La pedagogía del corazón: misericordia.

Marzo 2016


   

Enseñar al que no sabe es una obra de misericordia. El que enseña, también aprende en la misión de conducir a otro hacia la plenitud de su ser como persona. En la antigüedad el pedagogo era el servidor que llevaba al niño a la escuela. El dueño de la casa entregaba sus hijos, al siervo de mayor confianza, que manifestaba cierta empatía con los niños.

Las palabras pedagogo, corazón y misericordia, son términos que en la práctica están íntimamente relacionados; de alguna manera nos llevan a realizar la misión educativa (de padres o docentes) con el mismo espíritu.

La misericordia, hace referencia a asumir con el corazón las miserias del otro. Es la mirada que nos conmueve y nos lanza al servicio gratuito del más débil. Está por encima de los razonamientos lógicos; se mueve por la búsqueda del bien desinteresadamente y va más allá de los resultados; pues no busca éxitos y nos libra de la tiranía de la búsqueda del placer; sí nos introduce en el gozo interior.

El corazón hace referencia al centro de la persona, donde se centran las motivaciones más profundas y los sentimientos que nos llenan de paz gozosamente. El corazón es el que establece relaciones personales, con una implicación comprometida, por encima del tiempo o las categorías sociales.

En forma de decálogo, sin pretender cerrar la lista, vamos a enumerar diez aspectos que nos conducen a integrar la pedagogía, el corazón y la misericordia. Se trata de reflexionar y dejarnos conducir por el Espíritu para que demos un sentido profundo a la tarea de educar, tanto para padres como para docente; por eso usamos indistintamente niño, joven o alumno. Así podemos señalar:

1.   La misericordia hace que el educador acoja al niño, para acompañarlo en su realización total y que pueda ser feliz. Siempre hablamos de la necesidad del “tutor” en un árbol para que crezca derecho. Pero esta imagen es muy forzada, pues nos habla de la rigidez del maestro y de marcar una dirección determinada que anula la libertad. Con esto no estamos hablando del permisivismo o del dejar hacer. La misericordia ensalza a la persona, la ayuda a descubrir su dignidad y el camino que puede recorrer. Jesús cuando perdona o cura a alguien, siempre le dice vete… no se apropia de nadie, generaba la libertad y da pautas: “no peques más”. El educador con sus actitudes y gestos permanentes, incita y abre el deseo de corresponder; despierta sus mejores dones, para comprometerse consigo mismo y en la entrega de mejorar la sociedad en la que vivimos, empezando por los más pequeños.

 

2.   La misericordia establece una relación personal. Los docentes y padres que quieren ayudar al niño, manteniendo su identidad y la madurez que corresponde a su vocación, pueden abajarse para entrar en comunión con los niños, entender su dificultades, ponerse en su lugar, acompañarlo y mostrar el camino para que puedan seguir libremente. La distancia burocrática, las órdenes frías y las reglas impuestas desde la realidad del adulto, no ayudan a la relación de encuentro propia de la educación. Los padres o docentes, con su mirada amorosa, cuando dan indicaciones o marcan un camino, siempre dan la fuerza del cariño y la valoración para seguirlo. Se comprometen a caminar junto al niño; no lo suplantan, sólo están a su lado para que sienta la seguridad; responden cada vez que se les pregunta, son cercanos.

 

3.   La pedagogía del corazón llega a los que se sienten más desanimados. Con frecuencia hay niños que hacen desorden, no trabajan y no permiten que sus compañeros se concentren. En este caso necesitamos acercarnos con un corazón misericordioso, sin juzgar y para detectar en qué nos están llamando la atención. Es muy posible que tengan una carencia afectiva y necesiten el abrazo de la comprensión. Cuando estamos cansados o tenemos sueño, no podemos concentrarnos y necesitamos dormir. Los niños de nuestro tiempo tienen sueño o necesidad de seguridad, quieren descansar en la confianza de los educadores. Sólo con la apertura y disponibilidad de nuestro corazón podemos hacerles sentir que vivimos para ellos. Esto nos ayuda a salir de las ideas preconcebidas y a estar atentos a los gritos de los niños que nos rodean, que siempre dicen más de lo que expresan en una percepción superficial.

 

4.   En la educación siempre hay perdón. En el proceso de aprender nos equivocamos y tenemos que volver a intentarlo. La motivación tiene que estar en poner metas que supongan esfuerzo, alcanzables y hacer creer que se pueden lograr. El error no puede ser motivo para desacreditar a nadie. En la equivocación siempre podremos encontrar algún aspecto positivo para empezar de nuevo. En ningún momento podemos generar el sentimiento de que nos han defraudado o de que no podrán alcanzar los objetivos. Las deficiencias tienen que estas acompañadas de la comprensión y el perdón. Es la forma de comenzar de nuevo, sin condicionamientos. Dios que es infinitamente misericordioso, sufre de amnesia, cuando le pedimos perdón, inmediatamente olvida el pecado. En la pedagogía no llevamos en cuenta las veces que se equivocan, o en todo caso lo tenemos en cuenta para buscar nosotros otra estrategia. Eliminamos de los labios la expresión “¡cuántas veces te lo he dicho!”. Creativamente vamos a encontrar una forma para que puedan hacer suyo aquello que nosotros consideramos que es tan importante.

5.   La misericordia elimina las distancias entre educando y educador. Tanto el joven educando como el docente, por el hecho de ser personas tienen la misma dignidad. Aunque en la práctica se genera una distancia: por la diferencia generacional o de edad, por la desigualdad en la formación y la maduración, por los intereses individuales…y así podríamos hacer una lista interminable de aspectos. Pero a pesar de todo, siempre se tiene que dar un espíritu de acogida mutua, donde la iniciativa tiene que partir del docente o el padre. El clima de colaboración y acompañamiento se necesita que se dé con naturalidad. Es una responsabilidad más del adulto abrirse afectivamente, para que el niño se sienta seguro y pueda tener la confianza de abrirse, poniendo de manifiesto las dificultades, con la confianza de que encontrará una luz o camino en la palabra, el testimonio y la orientación del pedagogo.

6.   El educador con misericordia no se alarma de nada y todo lo entiende, para infundir esperanza. Quien es experto en educación, ante la dificultad, trata de educar en la confianza al niño, al igual que el médico que trata de tranquilizar al paciente. Nos podemos equivocar, pero no desesperar. Alguna solución ante el problema tenemos que vislumbrar y transmitir al niño. Siempre vamos a encontrar un camino. Esto no significa que no veamos la realidad o dejamos hacer cualquier cosa, todo lo contrario, supone descubrir sus posibilidades y desarrollarlas. Los padres y los docentes educan su propia mirada para que habitualmente trasmitan confianza. Es la forma de que los niños nos comuniquen las cosas, pues saben que van tener quién los comprenda. Es importante tener el tiempo para escuchar en el ambiente adecuado, donde podamos ponderar lo que se nos dice; para los niños todo es importante. A su vez les podemos preguntar para profundizar su reflexión y hacerles ver que tienen más posibilidades y que no lo deben esperar todo de nosotros. 

7.   La pedagogía ayuda a reconocer los sentimientos del corazón. La educación no es sólo aprendizaje de contenidos académicos, tiene que llegar al corazón. Es preciso que pueda reconocer sus afectos. Aquello que le molesta, para ordenarlo o perdonarlo; lo que les alegra para celebrarlo, agradecerlo y compartirlo. Es necesario que adquieran el vocabulario que les permita expresar los estados de ánimo según su edad y a su vez que puedan hacer gestos de ayuda y misericordia hacia los demás. Nosotros mismos en la forma de hablar tenemos que expresar estas actitudes de solidaridad, manifestar el olvido de las ofensas, conducirnos por la comprensión y el perdón. Por una actitud de “imitación” el niño hará lo mismo y estará aprendiendo un camino de maduración en la aceptación de sí mismo y de convivencia con los demás. Por supuesto el referente último es el mismo Cristo, que desde la Cruz perdona a los que le están crucificando.

8.   La misericordia se expresa en la escucha. Los padres y docentes necesitamos crecer en paciencia para escuchar cuando los niños quieren comunicarnos algo. Aunque ya estemos enterados del asunto, los jóvenes necesitan a alguien que recoja sus inquietudes o preocupaciones. El ejercicio de escuchar ayuda a los otros a ordenar sentimientos y a darse cuenta de los errores para poder cambiar.

Es posible que no nos digan las cosas en el primer encuentro, pero cuando damos el tiempo y la atención en forma sucesiva se irán acercando para expresar lo que les preocupa. La actitud personal de los educadores es de apertura y de atención; los niños, aunque lo expresen con palabras, lo valoran muchísimo. Hoy las personas están mucho tiempo solas, usamos máquinas y nos falta regalar el tiempo para escuchar a los demás. Mostrar empatía con lo que nos cuentan ayuda a que lleven y construyan un hilo conductor hasta llegar al núcleo de los que nos quieren comunicar. Por supuesto que junto a la empatía debe estar la confidencia, para que se sientan valorados y puedan confiar.

9.   En la forma expresarnos buscamos que generen actitudes de ayuda. Hoy los niños están muy influenciados por los medios de comunicación, donde se trasmite en muchos sentidos violencia. Somos nosotros como educadores que cuidamos la forma de expresarnos y además exigimos que así lo hagan los niños. Nuestra forma de hablar, de alguna forma, nos configura interiormente. Cuidar lo que percibimos nos ayuda a libertarnos de imágenes o sonidos que después repetimos de mil formas diferentes. Es preciso que lo que escriban o dibujen, exprese formas de amistad, evitando la violencia o las deformaciones estéticas, que conducen y llevan al mal gusto. Hay que ayudar a los jóvenes que reconozcan en su interior cómo se sienten cuando buscan la verdad, la belleza o hacen el bien; por el contrario se requiere que se den cuenta que cuando realizan algo mal intencionalmente les conduce a la tristeza y al vacío. La alegría siempre es un fruto del bien que hacemos o buscamos.

10. Frente a la falta de resultados cuantificables el educador es misericordioso consigo mismo. En el proceso educativo están en juego varias libertades. Es posible que algunos jóvenes se muestren contrarios al crecimiento y a la maduración; entonces los padres o maestros no se tienen que desanimar o pesar que no son buenos educadores. Necesitamos tener una mirada misericordiosa sobre nosotros mismos. Siempre está la seguridad de que hay algo positivo, aunque no se manifieste. Es posible que los jóvenes no aprovechan todo lo que les brindamos, pero siempre nos dan la oportunidad de vivir el compromiso y la entrega.

Seguramente, después de mucho tiempo, cuando ya no los veamos, darán los frutos las semillas que habíamos puesto en su corazón. A nosotros nos corresponde sembrar y regar; otros posiblemente recojan. Necesitamos hacer una renuncia explicita al exitismo y los resultados. Por vocación trabajamos a largo plazo, sin buscar el aplauso.

Hno. Javier Lázaro sc


 

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