La misericordia supone una actitud de escucha

Julio 2016


La misericordia requiere cercanía a la persona necesitada. Esta proximidad al prójimo puede expresarse de múltiples formas, pero de algún modo quedan implicados todos los sentidos y el ser interior.

Al pasar cerca de alguien ya percibimos por la vista sus necesidades más inmediatas. El estilo en la forma de presentarse, su ropa, el aspecto de su cara, sus ojos y el modo de acercarse, despiertan en nuestra mirada unos sentimientos de compasión o de rechazo.

Puede ser que primero percibamos las carencias por el sentido del oído, escuchando del necesitado: los gritos, los quejidos de dolor físico o moral, el pedido de auxilio, un “por favor”, sus silencios llenos de soledad, las incoherencias consecuencia del alcohol o la droga, la desesperanza, las decepciones de la vida, los interrogantes por el sentido de la vida, etc.

El olfato es el tercer sentido que nos ofrece un panorama de lo que puede estar pasando y que por un acto reflejo nos puede llevar a intentar salir de allí o de taparnos la nariz. Pero nuestro olfato también está llamado a involucrarse, interpretando los olores que llegan a la pituitaria. En la relación de la madre con el hijo pequeño el olfato es determinante para que se pueda generar el vínculo en su cuidado. Hay olores que nos producen rechazo y llaman a nuestra corazón para que nos acerquemos a las personas, quienes están envueltas en esa atmósfera y que posiblemente no sean conscientes. Somos nosotros los que podemos ayudar a que se encienda el deseo de aspirar otra cosa. La solución no es el último desodorante de moda o la colonia de marca. Pensemos las causas por las que la persona vive esa indiferencia hacia sí misma. Necesitamos acompañar y ayudar a que se descubra valioso para sí mismo y para los demás.

Un acercamiento más profundo se puede experimentar a través del sentido del tacto. Hay personas que hace tiempo que no han recibido una caricia, un apretón de manos sincero o un abrazo fraterno. Más que el calor de nuestra piel necesitan la aceptación personal, que se les tenga en cuenta. Hay otros que no pueden interpretar este lenguaje porque han sido víctimas, siendo instrumentalizados por el desorden de la sexualidad o el trabajo esclavo. Es preciso que cuidemos los espacios de cada uno, que nadie se sienta invadido y que nosotros tengamos la libertad de acoger a quien se nos acerca.

El sentido del gusto también participa de la misericordia hacia el otro. Poder compartir la comida es una forma de aprender convivir con los demás, para entablar la comunión. Las necesidades concretas con frecuencia pasan por el hambre fisiológica, que tenemos que remediar; es preciso dejar de comer algo para compartirlo con quien no tiene nada; pero a su vez, necesitamos llegar más lejos, aprendiendo a compartir la mesa, sabiendo estar con el prójimo, que es nuestro hermano. Para ello nos reclaman superar prejuicios, dejar los límites que nos imponen la falta de normas de urbanidad y aceptar su realidad. En la familia compartir la misma mesa es un signo de comunión.

Podríamos seguir con los sentidos interiores (la memoria, la imaginación, etc), pero nos vamos a centrar en la escucha como forma de comprometernos:

1. Escuchar es prestar atención. A lo largo del día oímos muchas cosas, pero muy pocas retenemos en nuestra memoria o modifican nuestro talante personal. Sólo cuando acogemos lo que nos llega de los demás para considerarlo y tenerlo en cuenta nos involucramos con el otro. Hacer “oídos sordos” a lo que los demás nos dicen es vivir de espaldas a la realidad e ignorar a quien nos necesita. Escuchar supone ir más allá de lo que percibimos en un primer momento, para conocer el contexto y poder responder de una forma adecuada. Se trata de volver un tiempo después sobre el mismo tema para asegurarnos que se está superando la dificultad.

2. La palabra y el llamado llegan siempre. Es posible que no tengamos acceso visual a la persona, porque es de noche, hay niebla o está al otro lado de algo; pero las necesidades siempre nos llegan por su voz y el grito de auxilio. Entonces depende de nuestra libertad el acercarnos e interesarnos más en profundidad por lo que está pasando. La actitud misericordiosa busca dar respuesta, aunque sea con una palabra de comprensión e involucrándonos con los otros sentidos: queriendo saber quién es por su tono voz, mirando para ver su rostro, acercándonos para saludar y acariciar. Quienes pasan de largo no han superado la etapa narcisista, en realidad no pueden entrar en amistad. 

3. La misericordia busca educar el oído para escuchar. Cuando no nos interesa algo nos tapamos los oídos; pero la misericordia busca acercarse, dejarse conmover por lo que el otro nos dice. Con frecuencia no necesita nada material, sólo que escuchemos, que demos nuestro tiempo, que respetemos lo que nos dice, que acojamos sus sentimientos… Escuchar es estar con el otro en exclusividad, haciéndole experimentar que él es importante y en ese momento es nuestra prioridad. La escucha atenta supone apartarse del ruido, crear el clima de silencio, saber estar con uno mismo para poder luego estar con los demás. Es un proceso que empieza por educar y vivir desde la interioridad.

4. En la escuchar descubrimos los sentimientos del otro. En la escucha atenta aprendemos a interpretar el metalenguaje, vamos más allá de lo que dicen las palabras, ponemos la voluntad de interpretar lo que realmente nos quiere decir y que con frecuencia no es fácil expresar por falta de vocabulario y sobre todo, por la incapacidad para reconocer las causas profundas de la carencia. Hay gestos y miradas que nos comunican lo que está pasando en el corazón. La escucha supone que inclinamos el oído, que bajamos a la realidad a donde se encuentra la persona, sin tener miedo delo agudo de sus gritos o la voz grave de quien no sabe seguir en la vida. Escuchar es aprender a compartir las risas y enjugar las lágrimas del llanto.

5. Al escuchar ayudamos al otro a liberarse. Hoy en día cada uno estamos en nuestras luchas personales y necesitamos compartirlas con alguien que haga de espejo y nos devuelva la imagen real de nosotros mismos. Cuando alguien nos escucha sentimos un desahogo interior, como que nos hemos sacado un peso de encima. Necesitamos prestar este servicio a los demás, simplemente escuchar, sin juzgar o encasillar a nadie. Quien nos habla, en la medida que se va expresándose, va poniendo orden a sus pensamientos. Escuchar es ayuda a quien habla, a darse cuenta por sí mismo de la dificultad y del remedio que debe poner, en caso de que algo tenga que cambiar. 

6. Cuando escuchamos nos conocemos más a nosotros mismos. Con frecuencia cuando alguien nos habla nos sentimos identificados con lo que nos dice y tomamos conciencia de qué nos pasa, entonces podemos aceptarnos para ser más misericordiosos con nosotros mismos. Al escuchar aprendemos a conocernos y a aceptarnos. De la misma manera que cuando contamos nuestras experiencias personales con naturalidad, ayudamos a quien nos escucha a poner en palabras lo que siente interiormente, tomándolo como algo normal. Podemos hablar cuando hemos aprendido a escuchar o leer interiormente los sentimientos que vivimos.

7. Escuchamos con los oídos, la vista, el cuerpo y el corazón. La actitud de escucha involucra a toda nuestra persona. Supone estar enteramente con el otro, centrando nuestros pensamientos en lo que nos está diciendo y acogiéndolo con reverencia sagrada sus sentimientos. Cuando alguien habla y estamos distraídos o haciendo otra cosa, ya desanimamos y despreciamos a quien nos necesita. La misericordia supone no relativizar las dificultades del otro y estar enteramente con él. Para esto tiene que haber una intencionalidad, desde el primer momento del encuentro; nos determinamos aelegir a la persona como valiosa y merecedora de toda nuestra atención y confianza. También es preciso dejar de hacer otras cosas; tener la mirada calma hacia la persona, estar con los brazos abiertos en señal de apertura y acogida.

8. Escuchar con atención. Es indispensable no interrumpir a quien nos habla, dejando que agote el tema, estimulándolo a que siga, demostrando que tenemos el  interés en lo que nos cuenta. Aunque ya sepamos qué nos va ir explicando, permitir que desarrolle lo que quiere decirnos, pues más que la información que nos pueda trasmitir, estamos dando la oportunidad de que se sienta comprendido y que sane su corazón. Es una actitud misericordiosa dar importancia a lo que nos trasmite o relata, pues seguramente está afectando y herido; esto se manifiesta en algunos de los matices que no se numera y explicar.

9. Escuchar aunque nos sintamos afectados en forma personal. La escucha supone una actitud de empatía, pero no podemos perder la objetividad, para poder seguir acompañando y así ser misericordiosos. Escuchar sin intentar justificarnos cuando directamente nos está responsabilizando de alguna situación que lo hiere; asumir que hemos podido equivocarnos o faltado a la caridad. Sólo al final pedir perdón y agradecer que nos haya hecho ver alguno de los puntos de vista que no teníamos en cuenta; hacer las aclaraciones del caso, lamentando siempre que lo haya podido percibir de esa manera, aunque no hayamos tenido la intención.  En este sentido crecemos cuando aprendemos a alegrarnos porque alguien nos llama la atención, aunque no sea la forma que más nos guste y por tener la oportunidad de corregirnos. Es la ocasión de estar atentos en las formas, de tal forma que evitemos lo que pueda herir a los demás.

10. Escuchar con agradecimiento. Cuando nos comunicamos trasmitimos algo de nosotros mismos, y hay alguien que se nos está confiando para que acojamos aquello que necesita expresar. Al escuchar damos nuestro tiempo y atención, pero sobre todo acogemos a la persona que se nos abre interiormente. Necesitamos tener un cuidado reverencial y sagrado a cada una de sus palabras; de alguna forma nos está confiando algo que considera muy personal y que tenemos que guardar misericordiosamente y confidencialmente, para que no quede vulnerable a juicios condenatorios y descontextualizados. La palabra de por sí es creadora, en la comunicación se está dando a luz a una nueva forma de ser y vivir en el mundo, que nos hace, tener parte de una maternidad espiritual. 

 

Hno. Javier Lázaro sc

 

 

 


 

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