La paz es un regalo de Dios




   La paz es un don de Dios y por otra parte es ponernos en orden cada uno de nosotros, tratando de quebrar nuestra soberbia personal, que nos impide: reconocer nuestros errores, aceptar nuestras debilidades, pedir perdón, sentir el agradecimiento sincero de quien se siente honrado con nuestro trabajo o simplemente con nuestra presencia.

   La paz además de un orden social, exige de nuestra parte propuesta de metas que orienten nuestras luchas diarias. Cuando no nos proponemos nada, nace el desaliento, la división interior, la falta de comunicación auténtica con los demás. Necesitamos proyectos y vivirlos. La libertad es práctica de libertad con responsabilidad.

   La encíclica Pacen in Terris nos hizo ver la común pertenencia a la familia humana y las cuatro exigencias para la paz: la verdad, la justicia, el amor y la libertad.

   En toda convivencia humana bien ordenada y fecunda hay que establecer como fundamento el principio de que todo hombre es persona, esto es, naturaleza dotada de inteligencia y libertad, y que por tanto, el hombre tiene por sí mismo derechos y deberes que dimanan inmediatamente y al mismo tiempo des su propia naturaleza... estos derechos son universales e inviolables.

   Precisamente porque las personas son creadas con la capacidad de tomar opciones morales, ninguna actividad humana está fuera del ámbito de los valores éticos. La paz no es cuestión de estructuras , como de personas.

   "El origen de la palabra paz viene del término latino (pax, pacem): tranquilidad, calma, sosiego de ánimo, concordia, un estado de armonía, cerrar un contrato. La voz griega "eirene" (paz), significa que uno habla con otro, que se está junto en conversación. La palabra alemana "friede viene de la raíz fri: amar, acariciar, cuidar. Paz es, por tanto una situación en la que mutuamente se ama, atiende, cuida, alegra y mantiene dispuesto" ( A. Grün).

   No se trata de vivir solos o aislados. Supone la relación dinámica entre las personas que pueden entrar potencialmente en conflicto. Mantener relaciones cordiales con las personas que nos rodean es un trabajo arduo que exige estar constantemente en guardia para mantener la concordia.

   Es un anhelo y en todo caso es una tarea abierta al futuro y siempre inacabada.

   La injusticia y sus diversas formas son la causa principal de las tensiones que enfrentan a unos hombres contra otros.

   La paz también está íntimamente relacionada con la búsqueda y el encuentro con la verdad. La verdad es uno de los pilares sobre los que se mantiene la paz. La verdad sobre nosotros mismos, con la aceptación de nosotros mismos y la humildad para saber que no somos autosuficientes.

   La hostilidad es una patología cuyo análisis nos excede. La paz requiere una salud espiritual personal para ser desarrollada y vivida. Entre las condiciones externas, un proyecto moral y social para mantener la esperanza de conseguirla. En un primer nivel, el personal, el anhelo de paz se identifica con el descanso del alma, un estado no de indiferencia ni de impasibilidad, sino de puesta en guardia ante todo ataque contra el amor; es un saber esperar, que remite su eficacia a la conciencia de ser un don precario, pero maravilloso, la comunión. Este término, que transciende la de compartir, es el preámbulo de la paz. La persona que está en comunión consigo misma y está en comunión con el otro, experimenta la paz que de esa relación proviene.

   Las personas que viven a la defensiva, que sospechan continuamente de los demás, que no se esfuerzan por la comunión , piensan en categorías de enemistad.

   Ninguna paz es posible sin el respeto de los derechos humanos y olvidando la dignidad de las personas. En este sentido tenemos que profundizar en el importancia de sentirnos hermanos los unos de los otros, hijos del mismo Padre. Todos caminamos hacia el reino, independientemente de la actividad que realizamos cada día.

   El perdón ... es la solución por excelencia a todos los conflictos y todas las violencias.

  "No he venido a traer la Paz sino la guerra",.... se refiere a una paz privada de víctimas. Ha venido a deslegitimar las relaciones basadas en la imitación (miméticas), las relaciones gregarias donde no se valora la autonomía y la capacidad de elección.

   La renuncia a la violencia definitiva, sin trastiendas, se nos impondrá como condición "sine qua non" de la supervivencia. La violencia es esclavitud: impone a los hombres una visión falsa no sólo de la divinidad, sino de todas las cosas. Para renunciar a la violencia es preciso, evidentemente, renunciar a la idea de retribución.

   La violencia se percibe siempre como una legítima represalia. Por eso hay que renunciar al derecho de tomar represalias, e incluso a lo que muchas veces se atribuye a la legítima defensa. Solamente una renuncia incondicional puede desembocar en el resultado que se desea.

   Otro problema son los que se llaman no-violentos, cuando en realidad son cómplices. La paz requiere un primer gesto para ser imitado, puesto que la paz es tan mimética (que se imita) como la acción violenta. La paz requiere un primer gesto que suscite un desencadenamiento de una imitación positiva que conduzca a los hombres a realizar gestos, actos definitivos de reconciliación, que puedan ser vistos y seguidos por otros: callar, cuidar el tono de voz, olvidar, valorar, escuchar, rezar, aceptar a los otros, etc.

   Recordemos el hecho cuando a Jesús le presentan a la mujer que había que apedrear; Jesús anula al primero. No encontró ninguno para tirar la primera piedra, por tanto todos se fueron. La actitud del primero es imitada y seguida por todos. Esto es un compromiso para todos ¿Qué iniciativas personales tengo para mi propia superación o crecimiento? Para muchos la paz familiar o social será posible por la reflexión personal.

   La paz es un regalo de Dios al hombre y que le trae unidad, por eso es un elemento fundamental del proyecto personal de vida. Nuestro cansancio, el estrés y el desaliento provienen de una división interior. Nuestra felicidad, nuestra camino hacia la plenitud sólo será posible cuando trabajemos por la paz. "Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios" (Mt. 5, 9).

                                                                                                    Hno. Eloy Javier Lázaro

 

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