La pureza de corazón es un don
y una conquista



 

La pureza de corazón nos da una mirada que enaltece a las personas con las que tratamos, porque trasmitimos la paz interior y la serenidad de nuestro corazón. Esto se logra con naturalidad, sin necesidad de adulación o engaño.

El camino de la pureza supone el cuidado del corazón de las agresiones provenientes del exterior, captadas por los sentidos o producidas por nosotros mismos con nuestra imaginación, memoria y fantasía. La falta de conocimiento de la forma cómo podemos producirnos daño interiormente, puede hacernos infelices, pues sentiremos que estamos mal, pero no nos damos cuenta de la causa. Se requiere cuidado, mantener la atención sobre nosotros para no vernos afectados y saber vivir en libertad. Es así que precisamos:

1.      Cuidar el sentido de la vista, para que todo lo que percibamos visualmente contribuya a enriquecer nuestro espíritu. Intencionalmente necesitamos buscar las imágenes que nos ayuden a descubrir lo verdaderamente bueno y bello. En todo lo creado está el sello de Dios. Pero se necesita la práctica de la contemplación de la naturaleza, el aprecio de lo sencillo para vivir la alegría en todo momento, que nos abre a los otros  y a la libertad.

En el mundo de la imagen, es fácil confundirse y dejarse llevar por lo que exalta los sentidos, pero atrofia las relaciones interpersonales. Es así como la pornografía, ciertas modas, la falta de modestia en el vestir, etc. nos conducen: al vacío interior, a la superficialidad, a la instrumentalización del otro, a la búsqueda desenfrenada de nuevas sensaciones, a la falta de aceptación de sí mismo, a la competencia, a la confrontación, a la no valoración personal, a la tristeza y a la incapacidad de establecer relaciones de verdadera amistad.

La educación de la mirada nos abre a la perspectiva del conocimiento del corazón y nos descubre la inmensidad de la riqueza interior que cada uno albergamos por sabernos amados. El cuidado de lo que percibimos es necesario para no estar en la turbación, en el descontrol del pensamiento y poder vivir la paz interior. Cuidar los ojos es cuidar el corazón, para adquirir la mirada limpia que puede gustar y percibir toda la riqueza interior.

2.      El cuidado del sentido del oído, nos orienta hacia la búsqueda del silencio, de la escucha, de estar atento al suspiro interior,  de buscar las palabras y sonidos que traen armonía. Educar el oído es aprender a aceptar al otro para que se sienta cercano y confidente; es una forma de cultivar la amistad, de estar atentos a la forma de ser de los demás para poder vincularse y facilitarles la vida.

Pero también podemos elegir mal lo que escuchamos. Con frecuencia percibimos música, ruidos, palabras y comentarios, que sólo encienden nuestra imaginación hacia lo erótico o lo chabacano o el desprecio del prójimo. Así convertimos la mente en un espacio de confusión que nos impide ser nosotros mismos. Normalmente el mejor antídoto contra este problema es apagar el medio de comunicación de donde procede o alejarnos de la persona que lo emite, para no quedar atrapados en su forma de pensar o hacer. Es una forma de cuidar la higiene psicológica y espiritual.

Lo que escuchamos y que sabemos denigra a la persona, que al principio nos puede parecer gracioso, termina por convertirse en nuestra forma de pensar y de hablar. Cuidar lo que escuchamos es saber seleccionar aquello que tenemos la certeza que nos hace bien y que después podemos trasmitir a otros con gozo, sabiendo que a ellos también los alegra, sin importar la etapa madurativa en que se encuentra. La madurez afectiva nos permitirá huir de la adulación o de los halagos que lo único que buscan es manipularnos. 

3.      El cuidado del sentido del tacto. Nuestro cuerpo es bueno y es la sede de nuestro espíritu. A través de él podemos canalizar nuestro afecto: un beso, un abrazo,… pero en todos los casos el gesto exterior tiene que tener una clara intención de enaltecer a la persona con nuestro cariño (evitando la invasión).  Todo se tienen que dar en un contexto de una relación de autenticidad, es así que parece como que se  “aceitan” las relaciones familiares o de amistad.

Pero también nos confundimos, si buscamos intencionalmente, el placer o cualquier otra sensación egoísta que degrada a la persona y en definitiva nos ciega para descubrir lo valioso. La búsqueda desordenada de sí mismos nos conduce al individualismo narcisista y al hedonismo. Todo esto nos habla de una falta de cultivo del espíritu que nos permita descubrir la importancia de la apertura hacia el otro y de la entrega comprometida.

Implicando a todos los sentidos, se hace necesario educar en el pudor, para enaltecer la relación con uno mismo, guardar lo valioso del corazón, saber entrar en la propia intimidad, vivir la fidelidad y poder establecer vínculos profundos con los demás. En la medida que no respetamos el cuerpo, exponiéndolo en forma inapropiada, estamos mostrando el vacío interior y el poco respeto que nos tenemos.

Cuidar la salud física es una obligación, pero sabiéndonos diferentes de todos. Por tanto no tenemos que buscar parecernos a nadie. Gracias a las características físicas   propias (junto con las otras dimensiones) tenemos una personalidad que nos da identidad, que nadie debe intentar eliminar. Con esto estamos indicando la necesidad de dejar los/as “modelos” que la sociedad de consumo nos quiere imponer. El primer paso es aceptar nuestra originalidad, porque Dios nos ama así.

4.      El cuidado del sentido del gusto y olfato,  está  muy vinculado con la comida. Alimentarse es una necesidad básica, necesaria para la supervivencia. Pero además genera un espacio para convivir con los demás, al compartir la mesa familiar o comunitaria. Una buena comida es una forma de celebrar entre nosotros y de distender nuestro espíritu. Es preciso aprender a estar con los otros, en momentos en que todos vivimos la alegría de estar juntos.

El desorden en la comida o bebida es el que nos lleva a la pérdida del sentido de un gesto tan importante. Esto se da cuando priorizamos sólo el sentido del gusto hasta límites que nos conducen a la gula e incluso a la desestabilización de nuestro organismo. Pero a su vez se puede convertir en un vicio y por tanto una forma de esclavitud que nos encadena. La falta de dominio en la comida o bebida, nos está indicando que hay otras áreas de nuestro espíritu que están bloqueadas por la angustia y la tristeza, que nos pueden conducir a desórdenes en la sexualidad, con una búsqueda enfermiza de placer. No tenemos que olvidar que somos una unidad bio-psicológíca-social-espiritual.

La moderación en todo, es una meta educativa que nos tenemos que proponer siempre para no perder la batalla sobre nosotros mismos.  El descontrol nos habla de personas sin proyectos ni motivaciones. Por eso el camino, en muchos casos, es descubrirse valioso y tener un ideal en la vida.  Es necesario atreverse a mirarse con las luces interiores, para lanzarse hacia adelante, sabiendo que la vida merece vivirse con dignidad y alegría.

 

                                                                                                    Hno. Javier Lázaro

 

prin1.gif (3108 bytes)