La sobriedad nos ayuda a convivir
Noviembre 2011
 


El desprendimiento de las cosas materiales nos acerca a las personas que nos rodean y nos deja percibir sus valores y necesidades.  En realidad la sobriedad requiere que hagamos una opción por cierta pobreza espiritual, para aprender a vivir prescindiendo de todo aquello que no es necesario, como forma de privilegiar en nuestro corazón un lugar para las relaciones interpersonales.

La austeridad nos ayuda a despojarnos de todo lo superfluo, para poder percibirnos tal como somos, sin camuflarnos entre las cosas con las que nos rodeamos. Es un proceso pedagógico, que nos aporta un conocimiento personal profundo, que nos conduce a la aceptación de nosotros mismos y a la alegría de vivir con los otros. Es en este contexto que podemos trabajar sobre distintos aspectos:

1.     Conformarse con la comida que nos presentan o nos sirven, sin comentarios que pueden hacer mal a quién la preparo y predispone negativamente a todos los que compartimos la mesa. Es una forma de superar las pequeñas frustraciones, dominando el sentido del gusto y el olfato. El degustar una buena comida es una suerte, que no siempre se da, por falta de coincidencia de los gustos o posibilidades. El ejemplo de la comida lo podemos llevar al resto de los ámbitos de la vida cotidiana. En este sentido es preciso privilegiar las necesidades de los demás antes que las propias. Cuando somos capaces de tener estos gestos de superación, empezamos a poner en primer lugar lo importante, la convivencia y a buscar otras formas de canalizar las contrariedades.

2.     Renunciar a la notoriedad y aparentar frente a los demás. En forma consciente e inconsciente podemos buscar tener cosas para buscar el aprecio de los otros. Es entonces cuando viviremos esclavos de la expectativas de los demás y sólo nos movemos en la nebulosa de la vanidad, creyéndonos lo que no somos. La relación se hace compleja cuando siempre estoy en una competencia que me hace perder la paz interior por una comparación constante con lo que los otros tienen, hacen o dicen. Si sufrimos esta situación, se puede decir que somos esclavos de la envidia. La riqueza, la fama y el prestigio, pueden ser las unidades de cambio, para sólo sentir por un instante que tengo algo que los demás no lo poseen, para caer instantáneamente en la tristeza de que otro me puede alcanzar. Optar por vivir contento con lo estrictamente necesario nos protege frente al egoísmo y la soberbia. Liberarse de lo material nos da la posibilidad de poseernos y vivir la libertad frente a las cosas.

3.     Vivir la pobreza social nos permite vivir la fraternidad. Es más eficaz e importante tener menos necesidades, que acumular cosas por un exceso de previsión. Además se hace preciso luchar contra la comodidad que en cierto modo, poco a poco, atrofia la capacidad de servir a los demás. Es necesario aprender a descentrarse, buscando que los otros estén presentes para acompañarlos, para no caer en el despotismo de verme sólo a mí mismo y a mis caprichos. Desposeerse de las cosas que nos rodean, nos permite estar disponibles para los demás. Para hacer posible esto se hace necesario trabajar la virtud de la humildad, que es una forma de abandonarse con confianza en la providencia.

4.     Las riquezas pueden enredarnos en las propias pasiones, que a su vez nos impiden la práctica de la caridad que es entrega desinteresada. Los bienes materiales, son muy buenos, cuando no ocupan la primacía en el pensamiento y además se los puede orientar para hacer el bien para los otros. Los fines deben estar puestos en las personas. Lo material no es un fin en sí mismo. La ambición es una causa generalizada de tristeza y división. Saber renunciar a las pretensiones egoístas, nos hace estar atentos sobre nosotros mismos y ordena los sentimientos del corazón.

5.     Saber prescindir de lo superfluo nos ayuda a vivir la libertad. En una sociedad que nos presenta todo como necesario, tenemos necesidad de descubrir lo que anhela verdaderamente el corazón. Son las relaciones humanas auténticas, capaces de entregar el propio tiempo y sin un objetivo predeterminado, lo que nos permite sentir la riqueza interior. Cuando nos despojamos de todo lo que tenemos, es entonces cuando acogemos a las personas sin condiciones. El aferrarnos a nuestros criterios personales (no a las convicciones)  es un síntoma de inseguridad. Si estamos abiertos al pensamiento del otro, también tenemos la posibilidad de enriquecernos con su vida. Se trata de salir de la propia “trinchera”, para dejarse querer desde la simplicidad.

6.     Elegir la pobreza y la sencillez como forma de encuentro. No se trata de vivir miserablemente, que pudiera atentar contra la dignidad humana. Pero es el sentirse y saberse necesitado, lo que nos permite descubrir el propio vacío cuando no están los hermanos en nuestra vida. La actitud de sencillez nos hace cercanos y establece empatía con los demás en forma inmediata. Si somos muy complicados o sofisticados, provocamos en los demás cierto rechazo, que no lo entenderemos desde nuestra perspectiva. Elegir ser pobre es buscar expresarse con un lenguaje simple, haciéndose entender, para comunicar sólo la verdad con amabilidad. Cuando adoptamos un lenguaje dialéctico para hacer turbia la comunicación, hemos perdido la posibilidad de salir de la soledad y entonces sí experimentaremos la angustia de la miseria interior.

7.     La austeridad nos hace presentes a los otros.Usamos lo necesario, pero con mesura y en el cuidado de las cosas.  El derrochador o a quien no le importa todo lo que es público, vive la desesperanza y la soledad. A los que le rodean los ve como un peligro de sus caprichos y como adversarios. La delicadeza de tirar un papel a la papelera es una forma  sencilla de hacer presentes a los demás.

La pobreza de espíritu nos descubre la belleza del corazón. Es la contemplación simple la que nos permite sorprendernos de la riqueza de nuestros sentimientos. Cuando quedamos conmovidos por la mirada de quien no nos puede dar nada, es cuando removemos en lo más íntimo de nuestro ser, y entonces lo podemos acoger sin ninguna pretensión. Es la compasión frente a los necesitamos, lo que nos permite enriquecernos con los frutos del amor. Se precisa la generosidad para poder dar limosna, pero mucho más necesaria es la misericordia para asumir las miserias de los demás como propias. Es lo que hizo Jesús con cada uno de nosotros. Sólo los misericordiosos obtendrán misericordia.

 

                                                                                   Hno. Javier Lázaro

 

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