La unidad de la comunidad
es fuente de alegría


La educación es una tarea esencialmente  de la familia y de una comunidad educativa. Se educa en comunidad de personas.  Lo que nos convoca es un ideal común.  La comunicad nos puede abrir  a la esperanza, nos aporta la fuerza que solos no podemos obtener. Cuando la persona deja de pensar en sí misma puede abrirse a los demás, crear lazos de amistad, colaborar en un proyecto común. Dejamos lo provisorio, para entrar en la alegría del compromiso, que aunque nos ata a ciertas responsabilidades, nos libera de los caprichos personales del criterio “me gusta o no me gusta”. Por esto nos vamos a fijar en algunos aspectos que hacen a una comunidad educativa o familiar:

  1. Los docentes y los padres tienen necesidad de crear comunidad, que la puedan apreciar los alumnos/hijos para que pueden vivir un ideal en la vida. Con la participación en la comunidad, se aprende la experiencia del altruismo, del trabajo en grupo. La comunidad es mucho más que la suma de lo que hacen las diferentes personas que la integran. Formamos una comunidad en nuestro colegio, en nuestra parroquia, etc. El proyecto educativo  cobra todo su  sentido cuando hay un proyecto personal. Entre los dos proyectos tiene que existir una perfecta sintonía. Esto no quita que haya diferencias en matices en las formas de hacer en cada institución.

  1. La persona necesita salir de su aislamiento. La singularidad nos lleva en cierto modo a la soledad. Cada ser humano es único, irrepetible y singular. Nadie experimenta la realidad como la sentimos nosotros, por eso nos sentimos solos. El vivir supone el convivir, es relacionarse, es intentar la interrelación. La comunicación es el intento de romper la separación de los mundos  de personas diferentes. Hay que tratar de sintonizar. El medio más privilegiado, donde se favorece este encuentro es en la familia y en la comunidad.

  1. La comunidad es el medio fértil donde puede intensificarse la interrelación personal. La educación es el medio predilecto para desarrollar las actitudes y cualidades que nos lleven al encuentro  personal. Se trata de armonizar nuestra singularidad en la comunidad, nuestra originalidad en el grupo de personas.

  1. Para llegar a la interacción de personas nos tenemos que dar a conocer y despertar el  interés en conocer a los otros. Establecemos una condición previa, partimos del conocimiento personal; saber ¿quiénes somos? Tenemos que aprender a sentirnos a gusto con nosotros mismos para poder escucharnos y ahondar en las raíces de nuestro ser, “ser amigos del propio yo”. Necesitamos cierta soledad para estar con nuestro yo, recoger nuestros anhelos. Asumiendo nuestra soledad podemos vivir en compañía de los demás. Se trata de un viaje a nuestro interior para luego volver al encuentro con los otros. En esa ida y vuelta vamos a encontrar lo común, lo que tenemos con los otros, que no nos lo podemos apropiar, es de todos: somos uno con la comunidad.

  1.  El valor común es la solidaridad, que nos llevará a la unidad de la comunidad. El peligro está en establecer relaciones simbióticas, donde se pierde la individualidad. En la escuela tenemos que tener tiempos de compañía y tiempos de soledad.

  1. El miedo al sacrificio puede bloquear nuestra comunicación en la comunidad y entonces elegir no vivir con los demás. Los otros nos pueden complicar la vida; el encuentro nos hace vulnerables, pero nos ofrece las posibilidades de que el otro me entienda, me comprenda, me quiera, me ayude. Dar participación de nuestra vida a los demás es valorarlos, porque pueden tomarla en consideración. Que nosotros podamos entender a los demás nos permite salir del encasillamiento, de la racionalización y acoger al otro limpiamente, sin condicionamientos.

  1. Necesitamos ampliar nuestro mundo interior; en las relaciones de amistad de una comunidad educativa, yo doy cabida en mi corazón a los demás, pero cada uno me da un lugar en su corazón. La unidad de la comunidad esta fundada en la apertura hacia los demás. Privilegiamos lo que tenemos en nuestro corazón de los demás, para que se fortalezca, para que se confirme a cada uno. Para que se dé esta acogida tenemos que empezar por admirar a los otros, alejarnos de la envidia, de la competencia, de la confrontación, de la indiferencia; incluso saber renunciar al prestigio personal o al aplauso, en vistas de la valoración de toda la comunidad.

  1. El aprender a salir del protagonismo personal, hace que podamos ver a otros.  De esta forma e indirectamente empezamos a vivir en los demás, pues les hemos dado vida, reconocimiento, sentido de comunidad, participación de nuestra vida,  etc. Un buen punto de partida es vivir, de la  convicción de que la comunidad se construye a partir de la unidad y en vistas a hacer crecer a las personas. Saber esto ya nos tiene que causar gratitud y alegría. Así la unidad y la alegría se convierten en fin y en camino de realización.

  1. Aprender a asumir los criterios comunes como propios, sin perder mi originalidad. Para que se forme una comunidad unida, solidaria, con nuevos valores y nuevos objetivos es necesario que las antiguas formas de pensar, los antiguos valores y las antiguas lealtades se trasformen, que la gente sea más flexible, que esté dispuesta a  entenderse, a unir las experiencias, a crear un nuevo proyecto colectivo. Es preciso el camino de la apertura; distinguir lo esencial de lo accesorio. Las decisiones tomadas en conjunto, ya son nuestras. Una vez expuesto nuestro punto de vista y tomada la decisión, las apreciaciones personales las silenciamos.

  1. Para desarrollar el espíritu de comunidad  tenemos necesidad de cultivar  las cualidades que se buscan en todas las relaciones humanas: amabilidad, sinceridad, educación,  espíritu de participación y control de sí; la sencillez en nuestras manifestaciones, la confianza mutua, el cultivo de la capacidad de diálogo, la adhesión a las normas comunes. La paz y el gozo de estar juntos es la prueba más elocuente de que estamos comprometidos con nuestra comunidad. La alegría de cada persona, es el signo de la vitalidad de la comunidad; sin alegría se muere. Sin la alegría que todos tenemos que aportar y brotar de la comunidad misma, cada persona empieza a disgregarse, a pensar para sí. La alegría que se vive entre los distintos componentes  es el atractivo más importante para que los hijos/alumnos adhieran a la  propuesta educativa; incluso que ellos mismos aspiren a ser nuestros imitadores.

 

                                                                                   Hno. Eloy Javier Lázaro

 

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