La oración,
nos reúne como hermanos
(Septiembre 2017)


Al participar en el encuentro personal y comunitario con Cristo, reconociendo que Él es la fuente de la Vida y nosotros estamos sedientos de su gracia, renacemos a la fraternidad. Cuando prescindimos o ignoramos esta realidad, nos estamos dejando llevar por nuestra imaginación o razonamientos vanos, haciendo desaparecer la diferencia entre la criatura y el Creador, entre el pecador y el Redentor, de alguna forma nos pensamos autosuficientes: “seréis cómo dioses” (Gn 3,5). La realidad es concreta, reconocida por los pensadores más relevantes de nuestra historia: el hombre necesita abrirse a la trascendencia divina y la a vez encontrarse con los otros. Somos seres para la apertura y participes de la naturaleza divina.

La insistencia de Jesús de que celebremos el Misterio Pascual, la Misa, es porque necesitamos referir todo lo que somos y hacemos a Él, para hacer realdad su mandato: “Y todos ustedes son hermanos” (Mt 23, 8).Nos vamos a detener en algunos momentos o signos para reflexionar sobre manifestaciones de la fraternidad:

1.       La Eucaristía genera unidad entre todos.

La Eucaristía nos saca del individualismo. Hay una convocatoria a encontrarnos en un mismo lugar y al mismo tiempo, donde el centro es Cristo. Aunque, por desgracia, no lo expresamos explícitamente, compartimos los mismos sentimientos y creencias, pues profesamos la misma fe. Estamos llamados por el mismo Padre al banquete de la bodas del Hijo que se desposa con su Iglesia.

Sin restar importancia  al encuentro personal, es muy necesaria la reunión de la asamblea como pueblo de Dios. Antiguamente la gente se reunía, al ritmo del toque de las campanas a la entrada de la iglesia (en el atrio). Ya era un momento festivo. Hoy también nos tenemos que preparar para este encuentro. No es un acto más. Necesitamos estar imbuidos del salmo que dice: “Que alegría cuando me dijeron vamos a la casa del Señor, ya están pisando nuestro pies tus umbrales Jerusalén” (Sal 121, 1-2). Esto ya se debe notar en la familia, en la habitación de cada uno, al ponernos la ropa más bonita para al Señor, al disponer nuestro espíritu para la fiesta de la fraternidad.

2.      La Señal de la Cruz: “En el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”.

La forma de entrar al templo, haciendo un profundo acto de adoración para reconocer la presencia de Cristo en el Altar ya   dispone todo nuestro ser, para dejarnos embargar por el momento que estamos viviendo.

Al decir Padre hacemos referencia a nuestra filiación en Cristo y a los sentimientos que el Espíritu Santo infunde en nuestros corazones para poder decir “Abba” y “hermano”.  Es un gesto que llena todo nuestro ser y orienta los pensamientos, los afectos y la acción. Nos emociona el abrazo de un amigo, pero en la Señal de la Cruz nos dejamos abrazar por la Trinidad, junto con todos los hermanos.

La Eucaristía es la culminación de un deseo que iniciamos en la preparación “remota”. Antes de entrar en la capilla o estar con la asamblea ya hemos recogido nuestro espíritu y hacemos presentes a todos. Con este gesto simple y reverente ratificamos el deseo de Cristo: “que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos estén en nosotros” (Jn 17, 21).

3.      "El Señor esté con vosotros." Es el saludo del sacerdote en nombre de Cristo.

También puede emplear otras fórmulas: “La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros." En definitiva nos recuerda y nos desea la presencia de Cristo, nuestra alegría. Se renueva la presencia de Cristo resucitado entre los apóstoles, pero ahora con nuestra participación. Es Cristo con el Padre y el Espíritu Santo quienes regalan su Vida: que es gracia, amor, paz, unidad…

Acoger el don de Dios es recibir al hermano que está a nuestro lado. Lo mismo que nos desea el sacerdote, se lo deseamos a las personas que comparten en la celebración o que hemos prometido orar por sus intenciones.

Este deseo de la presencia de Dios se repite varias veces, dando cada vez mayor intensidad al deseo del Padre. “Hagamos fiesta, porque estábamos dispersos y de nuevo nos hemos encontrado”.

4.      En la unión que experimentamos con Dios se manifiesta la comunión (o distancia) que vivimos con los otros.

Vivir la misericordia divina, acoger el perdón supone la firme voluntad de que nosotros perdonamos al prójimo. No es posible vivir el amor de Dios sin buscar amar al otro con sinceridad.

“Si al presentar tu ofrenda en el altar, te acuerdas… deja tu ofrenda ante el altar, ve a reconciliarte con tu hermano” (Mt 5, 23-24).En la oración Cristo nos lleva hacia el Padre y nos une a los hermanos. En las dos partes principales de la misa se da el encuentro con los hermanos, presentes o ausentes, de nuestra familia, de cualquier parte, del presente, del pasado y del futuro. En cada misa está presente el Cuerpo Místico de Cristo. Es el signo más profundo de unidad que podemos celebrar y necesitamos prepararlo disponiendo el corazón para acoger a todos y dejarnos alcanzar por Cristo en su misterio de amor.

5.      Acto penitencial: “Yo confieso ante ustedes, hermanos, que he pecado… y ruego que intercedan”.

Reconocernos pecadores es un regalo del Espíritu, pues nos permite profundizar la confianza en la misericordia divina. Normalmente quien no cree en el amor de Dios tampoco se ve pecador… Sabernos pecadores nos hace solidarios con los hermanos, nos hace más humanos, nos abre a la corrección fraterna. “Los exhortamos… animen a los tímidos, sostengan a los débiles, y sean pacientes con todos” (1 Ts 5, 14).En el acto penitencia pedimos ayuda a Dios y a los hermanos. También estamos llamados a escuchar al prójimo que nos pide que roguemos por él. La intercesión por el otro, con nombre propio, y la  debilidad que nos duele, nos hacen compasivos y profundizan la fraternidad.

Después del “Señor ten piedad” han desaparecido las diferencias, somos iguales en nuestra condición de pecadores. Vivimos en comunidad para socorrernos mutuamente: nos sostenemos unos a otros y dejamos que Cristo nos cure las heridas con su Sangre.

6.      Al reconocer la grandeza divina, presentamos las necesidades: la oración colecta.

Cada vez que escuchamos el “oremos” recibimos la invitación a presentar las necesidades personales y de la comunidad, pues Cristo viene a remediar nuestras miserias. Algunas veces podemos estar distraídos, pero Cristo nos pegunta ¿qué necesitas?, ¿qué quieres para tus hermanos? Lo que los otros nos piden Cristo nos lo puede conceder: “Jesús… se los fue entregando a sus discípulos para que los distribuyeran” (Mc 6, 41).

Para hacer un pedido a algún organismo preparamos una carta bien fundamentada… Nuestro corazón es la carta abierta donde recogemos las necesidades y donde Cristo puede leer todo lo que nos hace falta.

En estas circunstancias Jesús también nos dice: “cuando lo hiciste con uno de estos mis hermanos, conmigo lo hiciste” (Mt 25, 40). Trabajamos para Cristo, lo menos que podemos hacer es informarle sobre cómo está su viña, aquello que nos ocupa y qué esperan los hermanos.

7.      Acogemos la Palabra y respondemos juntos el salmo responsorial

Al escuchar la Palabra surge la comunión espiritual entre nosotros porque “la escucha de la Palabra estrecha nuestros lazos de amistad”. La Palabra nos identifica a todos como hermanos y asumimos los sentimientos que proceden del Espíritu. El Salmo es la respuesta unánime a las mociones que juntos percibimos.

La docilidad que prestamos a la Palabra nos prepara para vivir la fraternidad o en la familia. La impaciencia en nuestras relaciones interpersonales también es un indicador de cómo vivimos la Palabra. Con frecuencia Dios nos comunica su voluntad a través del otro y de las expresiones que hacen referencia a la vivencia de la Palabra.

8.      Escuchar y ayudar al otro a escuchar la Palabra.

En el modo que cada uno está frente a la Palabra que se proclama ayudamos para que los otros puedan vivir la Buena Noticia. La postura, la mirada, la actitud de escucha nos permite acoger la Palabra que después estamos llamados a compartir con los demás. Cada expresión que se proclama en el ambón tiene un eco particular en nuestro corazón, que despierta los sentimientos que me facilitarán las relaciones fraternas con los otros. Las distracciones voluntarias y la dispersión se traducirán en indiferencia y superficialidad en el trato con los demás. Acoger y vivir la Palabra nos lleva a recibir al otro.

9.      Te alabamos Señor. Gloria a ti Señor Jesús.

El Evangelio está precedido por aclamaciones que nos disponen interiormente. El aleluya y el ponernos de pie nos recuerdan que estamos ante algo importante para la comunidad. Cristo está en la Palabra que se realiza aquí y ahora con nuestra presencia, es la Buena Noticia que se hace realidad entre nosotros. Es Cristo quien nos prepara y nos dignifica para participar de su memorial. Acoger la Palabra supone guardarla en el corazón y dejar que nos fecunde interiormente: “Los que reciben la semilla en tierra buena, son los que escuchan la Palabra, la aceptan y dan fruto” (Mc 4, 20). Los frutos son de caridad en la comunidad, en la familia y la sociedad.

10.   La Palabra necesita echar raíces.

Nos puede ayudar la explicación del sacerdote, pero sobre todo que sigamos orando con la Palabra a lo largo del día contribuye  a que lleguemos a vivir la unión con Dios y la fraternidad. Cuando olvidamos rápidamente la Palabra, somos como la semilla que cae entre piedras; de esa forma la Palabra no nos nutre y buscaremos manipular o secuestrar afectivamente a quien está a nuestro lado, suplicando una gota de agua para nuestros labios sedientos de comprensión y aprecio. El rico epulón del evangelio también parecía que vivía de banquete en banquete, pero se olvidaba de la presencia de su hermano a la puerta de su corazón. La Palabra nos permite compartir toda la riqueza que recibimos de Dios, para dejar que nos llene más y más de su Vida.

 

Hno. Javier Lázaro

 

                                                                            

 

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