Si tu hermano peca repréndelo
y se arrepiente perdónalo

Setiembre 2016


Todos deseamos ser felices; pero algunas veces el atractivo de lo fácil y agradable, lo confundimos con el gozo verdadero, terminamos degradándonos como personas y caemos en el pecado, que es sobre negación de la dignidad de personas.  Esta es la trampa que nos tiende el placer desordenado, para atraparnos y encadenarnos. El pecado nos esclaviza, nos roba la alegría verdadera y nos hace perder la esperanza, nos hace pensar que nada merece la pena. Dios quiere que vivamos la alegría verdadera y siente dolor cuando nos perdemos en el pecado.

Por ser personas, lo que nos caracteriza es que estamos hechos para vivir con los otros; necesitamos comunicarnos y darnos a los demás. En esta capacidad de entrar en comunión con el prójimo se ponen a prueba la real capacidad intelectual, la fuerza de voluntad y el desarrollo afectivo del corazón. Todos estamos llamados constitutivamente, pues estás inscripto en nuestro ser más íntimo, a vivir la fraternidad. Aunque el bien individual, entendido en forma egoísta nos confunde en forma permanente.

El egoísmo, la soberbia y en definitiva el pecado, nos apartan de la vocación de ser personas. Por sabernos hermanos, estamos convocados a acercarnos a quienes han caído, para recordarles su dignidad y restituirles la esperanza de poder caminar por sí mismos y la gracia divina, ejerciendo la libertad orientada hacia el bien, que como fruto nos da la alegría verdadera.

Así entramos en la dinámica del perdón y de la ayuda fraterna. Es un proceso interior y de salida hacia los demás que necesitamos realizar en forma continua.  Aunque decimos que hay que dar unos pasos, es posible que algunos sean simultáneos y otros los tengamos que repetir, para profundizar la experiencia de perdonar. Así podemos recordar:

1. Todos somos pecadores y Cristo nos librado. Él se ha hecho nuestro hermano y con su misericordia nos devuelve la libertad. Sana nuestras heridas y nos habilita para amar de una forma renovada. Jesús nos hace criaturas nuevas, nos introduce nuevamente a la fraternidad.

Cristo es la fuente del agua viva donde podemos saciar las aspiraciones más profundas de plenitud y felicidad. No nos engaña, nos invita a seguirle hasta la Cruz y nos da la alegría del triunfo de la resurrección. Conoce nuestra condición limitada, pero la asume por nuestro amor  haciéndose hombre y convirtiéndose en el Camino, que nos da la Vida. Contrariamente a lo que es el pecado, que es hijo de la mentira, Cristo es la Verdad; en su amistad siempre podemos estar seguros de vivir la alegría que no se acaba.

El trato asiduo con Jesús nos hace experimentar la grandeza de su amor e infunde un horror al pecado. La oración es una forma de dejar que nos vaya conformando según su Corazón. Es entonces cuando podemos acercarnos a los otros y descubrirlos como hermanos, que también necesitan redención. Además sentimos que Cristo nos envía a buscar a los hermanos perdidos. Respetando su libertad, precisan que les hagamos ver su dignidad de hijos del Padre y la vocación a la que son llamados para vivir el Reino.

2. Ver al hermano y compadecernos. Escuchamos en nuestro interior el grito de los pobres, de los necesitados y los pecadores,  para romper la indiferencia de nuestro corazón frente a quienes han caído y nos necesitan. Sólo cuando dejamos que nuestro corazón se conmueva, permitimos que funcione de acuerdo a su  finalidad, que es amar.

Hay situaciones que nos anestesian y nos paralizan interiormente. Las cosas materiales con las que nos rodeamos, nos hacen pensar equivocadamente que somos autosuficientes y que no tenemos nada que ver con los demás. Los medios de comunicación nos hacen sentir que estamos enterados de todo, pero en realidad ignoramos a quien está a nuestro lado gritando y pidiendo auxilio. Con frecuencia elegimos aislarnos de los medios  o eventos masivos y vivir en el anonimato,  evadiendo el compromiso, el encuentro personal y la escucha. Organizamos “macro-diversiones” que simulan alegría, pero en realidad, con frecuencia no nos miramos a los ojos, pues tenemos la mirada turbada y  estamos en la noche, que es símbolo de las tinieblas y la confusión.

Es urgente ponernos en perspectiva para ver al prójimo. Salir de lo inmediato para acercarnos a quienes están a nuestro lado y esperan nuestra ayuda, para que puedan caminar según la dignidad de personas y que podamos vivir la fraternidad.

3. Acoger libremente la ayuda. No podemos imponer nuestra forma de pensar o de ser a los demás. Nos limitamos a  inclinarnos y esperar que los otros acojan lo que ofrecemos. En todo este sendero estrecho que son las relaciones humanas, precisamos movernos con caridad, sin humillar a nadie, ni hundir en la culpa.

El perdón es incondicional. Es anterior a que las personas lo soliciten. Perdonamos cuando en nuestro corazón ya hemos hecho un proceso de aceptación de la persona. Sólo entonces nos podemos acercar con generosidad y sin imponer condiciones de nuestra parte. El perdón tiene que ser total. Seguros de que la gracia de Dios puede sanar todas las heridas. Devolvemos toda la confianza, damos todas las posibilidades, evitamos las profecías que anuncian o intuyen que puedan volver a caer. Vivimos la alegría de que juntos nos podemos levantar y caminar.

El perdón supone un cheque en blanco a quienes nos han ofendido,  y aunque no podamos olvidar, si miramos cariñosamente a quien en algún punto nos ha defraudado. Pues estamos seguros de que la primera víctima de los errores es la persona que nos ha ofendido. Así elegimos salir de cierto protagonismo, para pasar a centrarnos en quien no puede caminar en la verdad de la hermandad y amistad.

4. El perdón supone también la corrección, ayudar para que no se vuelva a repetir la caída. Es preciso no apabullar a quien se ha equivocado, aunque tengamos todos los argumentos a nuestro favor. Seguramente en el error hay un atolondramiento espiritual, pero necesitamos apelar a la capacidad de razonar para hacer ver el bien que puede alcanzar.

La corrección fraterna no es una ocasión para humillar; es la oportunidad para elegir al otro como hermano; en este proceso podemos renacer a la fraternidad. La delicadeza para comunicar las cosas es un nuevo nacimiento; así al acercarnos a rescatar al hermano, ejercemos cierta maternidad-paternidad espiritual, que nos hace crecer como personas.
En la corrección siempre vamos confiados; no bajamos los brazos aunque en un primer momento sintamos que nos rechazan. Cada palabra dicha con buena intención, buscando el bien, teniendo paciencia y seguros de que Dios también hace su obra en el corazón, siempre es semilla del cambio necesario, que se dará oportunamente.

El que podamos corregir exige que previamente reconozcamos que nosotros mismos también somos pecadores. No vamos al otro sintiéndonos superiores; todo lo bueno que percibimos en el corazón es un regalo de Dios.

Corregir es una parte del perdón, pues demostramos que buscamos el bien. Pero reconociendo que cicatrizar las heridas es un proceso lento.Corregir es un paso importante para que el perdón no se quede en un simple acto formal. Ahora queremos escuchar, comprender y acompañar, aunque tengamos que  abajarnos, esperar pacientemente.

5. La corrección parte de la realidad y continúa con el acompañamiento. Es relativamente fácil marcar el defecto y marcharnos; pero en este caso lo único que hacemos es empeorar la situación de la persona caída. Se necesita comprensión, que nos acerquemos y escuchemos qué siente quien ha caído. En caso contrario estamos corriendo el riesgo de condenar sin argumentos. Buscar las causas es un proceso pedagógico que ayuda a conocernos y aceptarnos, para luego proponernos el cambio. Quienes acompañamos despertamos el interés en el cambio, partiendo  de la de realidad concreta.

Desde nuestro punto de vista podemos tener todo muy claro. Pero no es la realidad. Para cambiar se precisa saber esperar, motivar, mostrar a dónde se puede llegar y confiar. No podemos imponer, pues en cuanto nos demos media vuelta, volverán a repetir la misma historia. Se precisa ver qué pasos puede dar cada uno y acompañar hasta que se sientan seguros. Entonces podrán dar otro paso nuevo.

La forma de “estar”, estimula o aplasta a quienes están caídos. En este caso nos tenemos que preguntar dónde hemos caído nosotros, que pensamos que estamos bien, pero que no vemos al hermano, porque nos centramos en la dificultad

6. Quienes han caído necesitan acoger el perdón. Es un acto de grandeza levantarnos aceptando la ayuda de los otros. Es posible que la soberbia personal nos impida perdonarnos a nosotros mismos. Pero Dios sí nos perdona siempre y nos impulsa a caminar de nuevo, dándonos todo lo que necesitemos. La misericordia divina todo lo puede sanar.

Quedarnos en la culpabilización no soluciona nada. Nos baja el autoconcepto y nos invalida para la realización del bien. La culpa, nos tiene que conducir al arrepentimiento y a buscar el cambio. Las lágrimas son necesarias para lavarnos interiormente y descubrir que tenemos impresa la imagen de Dios en lo más íntimo y que nos está esperando. 

Sólo cuando aceptamos nuestra realidad, se puede dar un cambio positivo. En la medida que percibimos las debilidades podemos abrirnos a la ayuda y más aún cuando se trata del perdón que supone una sanación total. Está en la decisión personal  acoger el perdón o quedar hundidos en la oscuridad del pecado.

Necesitamos aceptar que somos criaturas y Dios es nuestro Creador. Él nos ha dado la conciencia que es un llamado permanente al bien. La conciencia es la voz de Dios en nuestro corazón. No tratemos de acallar los llamados que el Padre nos hace para volver a la mesa fraterna.

Acoger y practicar la misericordia es participar de la vida de Dios, que no pone límites a su amor. Estar dispuestos a acoger el perdón y a perdonar nos asemeja más a Dios.

Hno. Javier Lázaro sc

 


 

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