La mansedumbre
sana nuestro corazón

 

   La virtud de la mansedumbre nos asegura la experiencia de mantener la paz y la alegría en medio de las dificultades en la relación con los demás o las limitaciones personales. Jesús mismo se presenta como ejemplo: “Aprendan de mí, porque soy manso y humilde de corazón, y así encontrarán alivio” (Mt 11, 29).

   Si mantenemos la calma y encarrilamos la emotividad, nos disponemos para profundizar la comunión con el otro y vivir la paz interior.  En este poder caminar junto a los demás, salimos de la soledad, de la autosuficiencia y aprendemos a valorar las diferencias.

   La mansedumbre supone la integración de la paciencia, la empatía y la compasión.

·          La paciencia, en un primer momento nos permite mantener la fortaleza ante la situación que nos resulta contraria, pero siempre con la confianza de que podemos esperar algún bien de la problemática planteada. Cuando practicamos la paciencia no perdemos la perspectiva de lo positivo. Objetivamente algo no funciona, pero sabemos que hay otras alternativas que siempre son posibles.

·          Una vez que somos capaces de controlarnos interiormente, podemos hacer el esfuerzo de tratar de ponernos en el lugar del otro, de sentir con el hermano, sin quedar confundidos con él, para poder percibir  cómo lo sufre quien nos provocó ese rechazo y desde ahí intentar comprender, vislumbrar la salida superadora. La empatía nos ayuda a entender afectivamente la problemática del otro, desde el otro, para no reaccionar desde nuestra perspectiva, que no respondería a la necesidad del momento y que lo único que logrará es enredar o enturbiar más la relación.

·          Es en este momento, en el que hemos podido ser pacientes, además  hemos entendido racionalmente y afectiva al otro, podemos inclinarnos  para sentir con él, para ayudarle a levantarse con la compasión de nuestro corazón. Le tendemos el corazón para que pueda percibir que es amado a pesar de todo. Sólo en la medida que se siente querido y respetado a pesar de sus errores, podemos esperar el verdadero cambio interior. La crítica mordaz, la reacción adversa, sólo profundiza la dificultad y la imposibilidad del cambio.

   De esta manera lo que aparentaba ser el principio de tirantez y de fricción, se ha podido convertir en fuente de encuentro y alegría. También se puede dar la situación de que la misma sea irreversible, contraria y ya no haya posibilidad de cambiar la realidad. Pero en este caso, ¿Qué sentido tienen los enojos? Simplemente nos haremos más daño y debilitaremos la posibilidad de relacionarnos, que siempre es una necesidad para crecer.

   La clave se encuentra, dependiendo del carácter de cada uno, en ese primer momento y la reacción interior que desencadenamos. Posiblemente la falta de unificación del corazón y la no aceptación personal, harán que cualquier interacción con el exterior nos cause molestias, que por mínimas que sean, desencadenan un sinfín de sentimientos negativos que nos llevan a estar mal con nosotros mismos y a ver a los otros como adversarios.

   Para adquirir la virtud de la  mansedumbre necesitamos vivir con una confianza básica en nosotros mismos, que nos permita mantener la calma, sin importar la dificultad.

   A su vez la mansedumbre se hace presente en dos dimensiones: ante nosotros mismos y frente a los demás.

·          Si el foco de la dificultad está en nosotros, la mansedumbre nos permite aceptar las limitaciones, vivirlas como parte de la realidad personal y sabiendo que  si seguimos el proceso de superación podremos vivir en armonía, aún con la persistencia de la contrariedad. En la  medida que asumimos esta realidad nos encontraremos bien con nosotros mismos y trasluciremos hacia los demás el testimonio de haber encontrado sentido a la vida. Siempre  que hacemos conscientes la deficiencias personales, ya podemos vivir la alegría de tener un mayor conocimiento de nuestra singularidad, que nos permite aceptarnos; pero además en forma compensatoria, seguro que desarrollaremos otras cualidades diferentes, que de otra forma nunca lograríamos.

·          Cuando el detonante de la inestabilidad personal son los otros, tenemos que vivir con la convicción de que no los vamos a cambiar forzadamente. Sólo cuando los demás se siente aceptados como personas independientemente de sus diferencias, entonces los podemos hacer reflexionar, para que posteriormente puedan elegir cambiar de actitud.

   La mansedumbre no significa ser pusilánimes, débiles o cobardes. Todo lo contrario supone un temple que nos permita estar firmes en el momento oportuno, sin importar el tiempo que empleemos y siempre con el buen ánimo que nos posibilita estar bien con todos, para mirar constantemente hacia adelante.

   El objetivo que persigue la mansedumbre es mantener la comunión entre las personas, en vistas a profundizar la unidad, para que puedan vivir en armonía, respetando las diferencias particulares y buscando la felicidad de todos. 

   La persona mansa busca siempre formas enaltecedoras de relacionarse, partiendo desde su interioridad, en vistas a superar las situaciones que nos molestan o que hacen cierto “ruido” en nuestro espíritu.

   Por el contrario, quien se deja llevar por la ira, se siente superado en su ánimo y arremete contra los demás, haciendo imposible el crecimiento. Esto  produce una desvalorización de todos y una ceguera emocional que impide tomar decisiones acertadas.

   La virtud de la mansedumbre es preciso vivirla desde uno mismo. No podemos pretender cambiar a otros. Es necesario conocer el interior. Saber cómo estamos por dentro, nos ayudará a evitar responsabilizar a los demás de nuestro malestar. No podemos pensar que los demás son los responsables de nuestra impaciencia. Los dueños del corazón somos nosotros y por tanto tenemos que cuidar los sentimientos que generamos.

   La mansedumbre se puede acrecentar cuando tenemos motivos superiores para vivir, que nos ayuden a superar los “roces” que siempre se dan por ser diferentes. Cuando encontramos motivaciones, reforzadas por la fe, que siempre nos llevan a la caridad, todo se suaviza y se hace llevadero. En la medida que nosotros mismos nos sabemos  causa de mansedumbre para los demás, logramos un corazón más comprensible cuando algo no nos “cuadra” de los otros.  Nosotros también hacemos sufrir y hemos hecho esperar. Posiblemente quienes nos conocen tenían otras perspectivas sobre nosotros que las han silenciado, para dejarnos ser en libertad.

 

Hno. Javier Lázaro 


 

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