La paciencia es la fortaleza 
de las personas íntegras





Pensemos en todas las personas con las que nos encontramos, con  su diversidad psicológica, social y cultural; sumado a esto, la intromisión en nuestras vidas de tantos medios de comunicación. Estaríamos en un estado neurótico si pensamos que vamos a cambiar a todos los que no concuerdan con nuestro pensamiento o nuestra forma de ser.  Viviendo un estado más realista digamos que tenemos que resignarnos, en muchos casos, a poder sobrevivir en un mundo en el que nuestra búsqueda de coherencia pareciera que está fuera de lugar.

Necesitamos la fortaleza de la paciencia para ser signos en nuestro medio social o familiar.

Esto se tiene que plasmar en hechos concretos que nos toca afrontar cada día como son:

  1. Saber soportar las insinuaciones,  las agresiones, los atropellos y las acciones destructivas que con frecuencia tienen los medios de comunicación, muy especialmente en lo que hace a los propagandas de todos los productos, ya sea materiales o de entretenimiento. Ante esta situación la persona paciente tiene que: cultivar la vida interior, reconocer cuáles son sus aspiraciones más profundas; descubrir que su libertad está en no ceder ante la manipulación, aprender a prescindir de todo lo superfluo. Tiene que tener cierto grado de “aguante” ante las aparentes frustraciones.  Estar abiertos a la perspectiva de que estamos llamados a gozar y alegrarnos de dimensiones superiores de lo que perciben  superficialmente los sentidos exteriores: vista, oído, etc.
  2. Poder postergar sus deseos más inmediatos para dar paso  a los ideales que se encuentran en el proyecto de vida de largo plazo, donde debe estar contemplados el bien  integral de la persona. Para ello se precisa: esfuerzo, unidad interior, moderación, buen gusto y sinceridad. Pensemos en el niño que camina junto con su mamá cerca de un kiosco de golosinas. En el mismo momento en  que la vista del niño percibe las golosinas se le presentan todas las necesidades; sólo el límite sereno y firme de la madre pueden entrenar a su hijo pasa superar el capricho del momento. En nosotros los adultos; con más sutilezas, pasa exactamente lo mismo. La diferencia está en que el límite nos lo tenemos que poner nosotros. De este límite que nos imponemos depende nuestra libertad. La paciencia nos tiene que ayudar a “soportar” las privaciones que nos imponemos. Cuando algo se nos propone como necesario es preciso que fijemos la atención en otra cosa, para que no sea algo obsesivo, que nos domine hasta conseguirlo; pues posiblemente si nos dejamos vencer en la primera situación se nos presentará otra necesidad nueva con más premura;  siempre estaremos haciendo depender nuestra felicidad de las cosas que nos rodean. Nuestra paciencia nos tiene que dar el temple para saber “renunciar”. La libertar supone dejar algo para elegir otra cosa.
  3. La crisis  de autoridad que  tiene su origen en la incapacidad para gobernarnos a nosotros mismos. No es posible poner límites en los hijos o alumnos, cuando en realidad no podemos jerarquizar apetencias personales. La persona humana se diferencia de los animales, no  es sólo cuerpo. Tiene otras dimensiones que tiene que aprender a descubrir dándoles el lugar, la primacía que le corresponde.  En una sociedad de consumo sólo cuenta lo físico (la moda, las sensaciones, el placer, el dinero, las apariencias, la eterna juventud, etc.). La paciencia  tiene que ayudarnos a cultivar nuestra vida afectiva, el mundo de nuestros sentimientos, la trascendencia de nuestra vida espiritual, el valor del encuentro con nosotros mismos. La afectividad tiene que armonizarse con nuestra inteligencia y voluntad; cuando no la cultivamos se puede volver déspota en nuestra vida;  para el crecimiento afectivo se precisa la paciencia del conocimiento personal. La persona afectivamente madura puede poner orden en la maraña de sus deseos. 
  4. Ante la aparente urgencia para solucionar problemas, tenemos necesidad de disponer de todo el tiempo. Es imposible ser paciente cuando nos falta el tiempo. No todas las cosas tienen que ser ya.  Derrochamos tiempo en entretenimientos que nos producen mayor estrés o en conversaciones de los temas de los que habla todo el mundo. Cultivar la paciencia en este caso supone administrar nuestro tiempo orientándolo para hacer las cosas que parecen más triviales, pero que posiblemente las postergamos. Podemos señalar algunas: ordenar nuestra ropa, detenernos a escuchar unos minutos a las personas que viven a nuestro lado, hacer una revisión periódica con nuestro médico,  escribir  una carta, ordenar los apuntes de clase, etc. La persona que quiere ser perseverante en sus proyectos tiene que disponer de tiempo para cada cosa que se propone. Hay tiempo que nadie nos lo va a pagar, pero que necesitamos invertirlo en la “refacción” de nosotros mismos. ¿Qué pasa cuando al auto que usamos todos los días no le hacemos ninguna revisión periódica? La paciencia nos ayuda a detenernos a nosotros mismos y salir del círculo destructivo del “debe y el haber”. Tenemos que  aprender a vivir el tiempo de la gratuidad para con nosotros y los demás.
  5. Ante el aire de superioridad,  de arrogancia o de ironía de los otros, podemos caer en la tentación de responder  de la misma manera. Creemos que la paciencia tiene que ser una clara manifestación del dominio de nuestros impulsos. Nuestra fortaleza no está en responder con nuevos insultos; la primera ofensa que hacemos cuando menospreciamos a cualquier persona es a nosotros mismos, pues hemos perdido una dimensión esencial de la libertad que es, la visión de la  verdad del valor de la persona. La alternativa que nos queda es conducir nuestra conducta con la razón, no con el corazón. Con nuestra inteligencia vamos a entender el mal momento que está viviendo la persona que nos ofende o la falta de visión de la realidad. Nuestra mirada además de ser paciente debe ser compasiva. 
  6. Las mil preocupaciones que tenemos cada día hace que nuestra imaginación sea difícil de controlar y con frecuencia ella nos presenta las alternativas de la vida más oscuras. Con nuestra paciencia tenemos que saber orientar nuestros pensamientos hacia las cosas simples de la vida que nos rodean y que no reparamos que las tenemos. La paciencia tiene que ayudarnos a comprendernos a nosotros mismos, nosotros no somos todo lo que la imaginación y fantasía nos presentan. Dominar nuestras emociones implica no sacar conclusiones de hechos que no son reales. Necesitamos un momento de lucidez para detener la “máquina de pensar”.  Tener paciencia y tener la certeza de que todo va a pasar
La paciencia  se tiene que convertir en capacidad para el silencio como forma de encuentro con uno mismo. Si deseo participar en una carrera importante significa que estoy dispuesto a  someterme a un entrenamiento. La paciencia es dominio de sí. Sólo cuando me encuentro conmigo mismo se puede decir que me conozco. Es el silencio la puerta para la autenticidad. En el silencio  es donde puedo encontrar las razones de mi forma de actuar. Cuando tengo que explicar con muchas palabras mi conducta a los demás, posiblemente esté tratando de encontrar una manera diplomática de justificar la falta de sentido de mi vida. El trabajo paciente para estar conmigo mismo, es el camino de comunión para encontrarme con los otros.

 

                                                                                                    Hno. Eloy Javier Lázaro

 

prin1.gif (3108 bytes)