“La pureza de corazón supone el cultivo de la vida interior”


El cambio externo es duradero y verdadero si partimos de  la transformación interior. Para ello primero tenemos que ser conscientes de la propia interioridad. Hoy hay una tendencia a vivir sólo por las interacciones que nos llegan desde afuera (el trabajo, los medios de comunicación, los vecinos, etc.) desconociendo las operaciones interiores que se dan en la mente y  en el corazón. En el artículo anterior, nos  fijamos en algunos aspectos relacionados con los sentidos exteriores. Ahora nos queremos detener en algunas operaciones interiores, que están vivas en forma permanente y en algunas oportunidades sin darnos cuenta.

  1. 1.      La memoria. Recordar es volver a pasar por el corazón,  es hacer vivos nuevamente los acontecimientos que estuvieron presentes en alguna oportunidad.  La historia personal siempre ha estado  llena de hechos donde nos hemos sentido amados. Tener los recuerdos con los que hemos crecido es saber proyectarnos con optimismo.  Es así como alimentamos la confianza en nosotros mismos y en los demás. Hay momentos gozosos de nuestra biografía que ensanchan las posibilidades del presente y del futuro. 

Para llegar a tener este balance positivo, se hace preciso un discernimiento que nos permita unificar el camino, haciendo que lo aparentemente negativo, se haya convertido en posibilidad de superación  y agradecimiento. 

Por el contrario, si no hemos podido integrarnos históricamente, estamos llenos de recuerdos que nos hacen vivir en un déficit existencial, percibimos todo con resentimiento y con melancolía. Nada nos llena. Es así que no podemos ver el bien en nosotros mismos, ni en los demás. Toda la mirada se vuelve negativa.  El corazón está enfermo.

Necesitamos pasar la “página”para curar el corazón. El camino es el perdón sincero y no centrarse en sí mismo. Es tomar conciencia de las dificultades que hemos tenido, para no repetirlas y  para no focalizar nuestro pensamiento en ellas. Es una forma de aprender a mirar hacia adelante para ser felices. Sanar las heridas del pasado es poder  hacer otra lectura de aquella realidad, ver que en definitiva nos han permitido ser nosotros mismos, darnos cuenta que  en los otros hubo más debilidad que maldad,  para acercarnos a los demás con una mirada más comprensiva y compasiva.

2.      La imaginación y la fantasía. En forma permanente nos llegan imágenes y sensaciones que pueden alimentar la creatividad. Pero estos sentidos interiores también hay que educarlos, pues su afán de conocer no tienen límite, hasta pueden presentarnos como bueno lo que en definitiva denigra la dignidad de la persona.  El primer paso para este proceso de crecimiento es cuidar aquello con que alimentamos la mente. De la calidad de lo que veamos, escuchemos o percibamos, dependerá el mundo interior  en que vivamos. El segundo paso es hacer conscientes estas operaciones interiores para  poder ordenar  los pensamientos y sentimientos. Cuando no tomamos conciencia del mundo interior, nos empezarán a dominar la negatividad, para llevarnos a los extremos de la angustia  más profunda o la exaltación  más irreal de nosotros mismos. A su vez, esto hará muy difícil  la aceptación personal e imposible establecer relaciones de amistad con los demás.

Al examinar el mundo interior, lo podemos ordenar, para ponerlo en palabras y comunicarlo a los demás, que también nos ayudarán  en la confidencialidad a discernir todo el bien que existe en nosotros, para que se convierta en luz en el camino.

La imaginación y la fantasía, bien encaminadas nos pueden hacer sentir la grandeza del corazón, para vivir la paz que no tiene límites y la ilusión. De esta forma tan simple, pero necesaria, podemos aprender a gozar de la grandeza de nuestro espíritu, para salir de nosotros mismos, e ir al encuentro de los otros con la entrega y la alegría. En este proceso  podemos alimentarlos  afectos, para ensancharla mirada,  integrar la vida y sentir que todo tiene un sentido  con posibilidades infinitas.

  1. 3.      El sentido común, nos permite hacer un juicio de valor  de la realidad, para lograr una síntesis que nos ayude a vivir en forma integrada.  El problema se plantea cuando juzgamos mal y nos inclinamos a condenar con ligereza a  los que nos rodean.  De esta forma se hace inviable el encuentro con los otros y se vive en la cárcel del propio pensamiento.

El aprecio  y el descubrimiento de los cualidades de los demás nos ayudan a establecer relaciones de amistad que nos hacen salir de la soledad. Evitar  pensar  mal es un logro, que no está reñido con la prudencia,  nos libera de prejuicios y  nos abre a la perspectiva de la libertad, para acercarnos a todos sin condicionamientos. Pero cuando hemos caído en una aversión hacia los otros, es necesario hacer un gesto de reencuentro perdonando sinceramente y viendo que en muchos casos  los demás no tienen nada que ver. Somos nosotros quienes proyectamos  lo negativo de nuestro interior en los otros. Se  precisa un cambio de actitud, reconociendo las limitaciones con humildad, para poder estar alerta. Sólo de esta manera el corazón se sana, la vida interior se va haciendo más fuerte, se hace atenta para apresurarse a reconocer todo lo bueno y expresarlo con alegría.

  1. 4.      La unidad afectiva. El corazón es la sede de todas las operaciones afectivas. Por él fluyen un torbellino de sentimientos y deseos. Cuando hemos sentido la llamada a la felicidad, todo lo disponemos para ser auténticos, cuidando los detalles interiores y exteriores. Por la dimensión social, sabemos que el corazón  crece si está orientado hacia la entrega y el servicio hacia los demás. Por tanto cuando  percibimos que vivimos en un subjetivismo egoísta, pensando sólo en nosotros  mismos, ya nos estamos  sacando posibilidades de crecimiento.

La unidad afectiva se hace efectiva cuando podemos hacer una entrega total, sin restricciones. Descubrir a quién nos debemos entregar es un regalo que vamos a percibir  en lo más íntimo de nuestro ser. Dios siempre nos hace sentir su voz y nos da su ayuda para que mantengamos el compromiso asumido. Es así, que cuando encontramos el fin de nuestra vida también encontramos cómo llegar a él.

Vivir con la sensación de vida lograda (aunque siempre esté en  crecimiento), nos da la fuerza para rechazar todas las voces que nos quieren confundir.  En la medida que  descubrimos, celebramos, agrademos las cualidades y capacidades personales (que son muchas), intuiremos que podemos ser felices en forma ilimitada. Pero esto sólo se hace realidad cuando entramos en relación con el Absoluto, que es Dios, estableciendo un equilibrio entre la vida interior y la actividad exterior.

La relación personal con Dios se hace viva en la medida que  tomamos conciencia que él es el que nos sostiene en forma permanente, nos ama y nos espera. Sólo su bondad infinita es la que embellece nuestro corazón. Acoger este regalo nos exige el ejercicio de la vida interior, que en este caso, se concreta en oración, reflexión y alabanza agradecida. El tiempo dedicado a esta relación, da sentido a todo lo demás.

 

                                                                                                             Hno. Javier Lázaro

 

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