Sólo la fe en Dios nos permite vivir
en unidad y plenitud

Enero  2013


Sólo la fe en Dios nos permite vivir en unidad y plenitud

La vivencia de la fe integra todos los aspectos de nuestra vida y logra la unidad del hombre interior, que es un don de Dios para nuestro corazón. Esto es así porque todo se ordena armónicamente hacia el Absoluto. La fe une los fragmentos en los que parece que estamos divididos por la multiplicación de actividades o la diversidad de personas con las que nos encontramos. Experimentamos la unidad, sintiendo la paz interior, cuando todo lo podemos referir a Cristo, que nos impulsa a usar el lenguaje del amor con todos y siempre. La fe nos ayuda a vivir en comunión, haciendo de nuestra vida cotidiana una eucaristía, una ofrenda, que supone:

1.- Dejar nuestro protagonismo, para que sólo sea Cristo en nosotros. Todo lo bueno que hacemos es un don de Dios. ¿Por qué nos lo vamos a apropiar? Nuestra vocación es hacer una ofrenda permanente, haciendo presente a Cristo en todos los aspectos de nuestro vivir. Debemos integrar lo afectivo, lo racional y la voluntad. Todo pertenece a Cristo. Con San Pablo podemos  gritar: “ya no soy yo quien vive, sino Cristo que vive en mí" (Gal 2, 20). Desde el bautismo nos ha hecho suyos y por la fe esta pertenencia la actualizamos en todo momento. El olvido en esta unión con Cristo, nos aleja de la presencia de Dios y nos conduce a la soledad. ¡Qué respiro para el corazón dirigir con frecuencia y en cualquier momento, la mirada a Jesús! Necesitamos purificar nuestras intenciones para hacerlo todo por Cristo. Lo simple, con la mirada de fe, se convierte en una acción divina.

Esto no impide que descubramos y celebremos todas las realizaciones personales. Dios es muy generoso y con su gracia nos permite participar de la obra creadora y de la redención de los hermanos. Somos el Cuerpo de Cristo, que se sigue ofreciendo a través nuestro, para dar Vida en abundancia.

2.- La fe nos obliga a vivir en la alegría. Es tan grande el don de la presencia de Cristo en nuestro corazón, que no podemos disimular que nos habita. El cuerpo y  el espíritu tienen que expresar un gozo incontenible. Las dificultades y luchas diarias, nunca impiden llevar a cabo los designios de la providencia divina: “Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman, de aquellos que él llamó según su designio” (Rom 8,28). La alegría es la expresión de comunicación de nuestro estado interior, integrando lo que somos. Es la  belleza que debemos exhalar hacia los hermanos.  Cuando los ángeles anuncian a los pastores el nacimiento de Cristo: “«No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo” (Lc 2, 10).  Además por la consagración de nuestro bautismo, hemos quedado incorporados a Cristo. Él se ha desposado con nosotros, para ser una sola carne, y para que demos fruto abundante.  Todo esto lo sentimos y experimentamos desde la fe. La razón no puede transmitirnos la experiencia del espíritu, que es don y por tanto no tiene lógica.  En la alegría se integran la dimensión corpórea y la espiritual. La alegría es la síntesis, una expresión de la persona unificada, que se hace comunicable a los demás.

La tristeza o la angustia (distinto del dolor humano, que todos podemos sentir), son síntomas de división interior, de falta de fe, o que nos estamos conduciéndonos por otros criterios que no son los de Jesús. La fe siempre nos permite experimentar el bien, aunque no lo veamos en un primer momento, pero nos infunde la confianza para alcanzarlo, aunque no sabemos cuándo. Estamos en peregrinación, pero en el camino ya se vive con alegría.

3.-   La fe nos obliga a alimentarnos de la Palabra y del  Cuerpo de Cristo.  La fe se sostiene cuando fortalecemos el vínculo y la unión con Cristo. Nos obliga a alimentarnos de Cristo, en forma permanente en los afectos y pensamientos que mueven a la voluntad. Esto supone una actitud de búsqueda constante. “Como la cierva sedienta busca las corrientes de agua, así mi alma suspira por ti, mi Dios. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios viviente” (Sal 42, 2-3). Necesitamos vivir con el corazón en Dios. Poder guardar su Palabra es  el indicador de que vivimos en comunión, de fe en Dios.

También es una necesidad de Dios la de darse y entregarse. Es un Padre que quiere el abrazo de sus hijos. Busca corazones que lo deseen acoger, para dejarse transformar interiormente. “Si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros” (Jn 6,53). Al comer su Cuerpo, hacemos que Cristo esté en nosotros: nos transformamos en lo que comemos. Cuando recibimos la eucaristía Cristo acoge nuestra ofrenda y por tanto nos hace uno con Él.

4.-   La fe nos ayuda a salir de la nostalgia y a curar las heridas del pasado, pues nos descubrimos que estamos  hechos por amor y para amar.  No podemos seguir añorando el pasado y reviviendo las ofensas. Cristo ya ha dado la vida por nosotros y nos ha sanado. Cualquier tipo de desorden del pasado Jesús lo ha curado: “Sus heridas nos han curado” (1 Pe 2,25).  Necesitamos buscar y ver al resucitado para darnos cuenta que estamos con Él. Pero para esto precisamos la mirada de fe. Pues la fantasía nos va a traer a la memoria sentimientos desordenados. Es la fe la que nos va permitir descubrirnos nuevos.  Para Dios todo es posible. La vida nueva va a dejar que nazca de acuerdo a nuestra fe. Jesús cuando cura a alguien, le dice “que pase de acuerdo a tu fe” o “tu fe te ha salvado”, respeta la libertad. Por tanto, no podemos obcecarnos en nuestras caídas, pensando que no tenemos remedio. Si Jesús nos ha levantado, no nos empeñemos en quedarnos en el polvo del camino.  La fe se traduce en confianza en Jesús, que nos ha hecho bellos, como a novia que se adorna con sus joyas para que entremos en su palacio real (Salmo 44).

5. -   Reconocer la presencia de Dios en los otros, supone una mirada de fe y sólo entonces les brindamos todas las posibilidades. Dependiendo de nuestra mirada, los otros se moverán de una determinada dirección. No todos tienen la madurez necesaria para vivir autónomamente y con criterios propios. Pero también es una realidad, que con frecuencia percibimos que los otros no tienen el equipamiento humano - espiritual, para alcanzar las metas que se proponen. Sí está en nuestras manos ayudarles a descubrir lo que puede hacer con la gracia de Dios. Para ello necesitamos una mirada de fe.  Recodar que en algún momento nosotros mismos tuvimos que hacer el camino del crecimiento tomados de la mano de Jesús.  Todos necesitamos dejarnos acompañar.

Cuando los otros perciben que no confiamos, aunque no lo pongamos en palabras, ya los hemos devaluado y caminan hacia la “auto profecía cumplida”.

En cualquier grupo humano es muy difícil que se sientan bien sus integrantes si no creen los unos en los otros. Para formar una comunidad o una familia necesitamos creer (por encima de las limitaciones humanas) en la acción de Dios, que es quien nos reúne.

Hno. Javier Lázaro

 

                                                                            

 

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