"La mansedumbre y la humildad,
virtudes del Corazón de Jesús,
necesarias para vivir la fraternidad."
Junio 2017


Jesús nos muestra su alegría por haber comunicado los tesoros de su Corazón a los más pequeños. Nos invita a acercarnos a Él cuando nos dice: “Aprended de mí, porque soy paciente y humilde de corazón” (Mt 11,29).

En la contemplación quedamos sorprendidos de cómo  “Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos” ( Flp 2, 6-7). Pero Jesús al contemplar al hombre caído: “Cuando todavía estaba lejos, lo vio y se conmovió profundamente; corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó” (Lc 15, 20). El Maestro nos abre su Corazón y nos enseña con la didáctica de la misericordia, el lenguaje que todos entendemos y que nos convierte en discípulos. 

El Corazón de Jesús nos revela como es nuestro corazón. Nos muestra cómo podemos quedar degradados, como consecuencia de la autosuficiencia y la pretensión de dominar a los demás.

Jesús, que estaba junto al Padre, no sólo ha descendido desde el cielo, para hacernos participar de la vida divina; también nos ha enseñado el camino humano de la mansedumbre y la humildad, para que lleguemos a descubrir al prójimo como hermano, y así hacer realidad su deseo de: “Y todos ustedes son hermanos” (Mt 23,8).

Hoy Jesús nos conduce como Maestro y Buen Pastor; somos los alumnos de su Corazón,  y escuchamos que nos dice: "aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón" (Mt 11,29b). Nos da un don y una tarea. Con el imperativo entendemos que es una propuesta que dura toda la vida, es un objetivo final.

Las virtudes que nos propone aprender nos hacen entender que necesitamos  la gracia de acoger al hermano desde la simplicidad que nos da el Espíritu y la necesaria purificación de la voluntad personal.

Tomando en sus partes el versículo del evangelio, pero teniendo en cuenta que tienen sentido en un todo completo, vamos a considerar qué nos propone Jesús para vivir en su paz:

  1. “Aprended de mí”. El Corazón de Jesús es referente absoluto.

Jesús es el Maestro,  con su vida y por su enseñanza: "Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros"(Jn 13, 34). Jesús se propone como ejemplo en la forma de comunicarse. Sale del Padre, para darse a los hombres como hermano y enseñarnos a vivir la fraternidad.

En nuestra práctica docente o como padres en la familia, cuando buscamos educar el corazón de los niños y jóvenes, siempre necesitamos proponer a Jesús como modelo. Pero nosotros mismos seguimos siendo sus alumnos. Nos hacemos como niños, para acercarnos a su Corazón. Cultivamos la candidez, para dejarnos sorprender a su lado; todavía nos falta aprender casi todo. Su misterio de amor es inabarcable.  Su Palabra en nuestros labios siempre es Nueva y nos revela los tesoros de su Corazón. “Yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre” (Jn 15,15).

Jesús nos acepta y acoge en la escuela de su Corazón. No le importa qué conocimientos previos tenemos, tampoco mira la edad cronológica para ver si estamos desfasados en la escolarización espiritual. Sólo  se deja llevar por la compasión y percibe: la sed que tenemos de Dios, la necesidad que sentimos de experimentar la fraternidad, el deseo de vivir en su amistad  y así encender a otros en el fuego de su amor. Lc 12, 49. 

  1. “Aprended de mí que soy manso”. Es una actividad interior, del corazón.

La mansedumbre está asociada a la administración del tiempo personal y a la expresión que comunicamos con nuestra mirada. La mansedumbre, frente a la proximidad del hermano, nos lleva a “recalcular” (jerarquizar) las prioridades. La presencia del otro nos ob-liga (nos ata) a considerar sus necesidades y a responder con alegría. No podemos hacernos los distraídos y mirar hacia otra parte. Cualquier persona que está próxima (física o afectivamente) nos  está suplicando en forma continua.

Por ser hermanos estamos llamados a compartir la vida con los otros, que se concreta en: dar el tiempo personal, en vivir juntos las celebraciones y los momentos claves o decisivos de la vida de cada uno, en escuchar con atención a quien nos habla, en dialogar cuando tenemos diferentes formas de pensar o proceder, en respetar los ritmos y las formas de sentir del otro.

Jesús nos dice: “Bienaventurados los mansos porque heredarán la tierra” (Mt 5,5). En la sociedad actual a quien se queda callado o no se muestra con cierto ímpetu,  parece que se lo llevan por delante. Pero en la vida espiritual, la mansedumbre nos permite: percibir la riqueza de los  hermanos, caminar juntos,  aceptar las contrariedades como nuevas oportunidades, escuchar con agrado, dar al tiempo densidad, reflexionar para ser nosotros mismos,…   Por el contrario, la ira: no da cabida a la fe y nos ciega; con el aire de superioridad rompemos la fraternidad; solo percibe las razones para la tristeza y la desesperanza.

La mansedumbre se aprende: en el trato cariñoso con los otros y postergando las pretensiones personales; en el dominio de sí en el uso del vocabulario,  en la moderación en la comida, en la sobriedad en el consumo de bebida y en el uso de los medios de comunicación social;  en el cultivo de la vida interior, dialogando con Cristo, que nos lleva a vivir la comunión con nuestros hermanos, sobre todo con los pequeños y los más débiles.  

  1. “Aprended de mí que soy manso y humilde”. La humildad nos dispone para la verdad.

La mansedumbre y la humildad son las caras de la misma moneda, se cultivan en el corazón. La humildad y la mansedumbre, se sostienen y alimentan mutuamente.

La humildad nos pone en el lugar que nos corresponde frente a Dios, a los demás y a nosotros mismos. Nos ayuda a ver que todo lo que tenemos es un don del Espíritu y que siempre estamos necesitados de la misericordia divina.

La falta de humildad: nos enloquece psicológica y espiritualmente; nos lleva al narcisismo, haciéndonos pensar que los otros están para servirnos; nos llena de prejuicios; nos hace creer que lo sabemos casi todo y quedamos esclavos de la sociedad de consumo; nos convierte en insoportables con los juicios que emitimos; nos hace ciegos para la belleza y nos incapacita para la alegría.

La humildad es el “humus” donde crecen las relaciones fraternas y se desarrollan las virtudes, que nos dan alegría. Nos exige hacer elecciones permanentes en la forma de ser. La humildad es expresión auténtica de la libertad interior; nos libera de la comparaciones; nos ayuda a reconocernos únicos e irrepetibles; nos permite descubrir las cualidades personales y agradecerlas a Dios. La humildad es la virtud de la grandeza de espíritu, que nos prepara para el servicio y la alegría.

Necesitamos mirar al Corazón de Jesús, para aprender a guardar silencio y descubrir cómo tenemos que escuchar y hablar.  

  1. “El corazón” es quien aprende y el lugar donde se perciben los afectos para encontrarnos con los otros.

La mansedumbre y la humildad se aprenden en la escuela de Jesús, hacen referencia a su Corazón. No son contenidos intelectuales o habilidades motrices. Están referidas a la afectividad, a la forma de amar y a la experiencia de sabernos amados.  Necesitamos entrar a su Corazón, para que moldee el nuestro: es preciso entrar en comunión con el Padre, para recibir el corazón de hijos;  a su vez, es dando vida a los otros, buscando su bien, como conformamos el corazón de hermanos.

Jesús también se forma en la casa de Nazaret, por tanto, necesitamos entrar en el orden del taller de José y sentir el aroma de la cocina de María. Ponernos en adoración nos ayuda a sabernos perdonados y a reconciliarnos con quien nos han ofendido, para que nuestro corazón se parezca al de Jesús.

En el corazón vamos a encontrar: los sentimientos que matizan nuestras palabras; los afectos que dan fuerza  y sentido al servicio; las motivaciones que nos impulsar a seguir adelante, aunque nos sintamos cansados; las imágenes más bellas y cariñosas de amistad con Dios y los otros.

Necesitamos hacer el recorrido del camino hacia el corazón, que: siempre está impregnado de humildad y mansedumbre; donde nos encontramos  con lo que nos agrada y lo que nos molesta de nosotros mismos; es silencio y reflexión, es oración y amistad Con cristo; es renuncia a la velocidad y a la inmediatez, para poder detenernos en las cosas sencillas que percibimos.  

  1. “El fruto es la paz”, el apaciguamiento, la serenidad y el gozo interior.

La paz es un fruto del Espíritu, pero que  lo recibimos por la mansedumbre y la humildad. No hay una relación mecánica u orgánica. Es un don espiritual. Cuando nos determinamos a vivir según Cristo, empezamos a ser auténticos, gozamos de la paz interior y nos libramos: de los falsos ideales, de la confrontación para ser más que los demás y de la carrera para tener más que los otros.

“Jesús es nuestra paz” (Ef 2, 14). Vivimos la paz cuando permitimos que Cristo esté en nuestra vida; Él se presenta y nos regala la Paz. Tenemos la experiencia de vivir en paz cuando encontramos lo que buscamos. Nos causa desasosiego la sensación de que nos falta algo que consideramos esencial. Cuando vivimos con Cristo, ya lo tenemos todo. Él es el tesoro, que nadie nos puede quitar. La amistad con Él llena nuestro corazón y nos hace testigos de un amor.

La paz la experimentamos en los pequeños detalles de cada momento y su llegada es muy sutil: sin saber cómo tenemos la experiencia de sentirnos bien y vivir confiados.  El contexto en el que nos llega la paz es el de la humildad y la mansedumbre; pareciera que no la merecemos, pero se hace presente, dándonos la fortaleza de espíritu que necesitamos para perseverar en el bien.

La paz, es un don difusivo; su vivencia hace que envolvamos el ambiente en que nos encontramos, en un clima de armonía y alegría. La humildad y la mansedumbre no hacen ruido, ni llaman la atención con carteles, pero se hacen visibles en las miradas de acogida, el deseo de bien y paz.  

 

Hno. Javier Lázaro sc

 


 

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