La vocación para ser Hermano


La palabra “hermano”, ya nos hace a todos más cercanos, sentimos que estamos  unidos. Nos introduce en la experiencia de familia y con una identidad común. En nuestro caso, nos vamos a referir  a una realidad que  supera al hecho de tener el mismo apellido. Lo nuestro es fruto de un llamado especial de Jesús, que es el hermano de todos. Cuando nos sentimos hermanos de este modo, percibimos que tenemos los mismos sentimientos, que compartimos un ideal. Esto lo podemos vivir si experimentamos el don de la compasión y del amor de Dios, que superan a la empatía o a la amistad.

El año 1821, es el momento histórico, donde un grupo de jóvenes, guiados por el Espíritu, se dejaron seducir por el  amor del Corazón de Jesús y concretaron el proyecto de formar el instituto de Hermanos del Sagrado Corazón. Sería una comunidad de hermanos, para vivir la fraternidad, el servicio, en definitiva el amor, como expresión máxima de libertad y plenitud humana.

De alguna manera todos participamos de la comunidad de los Hermanos, ya seamos alumnos, ex alumnos, padre o madre de familia, docente, colaborador en la educación del colegio;  todos vivimos en nuestro espíritu algo de lo que significa ser hermano a la manera de cómo lo vive Jesús.

Pero, ¿Cómo se genera un Hermano del Sagrado Corazón? Veamos algunos rasgos del proceso.

 Nacimos como personas en una familia. Ahí nos cuidaron nuestros padres como a cualquier niño.  Compartimos con nuestros hermanos/as, todos los momentos de nuestra casa: el juego, el estudio,  las tareas, los retos, las celebraciones, etc.

Nuestro padres nos hicieron bautizar, nos preparamos para tomar la primera comunión, la confesión, la confirmación… sentíamos que para nuestra familia era importante rezar, asistir los domingos a misa; veíamos lo importante que era decir siempre la verdad, ayudar a la gente necesitada, ser personas de bien, etc.

Con nuestros compañeros en la escuela o en el colegio,  cada uno idealizábamos que queríamos ser de mayores. Pero a medida que crecimos, cada uno tomamos caminos diferentes. Así, hay compañeros que hoy son profesionales, comerciantes, agricultores, técnicos, etc. Con el tiempo, todos percibimos que para que la vida tenga sentido es necesario entrar en relación profunda con otras personas.

Algunos se casaron. Otros, aunque vemos lo importante que es formar una familia, con una mujer y unos hijos, sentimos en lo  más profundo de nuestro corazón un enamoramiento especial. Jesús entró en nuestra vida.

Él nos  habla de una forma personal. Se sirve de mil modos y las maneras menos imaginables.  Nos quiere en lo más íntimo, para decirnos:

-“Te amo”

-“Te necesito para amar a otros”,

-“Quiero que me des tu corazón”,

-“Vive junto a otros, para que mostréis cómo tiene que ser el amor auténtico”.

-“Quiero que enseñes a los niños y jóvenes el camino del bien para que sean felices”,

- “Yo soy tú única riqueza.”

-“Infunde esperanza a las personas que tienen sed de Mí, etc.

Llega un momento que es Jesús el que vive en nuestros pensamientos y sentimientos.  Un día  lo único que resuena en nuestro corazón es: “Sígueme”.

Como solos no podemos, nos da su fuerza para decir: SI.

Al seguirle, nos abre el camino por donde transitar: su propio Corazón, su modo de amar. Nos da la preocupación por buscar  hacer lo que a Él le agrada, su voluntad.

Los primeros pasos los damos en el seminario,  nos preparamos para vivir en comunidad, adquirimos la formación para establecer una amistad duradera con Jesús, profundizamos los tiempos de oración,  estudiamos para prepararnos profesionalmente en la educación, aprendemos a ordenar el tiempo y hacemos un poco de todo de acuerdo a las aptitudes de cada uno. Podemos pensar mejor y pedir consejo, para no confundirnos en la decisión que estamos tomando.

Cristo llena nuestras vidas de sentido. Está en nuestro centro personal. Nos sentimos felices.

Las dificultades y los miedos siempre se hacen presentes. Pero a cada momento Él nos atrae y nos sostiene.

Hoy como hermanos del Sagrado Corazón, sentimos que Jesús quiere que  seamos una continuación en la tierra, del amor que se tienen el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Vivimos en comunidad como forma de expresar nuestra fraternidad, donde se hace fundamental la buena comunicación y sobre todo la caridad. Parece algo imposible, pues cada uno tenemos nuestro carácter, nuestros gustos, etc., pero se hace realidad, pues Jesús está en cada uno de nuestros corazones. Es así, que en lo esencial, todos somos y pensamos igual. Este común sentir, lo alimentamos cada día en la oración, en la comunión del cuerpo de Jesús, compartiendo lo que nos dice a cada uno el evangelio, trabajando juntos por los niños y jóvenes que vienen a nuestros colegios; mirando y acogiéndonos a la protección de María, como madre y maestra de nuestra vida.

La presencia de los hermanos en la comunidad educativa,  es siempre necesaria, pues es la que de alguna manera nos recuerda nuestra pertenencia común a Dios. Ayuda a las familias, recordando a los padres que son los colaboradores de Dios en la creación. Aportamos una espiritualidad, que es como el alma de nuestro vivir; nuestra experiencia en la educación aporta un carisma, que se expresa como: trabajo, confianza, acogida, mansedumbre, paciencia y alegría.

La esencia del ser hermano, no está en ser directores o gestores en el colegio, que es lo que algunas veces mostramos o se ve. Esto son sólo tareas, que las puede realizar cualquiera.

 Nuestra vida tiene un valor añadido,  que consiste en: la identificación con las necesidades de los más pequeños, de los niños y jóvenes; en expresar la cercanía con todos con la acogida y la humildad; de llevar el amor de Dios en nuestra vida para sostener a quienes buscan la autenticidad. Es un estilo  de vida que se hace dinámico en la íntima relación con Jesús.

Hoy, Jesús nos sigue llamando, a nosotros y a otros que se animen a una vida de compromiso con Él y con los jóvenes. Se precisan corazones generosos, que tengan  un espíritu altruista. La respuesta es personal. En la medida que le decimos un SÍ total, Él completa el resto. Nos invita como a Pedro: “Tú sígueme”. (Jn 21, 22).

 Hno. Eloy Javier Lázaro

 

                                                                                  

 

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