“La tolerancia nos llama a la fraternidad
Noviembre 2016

 

Ser hermanos entre todos, es el ideal que nos propone Jesús para vivir el mandamiento del amor. Por el bautismo ya hemos sido constituidos como hermanos por la gracia divina. Pero ahora nos toca a cada uno vivir esta realidad, con el ejercicio coherente con nuestra libertad.

Algunos de los otros seres vivos tienen que vivir gregariamente y lo tienen codificado ya en su ADN; pensemos en las hormigas o en otras tantas especies. El fin que persiguen es la sobrevivencia y la conservación de la especie. Instintivamente buscan protegerse unos a otros.

El ser humano por ser persona tiene entre sus notas constitutivas la apertura hacia sí mismo, hacia los otros y hacia Dios. En la historia se ha hecho siempre hincapié en que es un ser racional y hemos olvidado el plano relacional. Aunque luego otras tergiversaciones psicológicas, sociales y políticas, han visto la necesidad de relacionarse pero por motivos económicos, para satisfacer sus necesidades más inmediatas o encauzar las pulsiones interiores.

Pero ya desde el relato del Génesis se nos dice que Adán no encontró a nadie en la creación con quien relacionarse; hasta que recibe a Eva y la ve como parte constitutiva de sí mismo. No se queda en la simple diferenciación sexual, entre el varón y la mujer. Este encuentro está abierto al misterio de las infinitas posibilidades que ofrece la comunión, y orientado a formar comunidad de personas y familia.

En el proyecto original de Dios siempre ha estado la fraternidad. No es un invento del hombre. Aunque también desde el primer momento está en peligro la hermandad, por el desorden de nuestras pasiones que se rebelan contra el orden querido por Dios. Así el hombre cuando trata de usurpar el lugar de Dios, en un proceso continuo de destrucción, trata de eliminar al hermano, por eso Caín mata a Abel.

Nosotros buscamos reflexionar para comprometernos generar y vivir la fraternidad, como hijos del Padre, que es la fuente de la unidad. Por tanto a medida que vayamos desgranando los distintos puntos, tratamos de crecer como hermanos. Sólo aquello que conocemos podemos integrarlo en un todo coherente. Por eso podemos afirmar que:

1.   La fraternidad supone que tenemos un mismo origen. Hemos salido de las manos y el corazón del Padre, a cada uno nos ha creado en forma personal, nos ha hecho a su imagen y semejanza, somos sus hijos. Aunque seamos diferentes, tenemos un mismo origen.

Nos ha dado la inteligencia, con la sed de la verdad, que nos lleva a encontrarnos con su sabiduría, que es participación de su vida. Nos ha dado el deseo de ser amados, para encontrarnos con Él que es el amor. Nos ha enseñado a amar para que orientemos nuestra voluntad y nos entreguemos a Él, que puede acoger nuestra vida.

Por Cristo “hemos recibido la filiación” (Ga 4,5). Somos hijos en el Hijo. Jesús se ha hecho “Uno” de nosotros, para enseñarnos a ser hermanos. Ha tomado nuestra condición, ha nacido en una familia, ha formado una comunidad, para trasmitirnos la vivencia de la fraternidad. Nos ha regalado el mandamiento del amor para que tengamos la certeza de que ese es el camino de nuestra realización personal.

Es el Espíritu Santo quien reúne a los apóstoles después de la ascensión, para luego enviarlos a todo el mundo; aunque estén dispersos físicamente, viven la unidad fraterna.

2.   La fraternidad requiere vivir con los otros. Cada prójimo se convierte en nuestro hermano. Juntos estamos llamados a orientarnos hacia el Padre. El otro me muestra dimensiones de la filiación que es posible que yo todavía no haya descubierto o vivido. Esta complementariedad la podemos observar en los dos primeros hermanos que aparecen nombrados en la biblia, en el libro del Génesis, nos estamos refiriendo a Caín y Abel. Podemos encontrar el relato completo en Gn 4.

Aunque Caín es el hijo mayor, no tiene la madurez y la determinación de hacer el bien; esto le convierte en enemigo de Abel, que busca entregar lo mejor a Dios. Caín es agricultor y Abel es ganadero. Aparentemente están bien separados los roles y funciones; sin embargo Caín no soporta que su hermano sea bueno; pues él es un tacaño a la hora del encuentro con Dios. Así Caín llega al extremo, por envidia, de matar a su hermano.

Es la generosidad en la entrega en todos los sentidos la que engendra en forma continua la fraternidad. No es suficiente ni garantía que nazcamos de la misma madre y padre. Es la conquista de la libertad la que nos permite elegir al otro como hermano y hacernos cargo de él.

Después de matar a Abel, Dios le pregunta a Caín: “dónde está tu hermano”. Caín no se hace responsable de lo que hace. Pero Dios a través de su conciencia lo pone en su lugar y le hace reconocer que es un fratricida. Cualquier sentimiento de envidia hacia el otro, nos turba la mirada y nos abre al deseo de aniquilar al otro. Esto se da en infinidad de escalas. Está en nosotros reorientar nuestros sentimientos.

3.   La fraternidad nos exige responsabilidad. Nos llama a salir de la distracción, haciendo cómo que el otro no existe o autoconvenciéndonos de que no nos necesita o que se las arreglará sólo. Tal vez esta forma de ser es fruto de nuestra propia soledad, pensando que Dios no está en nuestra vida y que por tanto no hay remedio a nuestros males. Es propio de los racionalistas, que para todo tienen una explicación, menos para el sentido último de la vida, pues escapa a su capacidad de comprensión.

La mirada atenta hacia el otro nos libera del narcisismo o egocentrismo. El otro, el hermano, nos permite ampliar el mundo interior y nos saca de los miedos personales. El que está a nuestro lado nos permite desplegar las potencialidades interiores, nos conduce a la verdad, a través bien que buscamos. Nos abre a la perspectiva de la relación trascendente.

La responsabilidad está referida a las personas que están a nuestro lado. Es un reduccionismo el acotarla a la eficacia y eficiencia en nuestro trabajo. Cuando Dios nos pide responsabilidades, lo hace respecto de nosotros mismos y los otros. Aunque hable de cosas materiales, siempre están orientadas hacia los otros. Nos da dones, talentos y carismas, que son para servir de una forma particular a los hermanos.

4.   Vivir la filiación nos exige vivir la fraternidad. Parecen las dos caras de la misma moneda. Por el Bautismos todos somos hijos del Padre, pero nos llama a vivir la fraternidad y lo deja librado a nuestra libertad. Cualquier vocación cristiana supone un encuentro con Dios y con los otros. El deseo manifestado por Jesús es que todos seamos uno, así como el Padre y el Hijo son uno en el Espíritu. La unidad de la familia y los hermanos en su vida comunitaria fraterna, son expresión de la unidad que estamos llamados a vivir por el vínculo del amor.  Cada uno ponemos el empeño en hacer realidad el mandamiento del amor que Jesús nos dejó.

En la mesa del Padre también están los hermanos. El Padre siempre reserva un puesto para el hermano, al que espera y sale a recibir. “El Padre que está en el cielo no quiere que se pierda ni uno solo de estos pequeños” (Mt 18,14).

Cuando vivimos la verdadera fraternidad tenemos las mismas actitudes del padre hacia el hermano necesitado. Salimos o bajamos a sus necesidades, para llevarlo con nosotros. La fraternidad cuando falta uno, está herida y necesita sanar con el perdón y la ayuda fecunda de la gratuidad.

5.   La corrección con caridad es fraternidad. Dejar en el error a quien se equivoca es abandono y desinterés, que se puede deber a la cobardía o la comodidad; no tiene justificación en nombre de la tolerancia. Siempre podemos rezar por los que están equivocados, además sin hacer alarde de nada, los demás necesitan de nuestro testimonio, que siempre tiene que ser una llamada silenciosa a la autenticidad.

Pero tal vez no sea suficiente y tengamos que acercarnos con humildad y escuchar qué está pasando en quien creemos equivocado. Acoger sus puntos de vista nos permite conocer por qué obra de determinada manera. Mostrar nuestro interés, sin manipular, nos da acceso al corazón del otro y posiblemente él nos pida ayuda, sin necesidad de imponernos de ninguna manera. Cuando alguien obra mal, sufre un malestar, aunque no sepa la causa; nosotros objetivamente y sin creernos superiores podemos ser ayuda para salir de esta insatisfacción. 

“¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Deja que te saque la paja de tu ojo”, si hay una viga en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la paja del ojo de tu hermano” (Mt 7, 4-5). Cuidar mucho que los defectos que vemos en los demás, no sean proyecciones de nosotros mismos. Por esto examinarnos antes de ir a corregir es una necesidad imperiosa. Que lo que veo en los otros no tenga el origen en mí mismo.

 

Hno. Javier Lázaro sc


 

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