La misericordia, está precedida

de la formación en la libertad

Agosto 2016


La misericordia es la virtud que nos impulsa a cargar las miserias de los otros. En el ámbito educativo en el que nos encontramos, necesitamos adelantarnos para que los niños y jóvenes no caigan, a donde no se pueden levantar solos. Es horade aplicar el método preventivo. La niñez y la juventud son etapas de crecimiento. Nuestra tarea es caminar a su lado para impulsarlos a superarse en el día a día. No debemos esperar a que caigan en el fango para después intentar levantarlos. El buen copiloto anticipa los riesgos y evita los accidentes.

El mejor impulso que podemos dar a los jóvenes para que puedan conducirse a sí mismos es ayudarlos a educar su libertad. Es una tarea de artesanos y una aventura que nos ayuda e impulsa a crecer juntos. Pues los planteos que nos hacen seguro que nos llevarán a profundizar más las propias convicciones y a hacer elecciones personales más comprometidas.

Acompañar, además de paciencia, supone misericordia hacia quienes a veces no tienen motivaciones o se sienten arrastrados por la sociedad de consumo. La misericordia en este caso es apuntalar y ayudar a encontrar el sentido en todo momento. Desde esta perspectiva vamos a hacer algunas consideraciones generales, que luego cada uno necesitamos profundizar según la realidad que nos toca vivir con nuestros alumnos o hijos:

1.   Generar el espacio de comunicación cordial y fluida en forma permanente. Solicitamos que el hogar y la escuela sean ámbitos de diálogo profundo, donde se pueda hablar con los hijos o los alumnos de la importancia de las virtudes, como camino de realización personal y felicidad. Con frecuencia estos temas, sobre todo en la casa, no se hablan con la asiduidad de intensidad necesarias; entonces dejamos a los niños o jóvenes a la deriva, sin rumbo, expuestos a que puedan seguir cualquier alternativa que se les presente. Es en el clima de intimidad donde se vuelve una y mil veces, se ponen ejemplos, se reflexiona, se piden opiniones, se reconocen los sentimientos que se viven en cada una de las situaciones, etc.

El diálogo es ir al encuentro del otro, para saber en qué está y cómo podemos responder a sus inquietudes. Cuando son pequeños interpretamos con suma facilidad sus gestos, su llanto, las expresiones de alegría… ahora que ya han adquirido el lenguaje de la palabra y que pueden expresarse con más facilidad, es posible que los ignoremos. Las causas son múltiples: no nos sentimos preparados para responder a sus preguntas, buscamos evadir el compromiso, nos hacemos los sordos y ciegos, no queremos prepararnos para la vida, no tenemos resueltos algunos temas a nivel personal, o no queremos a nuestros hijos o alumnos (decir que no tenemos tiempo es muy infantil de nuestra parte y no es cierto, pues simplemente no lo hemos puesto como la prioridad). Educar es dar vida en forma continua, comprometiéndonos con su crecimiento.

2.   Los educadores nos preguntamos y planteamos cómo y en qué educar. Limitarnos a transmitir conocimientos académicos o una simple instrucción, no es educar. La educación necesita llegar: al reconocimiento de los sentimientos, a discernir para elegir de acuerdo a la verdad, a entender que vivimos en sociedad para vincularnos con los otros, a establecer una relación personal con Dios, a vivir con confianza en las posibilidades personales, a buscar la superación constante aunque nadie nos pida cuentas o tengamos que rendir examen.

Educar es poner la verdad como el valor que necesitamos hacer vivo en nuestro corazón, que nos ayude a descubrir la dignidad de cada persona independientemente de la clase social. La vivencia de la verdad nos conducirá a la caridad, a la comprensión y compasión hacia los otros. La verdad como educadores se tiene que hacer presente en todos los ámbitos; no se reduce a la exactitud matemática. La verdad es la honestidad, la puntualidad por respeto a los demás, la capacidad de reconocer los propios errores y la autenticidad en las relaciones interpersonales.

3.   Buscar, encontrar, crear los tiempos para hablar de los temas importantes. Las redes sociales nos hacen creer que todos estamos comunicados; pero los temas que hacen a la vida profunda no se hablan. Damos demasiadas cosas por supuestas y no transmitimos lo que los niños y los jóvenes necesitan. En otras oportunidades pensamos que en la escuela se lo enseñarán; y en el colegio se dice que la familia es la primera educadora. Pero la realidad es que podemos llenar las cabezas de información, pero necesitamos formar la conciencia para distinguir y elegir entre:  el bien y el mal; la belleza y la ridiculez; la identidad y el extravagancia; el pudor y el erotismo; la pureza y la perversión sexual; el altruismo y la viveza; el respeto hacia el otro y la manipulación; la conquista de la voluntad y el sentimentalismo; estudiar y el autoengaño; el descanso y la diversión; la alegría y el placer como fin; la paz interior y el consumismo; el escuchar y el capricho; el silencio y el aislamiento; la oración y el activismo; la limpieza y el abandono; la estética y la agresión visual; la fiesta y la degradación; obediencia y libertinaje; autoridad y  indiferentismo; la familia y la división; etc. Así podríamos seguir con otros muchos temas, que es necesario hablar en forma continua. Como educadores no lo podemos descuidar, es preciso ser sinceros y poner el nombre correcto a cada cosa que perciben los niños o jóvenes. Aclaramos que de la serie de pares de palabras que hemos ido enumerando, la segunda es la negativa y tiene un sentido peyorativo (todas conducen a algún grado de muerte). Es misericordia formar en el tiempo oportuno. La lamentación no nos conduce a nada. 

4.     Corregir al que se equivoca y ayudar a tomar decisiones. Los educadores formamos la libertad y necesitamos enseñar a prevenir las consecuencias de las decisiones que se van a tomar. Es preciso dar la confianza para que nos cuenten lo que quieren, para acompañarlos y mostrar lo positivo y negativo que puede traer para sus vidas y la de los demás; que puedan leer los sentimientos que se registran en su corazón cuando hacen algo bueno y cuando deliberadamente han elegido algo malo.

No se puede caer en la ilusión de que “ya se darán cuenta”; pero también puede ocurrir que sea demasiado tarde para desarraigar una costumbre que se podría evitar con una palabra a tiempo. La palabra cariñosa y firme es creadora siempre. Es posible que nos digan que continuamente los llevamos la contraria; pero en el fondo están contentos porque iluminamos su camino y seguramente así se lo hacen ver a sus amigos. Aunque nos digan que quieren hacer como fulano o mengano, en el fondo desean que les digamos que no, pues no tienen la madurez para afrontar la presión del grupo. Necesitan que seamos nosotros los que algunas veces tomemos las decisiones, para caminar paulatinamente hacia la autonomía.

Es inmadurez de nuestra parte pensar que los padres de los compañeros podrán el límite; la vocación de padre no se puede delegar nunca; siempre somos padres e hijos, es un vínculo que no se rompe.

Se aprende a vivir en el encuentro con los otros, no es suficiente estar expuesto a la imagen de una pantalla. Educar supone: sentarse frente a frente y mirarnos a los ojos, preguntar y esperar, escuchar y acoger sin juzgar o calificar, alentar la confianza y creer siempre en sus posibilidades.

5.   Nos tiene que ver rezar para que valoren su importancia de la relación personal con Dios. Nuestra sociedad laicista está buscando reducir la vida espiritual al ámbito de lo privado; dice que respeta la forma de ser de cada uno, mientras no haya expresiones que hagan referencia a Alguien superior al hombre, que nos ame gratuitamente, que nos incline a la adoración o que cuestione el uso de nuestra libertad, cuando es contraria a la entrega.

Los hijos y los alumnos nos tienen que ver rezar en forma personal y comunitaria para que perciban la importancia de creer en Dios que es Padre.  Necesitamos caminar en humildad y experimentar su cuidado providente. Es preciso vivir la alegría de sabernos amados, para que podamos trasmitirla.

En la oración nos dejamos conducir por el Espíritu, ordenamos nuestros sentimientos, sanamos las heridas, nos abrimos al perdón, sentimos que somos enviados a la misión de educar y nos disponemos a seguir creciendo interiormente, nos convertimos en testimonio para los demás.

Tener la referencia al Absoluto nos ayuda a salir del relativismo y a confiar en su misericordia cuando hemos fallado. Constituirnos como autosuficientes, nuestro corazón no lo soportaría; hacer depender todo de nosotros mismos nos conduciría al agobio y la desesperanza, quedaríamos al compás de las modas y sensaciones, sin un rumbo fijo y la libertad perdería un fin claro.

Rezar en familia y como comunidad, nos ayuda a orientarnos a todos hacia Dios, que quiere nuestra felicidad, esperándonos en la mesa del banquete celestial.

Ignorar la formación en la vida espiritual es lanzar a los niños y jóvenes, desarmados frente al peligro que supone un mundo que ignora el valor infinito de cada persona por ser hijo de Dios.

 

 

Hno. Javier Lázaro sc

 

 

 


 

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