La paciencia
y
su importancia


“El mundo es redimido por la paciencia de Dios y destruido por la impaciencia de los hombres”.

Benedicto XVI




Haciendo una búsqueda sencilla en el diccionario vemos que la  raíz etimológica de  la palabra paciencia es la misma que padecer. Que se puede  asociar a otros términos como  “aguante”, “calma”, “espera”, “tranquilidad”, “perseverancia” o “serenidad”. Pero en definitiva es permanecer allí. Es perseverancia, aferrarse, rehusar abandonar sin importar fatigas.

La paciencia todos la tenemos que practicar porque sabemos los sentimientos que nos producen ciertas situaciones con un final abierto, sin posibilidad de controlar ni el reloj ni el calendario.  Es la virtud que nos hace  resistir las molestias que van transcurriendo en un tiempo prolongado. No se trata de correr los cien metros libres y “ya está”. Es más una carrera de maratón donde se combinan el esfuerzo, el tiempo y el desconocimiento del camino. “Es el arte de no tomar las peras antes de tiempo”, habla de saber esperar.

La importancia de la paciencia se hace patente en que:

  1. Es una virtud que está en constante actualización, se pone a prueba en cada situación que no concuerda con nuestro pensamiento. La paciencia  se adquiere desde la práctica constante y desde la capacitación para las nuevas situaciones. La ansiedad ante lo novedoso no nos ayuda para la adaptación, sólo  la mirada comprometida y  el estudio  nos permiten superar la incertidumbre.
  2. Nos ayuda a perseverar con entusiasmo hasta la conquista de los objetivos. Cuando nos vamos desanimando en lo que buscamos, caemos en cierto pesimismo, hay una perdida de sentido de lo que hacemos y nos ponemos  al borde del abandono de la tarea iniciada. La paciencia mantiene vivo el objetivo propuesto y el cansancio físico o psicológico sólo reafirma la importancia de lo que nos proponemos.
  3. No todas las decisiones se tienen que tomar apresuradamente para que sean efectivas. Dejar “enfriar” algunas situaciones nos permite ver con mayor objetividad y nos sitúa en el plano de nuestra realidad; Las decisiones tomadas movidos por la inmediatez nos llevan a la idea de que somos todo poderosos y nos ciegan para poder observar las consecuencias profundas o los sentimiento de las personas. Nadie está hablando de dejadez o resolución de situaciones límites.
  4. Con la mirada que aprendamos a mirarnos a nosotros mismos, vamos a mirar a las personas que nos rodean.  La paciencia es un rasgo de la personalidad madura, que sabe respetar el curso de las cosas para que sigan el ritmo. Nos conduce a la tolerancia  y a respetar la libertad de los demás, aunque no siempre los entendamos.
  5. Es la guardiana de todas las virtudes. Según Sto. Tomás, no es la más importante de las virtudes, pero se hace presente en cada una para su adquisición y después para la práctica. Tenemos infinidad de cualidades, pero en muchos casos en un estado latente porque no tenemos la paciencia para cultivarlas. Empezamos muchas cosas que sabemos que son buenas, pero las dejamos porque nos falta la fortaleza de la paciencia. Cada proyecto personal tiene que hacer una proyección del tiempo y el esfuerzo que tenemos que emplear. Además de computar los recursos materiales y los medios económicos tenemos que presupuestar nuestras  actitudes a largo plazo a través de la motivación constante.
  6. Nos aleja de la ira, los enojos, las quejas, la murmuración y todo aquello que pone en peligro  las relaciones con los demás. La paciencia siempre encuentra razones para vivir en la alegría, vence las contrariedades poniendo por delante a las personas y después a las circunstancias. Ante una dificultad, no crear una nueva traba, perdiendo el equilibrio personal o desacreditando a los demás. 
  7. Nos da la oportunidad de vivir en una actitud de conciliación, ayudándonos a aceptar las situaciones que no podemos cambiar. La paciencia nos da el tiempo para revisar nuestra posición frente a los demás y para comprender las debilidades o las diferencias con los otros. Nos da la posibilidad de desprendernos del exceso de “equipaje”, para quedarnos con lo esencial. La vida se nos puede hacer muy penosa cuando no estamos dispuestos a renunciar a nada. Sólo la libertad de no tener miedo a perder, nos hace abiertos para el cambio. Tenemos que estar dispuestos para dejar  costumbres o hábitos que algunas veces se han convertido en manías, que han perdido sentido y a los que estamos aferrados inútilmente. 
  8. Nos da la libertad para dejar el control de algunas situaciones a los otros. Podemos abandonar sentimientos contradictorios que nos confunden a nosotros mismos, hace que me acepte tal como soy no comparándome  con los demás. La imagen  narcisista nos impide tener la imagen real de nosotros mismos y de los demás; ya que narciso, nos dice Guillermo Maci, está más pendiente de la imagen que da a los demás que de la construcción de una auténtica autenticidad.  
  9. Se hace posible la educación, ya que nos ayuda a ser dóciles y humildes para aceptar la disciplina y el orden. La paciencia nos hace vivir intensamente cada uno de los procesos de crecimiento, evitando la cuantificación eficientista de los resultados finales.  La vida está hecha de los pequeños detalles de cada momento; vivir sólo en función de los resultados, es exponerse a vivir con el agobio ya que ponemos nuestra felicidad en función de lo efímero y lo cambiante. La abeja tiene que recorrer miles de flores para producir la miel. Seguir los procedimientos en el orden adecuado requiere la paciencia, la sabiduría (para saborear) y no apresurar o saltarse alguna de las etapas.
En un mundo donde impera el vértigo de la velocidad, la paciencia  nos permite echar un ancla en el tiempo, para empezar a ser dueños y señores de nosotros mismos. La ausencia de paciencia da paso a los egoísmos, que como nos dice Carlos Amigo Vallejo, hace que desaparezca toda ética y por tanto la posibilidad de hacer el bien.  La falta de interés y de motivación por las cosas importantes de la vida es uno de los males de nuestra cultura; necesitamos la fuerza para salir de nuestros apegos personales y subir por la “escala de los valores”.

 

                                                                                                    Hno. Eloy Javier Lázaro

 

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