El silencio engendra la alegría
Agosto 2006


 “Se dice que cuando Dios terminó la creación, pensó en dejar parte de su divinidad al hombre, una chispa de su ser. Buscó un sitio donde esconder esa chispa divina; porque decía, lo que el hombre encuentra con facilidad no lo valora.

- Entonces, tenéis que esconder la chispa divina sobre la cima más alta del mundo, le dijo uno de los consejeros.
Dios movió la cabeza.
- No, porque el hombre es un ser aventurero y aprenderá pronto a escalar el pico más alto.

- Escóndela, ¡oh Eterno!, en las profundidades de la Tierra.

- Creo que eso no puede ser, dijo Dios. Un día el hombre descubrirá que puede cavar hasta lo más profundo de la tierra.

- ¡En medio de los océanos!

Dios movió de nuevo la cabeza.

-Vosotros sabéis que he dado la inteligencia al hombre y un día u otro aprenderá a construir barcos y llegará con facilidad.

- ¿Pero dónde entonces?

Dios sonrió.

- La esconderé en el lugar más inaccesible, en  un lugar donde el hombre no irá tan fácilmente. La esconderé profundamente en el mismo hombre”.

Nos estamos refiriendo a un silencio pedagógico, que busca la reflexión personal, un encuentro con uno mismo. Somos contrarios al silencio como mutismo y ofuscación. 

El silencio nos brinda la ocasión de entrar en contacto con nosotros mismos. Ayuda a conocernos sin racionalizar. Muchas veces se vive para ser prisioneros de anhelos, deseos, agitaciones... Y generamos crispación y actitudes defensivas. Vivimos para estar en guardia y el corazón se asfixia. Cuando comprendemos que no podemos vivir más de espaldas a nosotros mismos, entonces nos acercamos al silencio. Es que nos reclama el mundo que está dentro de nosotros. Ya no podemos vivir más a merced de otras aspiraciones… Por otra parte, el silencio da a la vida un sentido de alegría, de humor, de cierto juego. Es una inmensa disposición para la fiesta.

La alegría que brota en el silencio no podremos retenerla. Sabemos muy bien que en el próximo instante otros estados de ánimo turbarán y oprimirán el corazón. Pero hemos entrado en contacto con una alegría que nadie nos puede arrebatar. “Esa alegría se halla oculta en el fondo de nuestro corazón.”

   1. Tenemos necesidad de poseer la realidad de una manera espiritual, para que no produzca un desgaste, una turbulencia interior; tenemos que aprender a poseer con la mirada, conquistarnos a nosotros mismos. Querer tenerlo todo en forma concreta y tangible es imposible, aunque tuviésemos la casa más grande y la biblioteca mejor ordenada. Necesitamos renunciar a lo palpable, para poseerlo desde la contemplación; en el saber tomar distancia de las cosas, se percibe una perspectiva diferente. El saber hacer reposar las ideas, a las personas, las actividades y nuestros proyectos, en el silencio interior, nos permite percibir cuánto hay de cáscara, de superfluo. Pero eso se logra sólo en el silencio, en el cultivo de nuestra interioridad.

 

   2. El silencio está muy relacionado con el ethos, la sala de estar del propio yo, donde nos instalamos para abrir nuestra inteligencia y nuestro corazón, tratando de entendernos a nosotros mismos y el mundo que nos rodea. Y en esta sala de estar el silencio es el interlocutor para fecundar el espíritu; el silencio nos permite recordar las resonancias de las cosas que nos han marcado positivamente y ordenar en el justo contexto las experiencias negativas.

 

   3. El silencio nos impone la obligación de cuidar las experiencias que podemos elegir en la vida; es en el tiempo de silencio cuando podemos hacer las valoraciones y proyectar para el futuro nuestra conducta. Estamos llamados a cuidar nuestra sensibilidad, pues será en el silencio donde podremos seguir gozándonos de nuestros logros. Cuando se da ésto estamos integrando nuestra vida, la estamos dando unidad.

 

   4. La única respuesta válida (en algunas oportunidades) es el silencio, dando el tiempo al otro para la reflexión. El silencio no es la tumba de la palabra, es el que engendra la palabra llena de contenido, con sentido. El silencio es el que va a infundir el respeto de los demás, el que nos hace creíbles.

 

   5. La concentración, el aprovechamiento del tiempo y la resolución de los problemas reclaman silencio. La falta de silencio hace que nos diversifiquemos, que pongamos nuestra atención en muchas cosas y que tal vez no resolvamos ninguna. Nos permite empezar una cosa y seguir hasta terminarla.  Sólo en ese estado de estar con uno mismo tomamos las grandes decisiones, pero a la vez nos encontramos con los demás, pues es donde maduran las relaciones interpersonales.

 

   6. El silencio aumenta la concentración y por tanto aumenta la perfección en la forma de relacionarnos con las cosas. Cuando recibimos noticias nos afectan, distorsionan nuestra atención, nos hacen cambiar la mirada. Obnubilados por la información, perdemos la capacidad de entrar apaciguadamente en la comunicación personal. En el mundo de la información, tenemos que hacer una selección muy concreta y exigente de lo que nos conviene saber. No se puede aquietar un corazón en el silencio cuando está asaltado por las perturbaciones constantes y que pueden estar ocurriendo a miles de kilómetros.

 

   7. El silencio reclama un corazón sosegado, una casa ordenada, un tiempo concreto, un espacio para contemplar, una mirada tranquila,  una  aceptación de la realidad. El silencio no se puede improvisar. No podemos saltar de una actividad frenética a un silencio total. Hay un tiempo en el que tenemos que relajarnos; donde tratamos de despojarnos de todo lo que nos da el impulso y no nos permite frenar. El silencio puede empezar en el exterior dejando de decir palabras, pero tiene que llegar hasta la afectividad aquietando nuestras emociones y ordenando nuestros sentimientos. Antes de entrar tenemos que aprender a cerrar conversaciones con nosotros mismos. Cuando queremos apagar la computadora, vamos cerrando archivos y programas, hasta llegar al final.

 

   8. Cualquier lugar es bueno cuando hemos logrado el hábito. Tiene que  ser un ejercicio que practiquemos todos los días. El silencio es la actividad profunda del hombre. La falta de silencio nos conduce a la dependencia de las opiniones de los otros o a no tomarnos en serio a nosotros mismos, creer que seguimos siendo adolescentes; cuando en realidad nos dedicamos a educar adolescentes o niños.

 

   9. En el silencio brota la plenitud. La sensación de haber logrado algo la tenemos cuando estamos a solas. Los demás siempre nos exigen algo, esperan algo o nosotros pensamos que tenemos que aparentar algún aspecto nuevo. Cuando nos da por pensar actuamos diferente, somos nosotros mimos; podemos dejar de responder a la sociedad de consumo. Es el silencio el que nos da el sentido de la vida y nos permite degustar el misterio que somos nosotros mismos.  El silencio  nos enseña que la felicidad no es un destino, sino un camino. 

 

  10. La verdad de uno mismo se percibe en el silencio y la grandeza de nuestros hijos-alumnos también. Cuando le damos el espacio para que nos hablen y estamos  en actitud de escucha; ese silencio les conmueve, pues están percibiendo que son importantes, que los valoramos. Nos podrán admirar por nuestro trabajo, pero seguro que nos seguirán por el tiempo de silencio que les dedicamos.

 

                                                                                   Hno. Eloy Javier Lázaro

 

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