La unidad familiar
es el ámbito para la felicidad


La persona puede ser feliz si tiene unificado el corazón. Haciendo opciones definitivas, anclamos nuestra afectividad en el futuro y podemos llevar a cabo proyectos duraderos, que nos realicen como personas. Cuando nos comprometemos con la vida en forma total, vivimos de la confianza y generamos la amistad.

La fidelidad en el día a día, va configurando nuestro ser, para alcanzar la madurez, que nos lleve a la aceptación de nosotros mismos. Pero cuando abrimos la posibilidad de la dispersión de la imaginación en otra dirección, nuestro corazón se diluye y se incapacita para la entrega. Pasamos a vivir al son de nuestros caprichos, dejando los principios y valores, que podrían  orientar nuestra conducta.

El encuentro con el otro se hace auténtico si está enmarcado en la radicalidad de lo definitivo y lo total. La persona necesita vivir de la oblación de sí misma para hacer realidad su felicidad. Sólo en la entrega se conquista la libertad y nos hacemos aptos para amar. Esto supone la madurez del compromiso definitivo y la renuncia al interés personal, en bien de la persona amada.

Jesús está cerca de nuestras dificultades. Él nos ofrece su gracia para que tengamos vida y consolidemos la unidad. A través del sacramento del matrimonio bendice el proyecto del hombre y la mujer. En la medida que  hacemos partícipe a Jesús de nuestros sentimientos,  podemos hacer presente el perdón, el olvido de sí, la tolerancia, la empatía y la caridad. 

La empresa más importante que tenemos entre manos es la plenitud personal, que sólo se puede llevar a cabo en el encuentro con el otro y en la mutua complementariedad. Cuando hay entrega y renuncia a nosotros mismos, podemos hacer proyectos en común, para orientarnos hacia la alegría duradera. A través de la generosidad, la voluntad se fortalece y hacemos posible el querer desinteresado.

En la medida que se hace presente el egoísmo, caemos en el materialismo y somos esclavos de la sociedad hedonista. Así vamos renunciando a nuestra vocación de felicidad. Sólo la mirada llena de sobriedad,  comprensión y altruismo nos pueden devolver la esperanza de poder seguir caminando juntos.

La comunicación de los sentimientos de los corazones de quienes viven un proyecto común, es el camino para el conocimiento mutuo y para el amor. El tiempo compartido, junto con el esfuerzo para resolver las necesidades del otro, se convierten en las dimensiones prácticas imprescindibles para no perdernos en sentimentalismos y hacer de la entrega una realidad.

La familia es el ámbito donde la persona busca el bien del otro. Esta corriente de bondad es un llamamiento para que todos se muevan en la dirección del amor. Si esto se hace cotidianidad podemos educar y se crean las condiciones para que haya personas felices. En la familia es donde nacemos, nos sentimos queridos y valorados por lo que somos, independientemente de lo que hagamos. Así, las personas más débiles física o psicológicamente se convierten en una llamada al corazón que nos compromete.

 

                                                                                   Hno. Eloy Javier Lázaro

 

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