“La misericordia, nos da el fruto de la alegría
 

Mayo 2016


La misericordia nos ofrece un abanico muy amplio de posibilidades para expresarla y vivirla. Seguramente todos tenemos presentes las obras de misericordias espirituales y corporales, que son orientativas, pero apuntan a algo concreto. Sabemos que es relativamente fácil ayudar a otro, pero es más complejo dejar que nos ayuden; nos gusta tener cierto protagonismo en la conducta; pero tal vez sea más importante ser humilde y acoger el don que nos llega al practicar la misericordia: la alegría.

Dado que la misericordia supone un encuentro con los otros, de esa relación, donde se busca el bien, surge la alegría. En la práctica de la misericordia siempre hay una donación gratuita de alguien y fruto de esta generosidad surge la alegría.

Cuando ignoramos al prójimo, al débil, a quien nos necesita, simplemente nos estamos olvidando de nuestro fin, que es darnos, para poder encontrarnos y llegar a la plenitud, que es la alegría. Por eso nos vamos a detener para poder reconocer el fruto de la alegría en nuestro interior. Teniendo presente que no buscamos la alegría directamente (pues entonces se hace más huidiza); nuestro objetivo es que nos inclinemos a la práctica de la misericordia. Para ello necesitamos tener en cuenta que:

1.   La misericordia nos unifica interiormente. No es tan importante la cantidad de cosas que hacemos por los otros; sí es decisiva la actitud con que nos acercamos y tratamos de acompañar. Se precisa ir desarmados, de tú a tú, sin creernos superiores, pensado que es nuestro hermano, mirando a los ojos, dispuestos a escuchar, con tiempo, pensado que es el más importante, viendo en el otro a Cristo, acogiendo los sentimientos que produce en nuestro interior y dejándonos ayudar.

Esto requiere que nos dispongamos con tiempo, para que cuando llegue la ocasión ya estemos disponibles, sin alargar las decisiones. En nuestro proyecto de vida está incluido buscar al otro, para darnos con todas las posibilidades.

Esta mirada frente al prójimo nos permite descubrirnos valiosos, amados y manifestarnos capaces de amar.

2.   En la misericordia siempre hay alguna forma de elevar la dignidad del otro. Cada persona, desde antes de nacer tiene un valor infinito, por ser imagen y amada de Dios, por eso decimos que la persona tiene dignidad. Pero puede ocurrir que el mal uso de la libertad o las injusticias sociales, hayan desdibujado la belleza del corazón. Es la misericordia de Dios o de otra persona la que puede encender nuevamente el fuego de la esperanza en la mirada interior del que se siente caído.

Descubrirnos cada uno con este potencial de regenerar la vida de los demás poniendo un poco de nuestra parte, hace que nos veamos fecundos y vivamos la alegría. Los egoístas sólo piensan en sí mismos y estas situaciones complejas las viven con miedo y tristeza. Cuando nos proponemos hacer algo significativo (porque se da un encuentro personal) por los demás, por el compromiso que asumimos, nos liberamos de la trampa del narcisismo.

3.   En la misericordia podemos sondear nuestro corazón. En cada acto de entrega nos ponemos a prueba, nos conocemos, descubrimos las potencialidades. Al acercarnos a alguien, que por su aspecto nos produce cierto rechazo, ya estamos sanando alguna herida interior y aceptándonos a nosotros mismos. La superación de la comodidad y del deseo de halago o éxito, nos ayuda a buscar el bien en sí mismo, en la gratuidad y entrega desinteresada.

Algunos frente al necesitado damos un rodeo y así desconocemos nuestro interior, porque en realidad huimos de nosotros mismos. Cada persona caída podemos ser nosotros, que necesitamos aceptarnos. Acoger al otro nos ayuda a querernos.

Este conocimiento interior contribuye a alegrarnos, por reconocer a Cristo que está en nosotros y darnos cuenta que somos signos de su presencia.

Los demás con sus diferencias hacen que veamos el contraste y que hagan más visible nuestra identidad. Aunque algunas veces las relaciones humanas son complejas, estamos llamados a complementarnos en el don de nosotros mismos y la acogida del otro tal como es. 

4.   La misericordia nos lleva a formar familia y comunidad. Cuando falta alguien en casa, aunque parezca que todo está bien, nos damos cuenta que estamos incompletos, hay un hueco irremplazable. Precisamente son cien las ovejas del evangelio; aunque sólo falte una, las otras noventa y nueve no son las mismas. La dimensión de la fraternidad supone una búsqueda permanente del que está lejos, para que sea nuestro hermano y se siente en la misma mesa.

Cuando estamos todos, la fiesta puede empezar. Si falta alguien, que necesita de nuestra cercanía, podremos rodearnos de muchas cosas, pero serán superfluas, pues ninguna puede llenar el vacío que supone la ausencia del hermano o la persona que debería ser objeto de nuestras atenciones.

La misericordia conduce a la unidad; hace que se olviden las diferencias y siempre encuentra los puntos en común. Aunque alguien se sienta débil o disminuido, cuando está con los otros siempre es una gracia por el despliegue que despierta para ayudar a su bien y por tanto surge la alegría.

5.   La misericordia nos conduce a la fiesta por la plenitud alcanzada. La misericordia busca restablecer el equilibrio perdido o ansiado. Aunque no se alcance plenamente, el ponernos en camino ya nos abre a la esperanza y nos llena a todos de alegría.

Frente a la debilidad o la injusticia cometida, la misericordia propone el remedio, con la sanación de todos, del agredido y el agresor (ofreciendo el perdón). La misericordia nos hace sentir queridos. La misericordia de Dios busca llegar a todos. Y la acción de las personas caritativas nos incentiva a hacer nosotros lo mismo. Por eso, quien es misericordioso vive confiado, pues siente la certeza de que cuando se vea necesitado, otros le ayudarán a él.

La caridad nos llena de alegría, pues el bien nos alcanza a todos. La forma de afianzarnos en el bien es la celebración, pues nos hacemos sensibles a la bondad y a la acción de gracias, descubrimos al otro como una bendición.

La fiesta nos distiende, nos permite entrar en el corazón del otro y de alguna forma nos ayuda a celebrar el bien alcanzado. Por un tiempo nos sentimos plenos, para cíclicamente salir a ayudar y poder alegrarnos nuevamente.

6.   Nos muestra la fuerza interior de quien ayuda.Con frecuencia decimos: “no sé de dónde saca fuerzas”. La misericordia es la fuerza del amor, que es enciende frente a la necesidad del otro. Es así que podemos desplegar las energías, que de otra forma quedan aletargadas y paulatinamente se van apagando. La caridad nos mantiene en una vitalidad necesaria para mantener nuestro espíritu activo en la búsqueda del bien; lo contrario nos conduce a la apatía y a la muerte.

Todos estamos llamados a dar lo mejor de nosotros mismos, a exigirnos en forma permanente para crecer, independientemente de los resultados.

La fuerza es espiritual, más que física. Supone una amistad con Jesús que es misericordia y nos hace participar de su misma vida. Sin el contacto permanente con Él no podemos hacer nada; será voluntarismo, que durará un instante, pero después dejaremos la tarea por la falta de sentido.

7.   La misericordia es invitación a otros a la alegría. Quien hace el bien no busca el aplauso para sí mismo, se alegra por el bien logrado en quien estaba necesitado. Pero su generosidad es tal, que no se apropia o domina a nadie; sólo busca que todos celebren por el bien que se ha realizado. No busca la exclusividad y por tanto también se alegra cuando otros pueden ayudar o ser generosos.

La misericordia parte de la convicción de que todo puede ser mejor y además que le bien se comunica como por vasos comunicantes. El bien que realizamos es un don recibido del que los otros también pueden participar.

La misericordia y la alegría son el antídoto contra la envidia (que en cierto modo es una forma de agresión hacia el hermano). Aprender a alegrarnos con los otros es vivir también la misericordia. Al celebrar ayudamos a descubrir los dones que han recibido y seguramente descubriremos los propios.

8.   El estar junto al otro ya puede ser motivo de alegría. Ante situaciones límites con frecuencia no sabemos que decir o hacer. Pero la presencia ya es una forma de comunicación que puede consolar y alegrar a quien se siente necesitado. Hay momentos que no necesitamos hacer nada, sólo acompañar en silencio, con una actitud de compromiso y empatía. Es así como ayudamos a salir de la soledad. Sin arrogarnos ningún protagonismo.

Estar o ayudar a los otros, supone saber habitar nuestro corazón, que es una forma de ser misericordiosos con nosotros mismos y vivir la realidad serenamente; siempre, seguros de que donde nos encontramos podemos florecer y ser felices. Tal vez en algunos aspectos necesitemos cambiar de perspectiva, y aprender a mirar con fe, para ofrecer confianza a los demás.

9.   La misericordia nos pone en movimiento, nos libra de la pasividad. La ayuda al prójimo fortalece la voluntad; aunque nos cueste llevar sobre nosotros las debilidades de los otros, siempre se ilumina nuestro interior, pues el primer impulso lo recibimos del Espíritu, que libremente acogemos. Esto ya es motivo de alegría, pues Dios nos tiene presentes y nos envía en su Nombre para acompañar y ayudar a los hermanos.

10.“El que practica misericordia, que lo haga con alegría” (Rom 12,8). Es un mandato de Dios, hacer el bien con alegría. Lo que no hacemos con alegría está devaluado, por muy grande que sea la acción o el esfuerzo realizado. El otro es motivo de alegría para nosotros y así se lo tenemos que hacer ver, pues nos da la posibilidad de hacer el bien.

Hacer algo por obligación dispone mal a quienes nos ven, pues ya los hacemos sentir que son una carga y nos impide establecer la cercanía que necesitamos para darnos.

Acoger el don de Dios y disponernos para ayudar con alegría es una tarea permanente que podemos sostener con la oración y la contemplación de la Palabra de Dios, pues nos permiten ver en el otro a Cristo, nuestro hermano. La alegría no es una opción es una necesidad para darnos con misericordia.

Hno. Javier Lázaro sc

 

 


 

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