La misericordia es un puente entre
nosotros y el hermano

Octubre 2016


Cada uno sentimos la necesidad de ir al encuentro del prójimo; no somos autosuficientes. Es peligroso pretender vivir prescindiendo de los demás, pues llegamos a aislarnos. Nos necesitamos mutuamente. Cada uno estamos llamados a salir al encuentro del otro. Pero sí es decisiva la actitud interior con la que vamos hacia los demás.

Por eso, en los últimos artículos nos hemos centrado en la serie de virtudes que consideramos imprescindibles para conocernos, aceptarnos y formular el proyecto de vida de acuerdo a nuestra dignidad de hijos de Dios. Por eso pensamos que necesitamos partir desde: 

1. La fe, como forma de asumir la mirada de Dios en nuestro estilo de vida. La fe nos ayuda a tener una referencia clara y absoluta. Nos remite a nuestra dignidad como personas, pues somos hijos de Dios. Se trata de creer en Dios de creer en nosotros mismos. Cuando no creemos en Dios, perdemos la perspectiva trascendente. El ateísmo se traduce en una degradación de la persona, que se contenta con lo pasajero o ser más que los demás, por comparación o confrontación.

Es la fela que permite sabernos amados y alcanzados por la misericordia divina. Es esta experiencia la que nos posibilita ir al encuentro del hermano caído. El amor de Dios nos ayuda a levantarnos cuando estamos caídos y además a acoger a quien está a nuestro lado.

La fe nos permite entrar en comunión con Dios, la fuente de toda verdad y bondad. Estamos llamados crecer en esta verdad, que es un don de Dios y una elección personal; Él hace resonar su voz en nuestro corazón, está en nosotros al acoger su Palabra.  

2. El discernimiento es la capacidad de separar para elegir lo que Dios quiere para nuestra vida. Es un ejercicio constante y necesario para elegir con responsabilidad, de acuerdo a nuestra vocación, que es vivir como hijos de Dios. El discernimiento es un indicador de madurez personal; supone dedicar tiempo y ver las distintas alternativas para elegir la buena. A esto se opone la espontaneidad del momento, sin reflexión y sin tener en cuenta las consecuencias; casi siempre el criterio es lo que resulta fácil o agradable a los sentidos.

El discernimiento supone la formación de un juicio moral, la capacidad de relacionar los hechos y las consecuencias. En las personas de fe siempre nos sentimos acompañados por el Espíritu Santo. Está en nuestra decisión el dejarnos guiar, ser dóciles por nosotros mismos o permitiendo que nos acompañeotra persona con la que podamos hablar en confidencia.

El discernimiento no acaba nunca. En todo momento estamos eligiendo. No podemos quedar a la deriva, al vaivén de lo que hacen los demás o las modas del momento.  

3. La magnanimidad nos impulsa frente a las dificultades. Para llevar a cabo cualquier proyecto personal acorde a nuestra dignidad, necesitamos una disposición interior abierta al esfuerzo y al sacrificio, que pueda avizorar los frutos que podemos alcanzar. Este espíritu lo podemos cultivar interiormente, estando atentos a la hora de fijar los pensamientos y sentimientos.

La magnanimidad nos habla de generosidad, de generar en nosotros y en el entorno, las disposiciones para lo grande, con la necesaria prudencia. Por eso, es preciso rechazar lo que viene a nuestra mente o corazón, pero que en cierto modo nos oprime o detiene a la hora de realizar el bien. Aquí también intervienen los dos puntos anteriores: la fe y el discernimiento.

Sólo en la medida que nos lanzamos hacia lo grande, nuestra vida puede tomar el tono necesario, para abrirse a la esperanza y la alegría. Quien no arriesga tampoco desarrolla las capacidades personales.  

4. Es con el compromiso como echamos el ancla en el proyecto personal. En la medida que nos lanzamos hacia el largo plazo, podemos llevar a cabo lo que se nos presenta como bueno. La única forma de realizar nuestra libertad es comprometernos; es entonces cuando podemos orientar todas las facultades en la misma dirección, para desplegar lo mejor de nosotros mismos.

El compromiso nos puede dar miedo. Pero después del adecuado discernimiento y espíritu magnánimo, hay necesidad de dar el paso con determinación. El compromiso integra toda nuestro ser. Supone darnos a los otros y a su vez aprender a acoger a quien viene a nuestro encuentro.

El compromiso aunque parezca que nos limita en realidad nos potencia en la capacidad de darnos. Nos unifica interiormente y nos permite gozar de la paz interior. Cuando vivimos de las sensaciones del momento, no lograremos integrarnos y sólo buscaremos las novedades, sin saber hacia dónde vamos, sin sentido.  

5. La unidad y la vida realizada se pueden convertir en testimonio para otros. Hoy los jóvenes buscan referentes creíbles, que puedan convertirse en modelos a seguir. Todos estamos llamados a ser ejemplo para los demás, empezando por los detalles más pequeños y llegando a las decisiones importantes.

Entonces nuestra vida, en cierto modo ya no nos pertenece, pues los otros esperan la línea de conducta coherente. Algo que les ayude a seguir adelante.

Como testigos estamos llamados a encarnar los valores que hacen referencia a nuestra dignidad y al amor infinito de Dios del que somos objeto. Ya no podemos pensar sólo en nosotros mismos, tanto en público, como en la intimidad, nos debemos a los demás. Las virtudes que conquistamos, aunque parezca que están en el ámbito personal, siempre traslucen una forma de ser, una personalidad realizada. En cierto modo nos hablan de una mirada limpia capaz de descubrir lo más valioso y trascendente.  

6. El agradecimiento es la expresión de un corazón realizado y sensible a todo lo bueno. Nos ayuda a expandir el corazón y a abrirnos a la alegría. Nos hace sensibles a la bendición que son los otros en nuestra vida y en primer lugar Dios, que siempre nos está sosteniendo. El agradecimiento nos permite darnos cuenta que vivimos en comunidad, que no somos autosuficientes, que precisamos de los demás, que en forma permanente Dios nos está sosteniendo y entonces nos abrimos a la alabanza.

El agradecimiento exige una correspondencia, amor con amor se paga. Nos lleva a darnos a los demás, a estar atentos y responder a lo que necesitan. Nos da una mirada atenta, capaz de anticipar aquello que los otros puedan precisar; nos hace salir de la indiferencia y la mirada taciturna, para pasar a interesarnos por los que tenemos a nuestro alrededor.

El agradecimiento necesitamos ponerlo en práctica en todo momento, para sabernos amados. No es algo superfluo, es una necesidad, que precisamos ejercitar con sencillez.  

7. La misericordia es lo que nos permite restablecer la fraternidad. Todos tenemos limitaciones y en ocasiones estamos caídos en el camino; necesitamos el corazón compasivo de otro que nos levante.

Sólo cuando tenemos la vivencia de haber sido alcanzados por la misericordia infinita de Dios, entonces podemos inclinarnos sobre el prójimo caído. Se trata de establecer un puente, con dos pilares firmemente fundamentados: el sabernos amados y el ver en el otro un hermano. Así se une el amor a Dios y hacia el prójimo; pero es un puente por el que pueden pasar y expresarse todas las formas de caridad.

La ayuda que podemos prestar a los demás, es una sobreabundancia del amor de Dios en nuestras vidas, aunque algunas veces no lleguemos a agradecérselo. En la medida que nos abajamos hacia el otro, nos hacemos más sensibles, percibimos de una forma más amplia y profunda la amistad de Dios.  

8. En Cristo se encuentran realizadas plenamente todas las virtudes. Al señalar las siete virtudes de los puntos anteriores, podemos pensar que son para superhombres; pero en realidad Cristo se ha hecho hombre para asumir nuestra realidad. Podemos mirar a María, que por gracia a Dios ha sido embellecida con todas las virtudes. En esta misma línea, aunque de un modo más imperfecto, tenemos a una multitud de santos de toda la historia, que nos están animando. Además tenemos a los mártires de nuestro tiempo, que en la entrega de sus vidas, nos muestran el valor de las convicciones profundas.

Es hora de que nos preguntemos a quién hemos elegido como referentes para nuestra vida. A quién miramos, cuáles son nuestras metas. Las ansias más profundas de nuestra vida sólo las puede satisfacer Cristo. No podemos conformarnos con menos. Necesitamos despertar de los espejismos que nos presenta la sociedad moderna. Se precisa la determinación de seguir a Cristo en todos los ámbitos de nuestra vida. 

9.  Buscar la unidad, donde invitamos a todos a caminar en el mismo sentido. Todos somos diferentes y es preciso respetar las particularidades, pero nos empleamos trabajando por la unidad y para vivir como comunidad; es requisito poner en común los deseos que compartimos, para descubrir que tenemos muchos puntos en común.

Formar comunidad es el camino de cada día, que nos permite crecer como personas. En la comunidad al igual que en la familia, cada uno somos importantes de por sí, independientemente de lo que hagamos o tengamos. Es la unidad que nos da la caridad lo que nos permite desplegar todas las potencialidades. Esto es posible gracias a la entrega de cada uno, sin poner límite, independientemente de lo mucho o poco que se pueda dar. Poner a disposición nuestras capacidades, hace que se potencien. Al aceptar las limitaciones en comunidad nos abrimos a la posibilidad cierta de que queden superadas por las habilidades y la generosidad de los otros. 

10. En la oración podemos sostener la respuesta ayudados por la gracia de Dios. La oración nos ayuda a ir a la fuente de la Vida y permanecer en Cristo, que es el fundamento de nuestro proyecto de vida.

La oración personal requerimos que sea continua; todos nuestros pensamientos y deseos deben estar orientados a buscar el querer de Dios. Sólo entonces podemos ser una ayuda para los que comparten su vida con nosotros.

La oración con los otros nos ayudará a poner en común nuestros sentimientos y nos dejaremos llenar por el Espíritu. Cuando somos capaces de orar juntos, también podemos caminar unidos.

 

Hno. Javier Lázaro sc

 


 

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