La responsabilidad 
nos impulsa hacia la alegría



Cuando oímos que “somos responsables de…”, tiemblan algunas de las fibras más internas de nuestra persona. Sentimos en algunos casos miedo; en otros nos podemos sentir importantes porque alguien confía en nosotros; pero en los hechos de la vida ordinaria tenemos que alegrarnos de que nos encontremos en la corriente del servicio a los demás. Entonces percibimos que tenemos la posibilidad de dar algo.  La persona responsable se puede decir que es capaz de:

1.     Comprometerse en favor de los otros y lo expresa de todas las formas en las que tiene oportunidad. Cuando nos ponemos al servicio de los demás no pretendemos que nos tributen algún culto especial (veneración – valoración). Servir es tomar conciencia de los dones recibidos para ponerlos a disposición de los demás. El servicio es la actitud agradecida ante la vida, por todo lo recibido. 

2.     Descubrir las necesidades de los demás. Cerrando los ojos a la realidad o ignorando  las injusticias, lo único que logramos es profundizarlas. No vamos a cambiar el mundo, pero podemos ser los que encendamos la chispa en otros para que cambien algunas cosas, que por insignificantes que parezcan  siempre suponen un cambio de actitud, una conversión en las personas que hace que se sitúen en el camino de la superación. La complicidad de nuestros silencios ante lo que está mal, en algunos casos puede significar prudencia, pero en la mayoría de los casos es cobardía frente a  la verdad. Nuestra alegría será duradera cuando tomemos una postura decidida por el bien de los demás.    

3.     Formarse continuamente. Pensar que las cosas siempre siguen igual o que nosotros somos los mismos, es una utopía.  Estamos en constante relación. Cada palabra o gesto  hace que reaccionemos de una manera determinada. Todos  tenemos que dar respuestas personales y únicas.  Nuestra identidad tiene que abrirse camino en la complementariedad  de la universalidad y la diversidad. La perdida de nuestra identidad (por un “empaste” con la realidad) hace que el mundo se empobrezca. Somos responsables de la construcción de la sociedad desde nuestra particularidad que cada día tenemos que cimentar con nuestra formación. Cada uno desde su vocación, como padres, como docentes, como profesionales, etc. podemos dar una respuesta única e irreemplazable. Para formarse hay que dedicarse tiempo y esfuerzo. Las postergaciones para empezar a leer o estudiar ciertos temas hacen que vivamos en la desorientación o tomando decisiones que eran apropiadas para otros tiempos. Tratemos de vivir la alegría de ser protagonistas  de nuestra propia vida porque sabemos tomar decisiones con criterios propios y actualizados.

4.     Anticipar las consecuencias de sus acciones. No podemos caer en la inmediatez del momento . Ser capaces de  prever lo que sigue a cada una de nuestras actuaciones. La limitación de nuestro pensamiento, no debe anular la capacidad para ver las cosas en su complejidad, nuestro comportamiento funciona como algo orgánico.  La actitud cómoda de la excusa constante, “del  no lo pensé”, “que no me di cuenta”, etc. hace que se afiance en nosotros una personalidad inmadura y eternamente dependientes del capricho del momento. Darse cuenta de las cosas tampoco es suficiente, hay que dar un paso para llevar a cabo lo que percibimos como bueno o evitar aquello que nos destruye. A medida que vamos conformando nuestra personalidad conocemos nuestros impulsos, los puntos débiles y también nuestras capacidades. Creemos que  la responsabilidad nos da el derecho de tener la alegría de haber puesto todos los medios a  nuestro alcance, que además nos reporta la paz interior aunque algunas veces estén ausentes los resultados. 

5.     Distribuir el tiempo en hechos concretos, implicando siempre a toda la persona. Una vida hecha de proclamaciones de  buenos deseos, sin llegar a concreciones se puede decir que habla de una persona sin profundidad y vacía. Ordenar nuestros tiempos para fijarnos a qué  y a quién  los dedicamos, es una primera forma de saber si estamos gastando nuestra vida responsablemente. Ver cuánto tiempo dedicamos a la familia, al descanso, al trabajo, a la tv. etc.

6.     No enjuiciar. Somos responsables de la mejora o el cambio de los que están cerca. Con frecuencia caemos en la crítica constante y destructiva de nuestro prójimo. Pareciera que nos gusta tenerlo ahí, “encuadrado en el papel de malo”, para que nosotros parezcamos los buenos. Tratamos de desvincular su conducta de nuestra actitud hacia él. Pero revisemos nuestra maneras y veremos que casi siempre hay una relación entre nuestra mirada y su conducta. La responsabilidad supone que nosotros empecemos a amarlo, a mirarlo con otros ojos. Ahí le estamos infundiendo la fuerza para que pueda empezar a cambiar. Como en la parábola del “Hijo pródigo”,  todos somos responsables de nuestro hermano y estamos invitados a la alegría de la fiesta por el retorno. 

7.     Es agradecida. Constantemente estamos recibiendo dones de quienes nos rodean. La responsabilidad nos impone la obligación de ser agradecidos. Tenemos una medida muy precisa de todo lo que hacemos por los otros, pero no contabilizamos lo que los demás hacen por nosotros y que nos permite tener algunos éxitos personales. Como en los puentes, es posible que nosotros seamos la calzada que culmina la construcción y los que lo transitan nos valoren como algo importante, pero pensemos que nosotros  estamos sostenidos  por otras columnas  que soportan nuestro propio peso. Aprender a valorar la complementariedad, que se tiene que dar en cada familia, en la escuela o en cualquier grupo humano que quiere crecer como comunidad. Cultivemos el agradecimiento como valoración de las personas que nos ayudan, por un exceso de confianza o por la rutina misma para que no pase inadvertida su labor. Es nuestra responsabilidad ser la luz para ellos y que puedan encontrar sentido a lo que están haciendo. 

8.Responder  a la propia conciencia.   A cada momento tenemos buenas ideas que nos vienen porque somos inteligentes, pero además Dios ilumina nuestra conciencia para llevarnos a la plenitud. El hombre logra su unidad interior cuando gozosamente sigue las insinuaciones buenas de su corazón. La persona tiene inscripta una ley interior que está en armonía con la ley natural y la ley eterna de Dios, pero necesitamos: descubrirla, formarla, aplicándola convenientemente y  ante todo ejercitarnos en la práctica para que nuestra voluntad esté en todo de acuerdo a nuestro fin último.

                                                                                   Hno. Eloy Javier Lázaro

 

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