“Tomó la condición de esclavo…
¡Jesucristo es el Señor!” (Flp. 2, 6-11)


  

Jesús dispone de la libertad total, puede elegir ser esclavo y morir  en la cruz como un malhechor. No logramos entender está decisión de hacerse uno de nosotros; no sirven nuestros parámetros, no tiene lógica; hay una sola explicación  de su conducta: “El amor total, absoluto y único que nos tiene a cada uno de nosotros”. Jesús es el predilecto del Padre, nosotros somos elegidos y amados. No le importa  nuestra condición débil, sólo quiere que vivamos como hijos.

Humanamente los hijos  tenemos una sola forma de existir que es el amor incondicional de los padres a lo largo los primeros años de vida. Una madre ama siempre; su mirada es la que hacer ver al hijo, sus caricias le hacen tomar conciencia de sí. No dudamos que también necesita comida, vestido, etc., pero el niño sobre todo necesita amor.

Jesús con el exceso de generosidad de su amor nos ha engendrado como hijos, Él se ha hecho esclavo  para darnos  la libertad, Él se ha negado para darnos el ser de hijos, se ha hecho comida para alimentarnos, ha resucitado  para que resucitemos, está con el Padre y  el Espíritu  Santo para  que formemos su misma familia, la Iglesia y la Trinidad.

Como padres o docentes nos asocia a su tarea cocreadora en la educación de los niños y jóvenes que tenemos encomendados; nos abre su Corazón para que entremos, nos ayuda a dejar nuestros egoísmos personales. Entrar en su Corazón es decidirse a amar como Él nos ama, sin medida, sin miedo, en la gratuidad total. La educación integral es enseñar y aprender a amar a la manera de Jesús, sin condiciones; es  conquistar la libertad personal a través de las renuncias de lo que no nos deja ver el Bien y la Verdad.

Dejar que el amor de Jesús repose en nuestra vida es saborear nuestra libertad: Él es el Señor. Poner nuestro pensamiento en el de Jesús, nos ayudará a salir de la asfixia del mundo consumista, podremos prescindir de los criterios que nos anulan como personas por la pérdida del tiempo personal y  de la vida interior. Vivir de la certeza de que Jesús nos ama nos da la seguridad de la felicidad.  “Ha hecho su morada en nuestro corazón”. (Jn. 14,23)

 

  

                                                                                   Hno. Eloy Javier Lázaro

 

prin1.gif (3108 bytes)