La paciencia nos ayuda a ser misericordiosos”

Abril 2016


La mirada paciente hacia los otros nos ayuda a comprenderlos y ponernos en su lugar, es así cómo empezamos a ser misericordiosos. Cuando algo nos desagrada, casi en forma automática pretendemos detenerlo: con un grito, un gesto o algo que manifiesta intolerancia.

La misericordia siempre exige paciencia. Frente al necesitado sentimos una rebelión interior, pues no podemos aceptar la realidad; pero con nuestras consideraciones personales, tratando de buscar al culpable, no ayudamos a solucionar el problema. Detrás del desorden y las injusticias necesitamos encontrarnos con la persona que sufre las consecuencias y que es la victima que espera nuestra ayuda. Por esto podemos detenernos para ver algunas relaciones entre la paciencia y la misericordia:

1.   En el proceso de enseñanza y aprendizaje, necesitamos la paciencia. El docente precisa paciencia para saber esperar y confiar en el crecimiento del alumno. En el aprendizaje hay un tiempo de asimilación e interiorización, de maduración que no podemos acelerar, para no correr el peligro de atropellar o herir.

El docente o el padre, pueden hacer brotar su paciencia de la vocación (pasión) que han recibido y que sienten, inclinándose a ayudar al otro. Sólo buscan acompañar, caminar al lado, pero respetando el paso de quien está aprendiendo y para quien todo es nuevo. La paciencia nos da la oportunidad de: observar con detenimiento los procesos, analizar la forma en que se va integrando lo nuevo, recoge las emociones que van viviendo por las conquistas realizadas y en definitiva del proceso de maduración, para reforzar aquello que no han asimilado plenamente.

La paciencia en los que ayudamos a crecer es lo que nos permite planificar las cosas con calma, desde la perspectiva de los más pequeños y débiles. Es la paciencia la que nos enseña a animar, sostener emocionalmente, corregir con cariño, hacer ver que se puede, marcar los logros, percibir el esfuerzo y sentir que en cierto modo crecemos todos.  

2.   La misericordia siempre es fuente de paciencia. Lo habitual en el proceso de crecimiento es que este seguido de avances y retrocesos, donde el balance general siempre es positivo. El aceptar que el progreso no vacontinuamenteen el mismo sentido, es reconocernos limitados y quenecesitados los unos de los otros. Esto sólo es posible cuando vivimos en un clima solidario y de misericordia.

Una forma de combinar o armonizar paciencia y misericordia es renunciar: al desaire, al juicio condenatorio, a las expresiones de autoprofecía cumplida (“yo ya te lo había dicho”), a enfatizar con el tono de voz, a lanzar la mirada endurecida…

La paciencia nos da el tiempo para ver el lado positivo de cada situación. No se limita a aguantar la contrariedad; ve el nuevo camino que se está trazando y que con humildad tenemos que reconocer que no lo habíamos previsto y nos puede llevar al fin que nos proponemos.

Con la paciencia posibilitamos a que los niños se expresen y comuniquen lo que nos tienen que decir para alegrarnos el día o simplemente para que expresen sus sentimientos, que siempre son manifestaciones de lo que les preocupa. Pretender acortar los tiempos nos conduce a atrofiar capacidades y generar dependencias que impiden crecer con criterio y libertad.

3.   La fuente de la misericordia, nunca se acaba o agota. Dios que es misericordia siempre está derramando su gracia en nuestras vidas. Pero con frecuencia impedimos que llegue a nuestros corazones; Dios que respeta la libertad personal, se las tiene que arreglar para que nos llegue su vida y así sostenernos. El cauce de la gracia con frecuencia está obstruido y rechazamos la ayuda; Él es infinitamente paciente con nosotros. La paciencia de Dios es una expresión de su misericordia; Él siempre nos espera… sólo después de años, rendidos, tenemos que reconocer que en forma permanente ha estado a nuestro lado.

Se precisa paciencia para aceptarnos tal como somos, reconociendo que tenemos infinidad de vericuetos a nivel físico, psicólogo, social y espiritual.Esto nos tiene que conducir a ser misericordiosos con nosotros mismos. La mayoría de las veces, en las que no nos sentimos felices, es por nuestra falta de colaboración, para acoger las oportunidades y dejarnos sorprender por el amor infinito de Dios.

La paciencia nos puede ayudar a ir eliminando obstáculos interiores, a cambiar de actitudes, a ser más receptivos de los dones que nos llegan, a no cansarnos de empezar de nuevo, aunque nos equivoquemos. Con los primeros que necesitamos ser pacientes es con nosotros mismos y eso nos allana el camino para extender la misericordia hacia los demás.

4.   Frente a la ira, que es un desorden interior, necesitamos la paciencia. En la medida que sentimos cólera contra nosotros mismos o los otros, nos hacemos daño. La crispación nos nubla la mirada y hace que no podamos encontrarnos. La impaciencia es una señal de alarma, a la que debo atender con misericordia. 

Siempre vamos a ver cosas que nos desagradan, pero no justifican que perdamos la paz interior, que nos convierte en intolerantes y nos ciega la mirada compasiva sobre nosotros mismos. Los juicios que emitimos sobre la conducta de los demás,necesitan estar presididos por la misericordia, sin dejar luchar y corregir aquello que es digno de perfección.

La impaciencia nos impide estar dentro de nosotros mismos; con la ira dejamos de ser, pasamos a ocupar roles de verdugos, pues no aceptamos los límites. La misericordia nos permite volver sobre nosotros mismos, haciéndonos cargo de los errores y además aceptando que los otros no tienen la intencionalidad de molestarnos.

La paciencia nos hace ser más personas, nos da tiempo para dejarnos gobernar interiormente por la humildad y la inteligencia. La impaciencia nos ciega y anula para el bien. En la medida que podemos reconocer estos estados interiores estamos aprendiendo a vivir como personas, llamadas a encontrarnos en comunión con los otros.

5.   La paciencia nos encamina a vivir la propia vocación en profundidad. Hay veces que hacemos muchas cosas, pero superficialmente, sin asimilar nada y sin disfrutarlo. Esto es una forma de condenarnos a vivir en la ansiedad, por el deseo de experimentar cosas nuevas, sin vivir el presente. Cada momento acogido en profundidad nos posibilita ser felices.

No estamos hablando de caer en el ritmo del trabajo, que nos lleva a la rutina,  yque también mata la vocación de educadores. La mirada misericordiosa nos ayuda a ser creativos, pues nos implica el corazón y siempre nos da una nueva perspectiva sobre la realidad, aunque aparentemente repetimos las mismas tareas.

La paciencia se puede expresar en un primer momento a través de la lengua, de la palabra, expresando las posibilidades que tenemos de hacer el bien. Por el contrario, al centrarnos en lo negativo nos estamos cerrando a la esperanza y al bien. En las relaciones interpersonales esto es muy importante. Por encima de la verdad debe reinar la caridad.

La impaciencia tiene muchas manifestaciones, aunque algunas parece que los otros no las perciben, igualmente nos hacen mal al corazón; sabemos muy bien cómo algunas enfermedades físicas tienen su origen en los estados interiores. Sólo la misericordia puede conocer y aceptar los desórdenes del corazón, para poder sanarlos; la misericordia y la humildad están unidas, para curarnos y pedir ayuda en caso de que sea necesario.

6.   La paciencia dilata el tiempo para preparar y prolongar el abrazo del perdón. Está relacionado con la corrección fraterna. Con frecuencia somos demasiado rápidos para corregir al que se equivoca; pero no nos damos cuenta que lo hacemos airados o con resentimiento y por tanto estamos atacando mortalmente al otro.

Para corregir necesitamos estar apaciguados interiormente; antes de acercarnos al prójimo, intentemos vivir intensamente la misericordia; ordenar todos los sentimientos contrarios al amor. Podemos ayudar al que se equivoca cuando hemos puesto en línea (al fin que buscamos) todas las actitudes, o por lo menos lo hemos intentado. Es entonces cuando tenemos la posibilidad de llamar la atención con caridad; y a su vez reconocemos nuestras limitaciones, para no creernos mejores.

Aunque parezca que estamos postergando y ante los demás no hacemos nada, por dentro estamos llamados a realizar un trabajo intenso sobre nosotros, que no sólo está dirigido por el voluntarismo, que el cambio duraría mientras lo sostenemos con nuestro esfuerzo. El trabajo interior necesita estar animado por la misericordia, que cuenta con la ayuda de Dios e integra todas las dimensiones y se prolonga mientras estamos en comunión con nosotros mismos.

7.   La misericordia y la paciencia nos conducen a la paternidad y maternidad espirituales. Es en esta dimensión cuando se puede vivir la gratuidad. Somos pacientes y misericordiosos cuando estamos generosamente entregados al otro sin esperar nada. No nos cansamos de esperar o de alentar el crecimiento.  Es la única forma de vivir intensamente estas virtudes.

Los padres no se preguntar cuántas veces tienen que repetir a sus hijos los mismos consejos. Siempre lo hacen con el mismo amor, sin fijarse en su estado personal, lo que les importa son sus hijos. En esta capacidad de darse pacientemente está la fuerza para esperar siempre. Los misericordiosos están dispuestos a olvidar los errores y mirar hacia adelante. La misericordia infunde en los niños la seguridad de que tienen todas las oportunidades y a las que pueden corresponder.

Quienes son misericordiosos encienden la paciencia sobre sí mismos. Cuando los demás confían en nuestras posibilidades, cómo no vamos a creer en nosotros mismos. La misericordia nos compromete y nos da el crédito para proyectarnos hacia adelante. 

El perfeccionismo es contrario a la misericordia, pues no nos permite tolerar los errores. Tampoco tenemos que conformarnos con la mediocridad. Necesitamos armonizar todas las dimensiones. Es preciso aprender a perdonarnos y saber proponernos las metas que nos embellecen.

Hno. Javier Lázaro

 

 

 


 

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