cosas que nos rodean, pues sabemos que no nos corresponden; es así que podemos vivir la libertad delagenerosidad y hacemos nuestra la actitud de servicio para con los demás. El hecho de poder vivir la entrega personal en forma permanente hará que no busquemos la forma o el modo de darnos, será oportuno cualquier momento. Esto supone vivir con una mirada agradecida hacia quienes nos rodean, pues ellos son quienes nos permiten desplegar la  inmensidad de la riqueza interior que poseemos y que de otro modo quedaría infecunda, como muerta.

6.    Vivir la amistad como un encuentro personal.  Cada gesto que generamos tiene que ser único para la persona que se acerca, como si todo el corazón estuviese volcado únicamente hacia ella. Es así que la mansedumbre es el sustrato que va aceitando todas las posibles diferencias. Se tiene que observar en nuestros ojos la dulzura de la aceptación, aunque haya algunas cosas que no entendemos plenamente; por encima de todo está la persona, que cuando se siente acogida nos puede ir dando las explicaciones o las disculpas necesarias. Se hace más fácil el diálogo cuando hay una aceptación incondicional propia de la mansedumbre.

7.    Promover la paz siempre. Vivir la paz es la síntesis de la vida encaminada integrando lo interior y lo exterior, para uno mismo y para los demás. Quienes viven el orden del corazón lo llevan a la convivencia con los otros. Se precisa jerarquizar adecuadamente los valores para hacer prevalecer los vínculos entre las personas, por encima de los intereses individuales. La mansedumbre tiene una mirada con una perspectiva global. Lo que me hace bien a mí, tiene que ser bueno también para los demás. Nunca podré gozarme del bien de los otros, si mi espíritu está turbado por el desorden de las pasiones. Sólo los ideales altruistas iluminan la realidad para vivir la alegría, aunque el camino sea una utopía.

8.    Buscar la austeridad. Las cosas corrientes como el vestido o la comida no pueden sacarnos de nuestros cabales. Conformarse con lo simple nos permite acostumbrarnos a dominarnos. Esta opción no debe ser impuesta por los demás, nosotros tenemos que hacer una opción de vivir con sobriedad, aprendiendo a abstenerse de lo que no es absolutamente necesario. La moderación en el comer, nos ayuda a vivir las pequeñas contrariedades de la vida. La mesura y el pudor en el vestir, eligiendo lo simple, nos permiten descubrir la riqueza interior y así se lo haremos notar a los otros con mansedumbre y no como una obligación.

9.     Cultivar el silencio y perdonar siempre. La ligereza en la palabra nos hace caer en el error,  que ya no tiene retorno. El silencio nos habla de una actitud de dominio y de espera, que puede ayudar a organizarnos mentalmente y aplacarnos emocionalmente. En la práctica del silencio siempre encontraremos otros pensamientos que nos permitan valorar a la persona. Y cuando hemos caído en el juicio prematuro o la reacción inadecuada, siempre se tiene que hacer presente el perdón, solicitado con humildad y sin justificaciones. Cuando se da la incapacidad para reconocer el error y la imposibilidad de pedir disculpas, es porque estamos en la altanería de nuestra soberbia, que nos ciega y no nos permite ver al hermano.

10  Orar por aquellos a quienes no comprendemos y nos ponen a prueba. Cuando la realidad nos supera, siempre se hace necesario  transcender con nuestro espíritu la realidad concreta y acercarnos a Dios, para pedir por la persona concreta y para que apacigüe nuestro corazón. “Lo que es imposible para los hombres es posible para Dios” (Lc.18.27). 

Hno. Javier Lázaro

 


 

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