La mansedumbre nos abre a la libertad
Agosto 2011


La práctica de la mansedumbre nos posibilita la unificación interior, para poder disponer adecuadamente las facultades personales. Aquietando los impulsos interiores podemos controlar las reacciones hacia el exterior, para encauzar la conducta y obrar el bien.

La diversidad de actividades y la multiplicación de tareas, pueden provocar la imposibilidad de habitarnos a nosotros mismos y entonces quedamos a la deriva de lo que nos impone la realidad exterior. Es así que entramos en una disolución del corazón, perdido en el activismo y poniendo como prioridad la respuesta inmediata, en detrimento de la dimensión afectiva y racional, que nos permite dar sentido a las diferentes tareas o situaciones.

Se trata de dar una respuesta hacia afuera, pero que previamente tenga una elaboración interior, donde se tengan claras las motivaciones que nos impulsan a actuar. Para esto se requiere madurez intelectual, formación de la voluntad y una integración emocional. Es por esto que:

1. Necesitamos desarrollar el espíritu reflexivo, para que previamente, cuanto se puede anticipar, sepamos prever qué dificultades se nos pueden presentar y pensar la respuesta positiva que nos gustaría dar. No se trata de vivir obsesivamente pensando qué va a ocurrir en forma pormenorizada, sólo en líneas generales, para ya predisponernos adecuadamente. Esto ayudará a superar la absoluta improvisación de nuestra respuesta. Si no es así, respondemos con cierta inconsciencia o inmadurez, consecuencia de la falta de compromiso, indiferencia, ausencia de la realidad y desinterés por el crecimiento personal.

2. Se precisa una actitud de apertura mental, donde demos cabida a otras formas de pensar o hacer, que pueden ser válidas. La respuesta iracunda, en la mayoría de los casos, es porque algo no nos “cuadra” y se sale de los esquemas mentales que nos hemos fijado. Hay muchas formas válidas de hacer las cosas y que no tenemos derecho a frenar o bloquear en forma despótica por nuestro miedo al cambio o al esfuerzo que nos exige la superación. La mansedumbre nos permitirá dar oportunidades a todos, alentando así su libertad.

3. Sanar la memoria a nivel afectivo e intelectual, para dar otra lectura a los recuerdos que tenemos de situaciones anteriores. Vivir en la negatividad hacia el futuro por las experiencias del pasado, nos está indicando, que no ha servido de nada el tiempo que ha trascurrido para mirar desde otra perspectiva. En la medida que el pasado sirve para un conocimiento personal que nos ayude a la aceptación interior, ya estamos abiertos al futuro, que aunque sea desconocido, también nos enriquecerá. Es preciso tener presente que las nuevas interrelaciones personales nos exigen un cambio y dependerá de la respuesta que demos para que sea fuente de amistad o de distanciamiento con los demás. Si podemos asumir el pasado, entonces nos podemos proyectar positivamente hacia el futuro, sin percibirlo con angustia o con rechazo.

4. Formar la voluntad. Cuando tenemos un mínimo de valoración personal, que por lo tanto no nos da igual cualquier cosa (indiferentismo), también se requiere tener formada la voluntad. Podemos tener muy claras las ideas, pero si cuando se nos pide una actuación, tenemos una incapacidad fruto de la debilidad de la voluntad, todo nos caerá mal, en mal momento, reaccionaremos agresivamente contra el otro y nos haremos daño interiormente. En este caso el primer trabajo, nos lo tenemos que imponer a nosotros mismos, sin que nadie se dé cuenta, tratando de vencernos en pequeños detalles que nos ayuden a superarnos, sin desanimarnos en ningún momento. Sólo en la medida que podemos disponer de nuestras facultades en cualquier situación, con calma, estamos logrando la libertad.

5. La forma de expresarnos y dirigirnos a los otros, ya denota una realidad interior que hay que cultivar. La impulsividad es como que nos empuja descontroladamente, perdiendo libertad para encauzar nuestros propósitos. Cuando podemos medir el alcance de nuestras palabras, porque tenemos presente al interlocutor buscando su bien, ya podemos salir de la ceguera personal. El cuidado del tono de voz y los gestos de nuestro cuerpo, ayudan también a la actitud interior, informando al corazón, actitudes de aceptación y respeto, que expresan mansedumbre.

6. La mansedumbre siempre está precedida de escucha y de prudencia. La sabiduría de los humildes se enriquece de la realidad, aprendiendo a leer e interpretar los signos de lo que ocurre en el entorno, sin juzgar prematuramente. Esto nos da la libertad de tomarnos el tiempo para aprehender otros matices que hacen diferente la primera percepción. Supone un dejarse enseñar, salir de la autosuficiencia de pensar que todo lo sabemos y aceptar con humildad que tenemos limitaciones.

7. La mansedumbre buscar hacer sentir bien a las personas, por encima de nuestros impulsos. Motivos para enojarnos por la torpeza o por no alcanzar los objetivos propuestos, vamos a tener siempre. Pero ¿qué ganamos? Sólo corremos el riesgo de debilitar o romper la relación con los demás, produciendo cierta cohibición o miedo en quien nos rodea. Es preciso hacer prevalecer por encima de todo el bien de las personas. Necesitamos conocernos para prevenir cualquier desavenencia que no nos conduciría a nada. Saber cuáles son los aspectos que no podemos manejar emocionalmente, ya nos puede poner en alerta, para buscar tener otra mirada. Nada justifica humillar a los demás.

8. La mansedumbre se hace real cuando se cultiva un corazón humilde. Cuando nos creemos más que los demás, pensamos que hacemos mejor las cosas, nos sentimos superiores en nuestra forma de pensar…estamos alimentando la soberbia personal que nos conducirá a la falta de mansedumbre. Por el contrario el humilde valora lo propio, pero descubre como significativo lo que hacen o dicen los demás. La mansedumbre busca unir y crecer juntos, acogiendo lo que tiene cada uno como importante, no tiene miedo a dejarse enseñar por quien sabe más.

9. La mansedumbre ordena los sentimientos, aceptando que nos podemos equivocar, sin dejar de ser valiosos. En este aspecto la mansedumbre está dirigida hacia nosotros mismos, tolerando que “podamos meter la pata” sin que se produzca un descontrol emocional. También está orientada a aceptar los errores de los demás como parte de su crecimiento y el ejercicio de su libertad. Esto no impedirá que ayudemos a reorientar lo que no está bien, pero con caridad.

10. La mansedumbre nos reporta un conocimiento personal, que nos permite querernos más. Otra actitud diferente haría que se pierda esta fuente de información de nuestro interior, cegados por nuestros impulsos incontrolados. La persona mansa frente a la contrariedad, sabe encontrar los aspectos positivos y aprende a reírse de sí misma cuando percibe algunos atisbos de reacciones infantiles que no le permiten vivir adecuadamente la realidad. Esto nos da la libertad de abrir nuestro mundo interior a los demás, para dejarnos ayudar.

 

                                                                                   Hno. Javier Lázaro

 

prin1.gif (3108 bytes)