30 de Mayo de 2008
Fiesta del Sagrado Corazón


Mi yugo es suave y mi carga ligera (Mt, 11,30)

Este año la fiesta del Sagrado Corazón nos ha sorprendido y la celebramos el 30 de mayo; habitualmente lo hacemos en junio, mes dedicado especialmente a honrar al Corazón de Jesús.

Para ayudarnos a vivenciar este amor total, nos acercamos al  evangelio de San Mateo y  nos  detenemos en el capítulo 11 versículo 29. Lo hemos repetido muchas, pero algunas de las palabras, es posible que   no nos sean significativas. Por esto, nos detendremos en la palabra: yugo.

Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde  de corazón, y así encontrarán alivio” (Mt 11,29).

El yugo, era un instrumento (normalmente de madera) que se usaba en la agricultura, para unir por el cuello a dos bueyes, mulas o  caballos, y al que se sujetaba el carro o el arado, haciendo que la fuerza que hacían, estuviese bien equilibrada y en una misma dirección. Jesús toma este ejemplo dentro del contexto de su tiempo y de la gente que le escuchaba, dedicada en su mayoría a las labores de la labranza.

La invitación que nos hace Jesús es: “Cargad sobre vosotros mi yugo”. No desea echarnos más peso. Él quiere ayudarnos a llevar nuestras cargas laborales, sociales, afectivas y el agobio que sentimos por cualquier causa. Se propone acercarse a nuestro lado, caminar junto a nosotros, sentir nuestro peso y tomarlo como propio. Quiere enseñarnos a caminar de una forma nueva, para sacarnos de nuestra soledad y de nuestros métodos, basados en el éxito. El yugo por el que quedamos unidos es el amor, que nos pone en la dirección que nos dan los mandamientos. “Si me aman, cumplirán mis mandamientos” (Jn 14,15).

 Al estar unidos (por el yugo), nuestra vida queda fecundada en cada una de las cosas que hacemos. Con Jesús tiramos del mismo arado, animados por su Palabra,  que abre la tierra, y enterramos las semillas de nuestros  trabajos e ilusiones, compromisos y cansancios, pero regados por todo el amor del Corazón Jesús, que se ofrece al Padre desde la Cruz y en cada Eucaristía  se nos da como alimento que reconforta nuestra vida. De esta forma el yugo tiene un sentido positivo, capaz de engendrar vida.

Está en nosotros en no mirar hacia atrás, en perseverar con esperanza. «El que pone la mano en el arado y mira hacia atrás, no es apto para el Reino de Dios» (Lc 9,62). Jesús es el que da el crecimiento a cada grano de trigo (que aparentemente se pierde), para dar mucho más fruto. Vivir unidos a Jesús, es entrar en una dimensión nueva, donde  no sirve la matemática conocida. La fuerza se multiplica con nuestra fe en Él y nuestra entrega diaria.

El yugo ayuda a establecer una unidad profunda e intima entre nuestro corazón y el de Jesús. De la unidad que formaliza el yugo, se deriva también la unión conyugal, entre un hombre y una mujer. Por eso, el amor matrimonial (que aparenta restar libertad), es expresión de la íntima relación con  Jesús, que quiere establecer un desposorio con nosotros por toda la eternidad.

Estar unidos por el yugo, nos facilita transitar  la propia vida, nos encamina a la plenitud y a la alegría. Las relaciones humanas auténticas, están referidas a la unidad que cada uno ha establecido en lo más íntimo con el Corazón de Jesús.

Estar unidos, con el yugo de Jesús, es generar vida y  vivir aliviados de:

  • Las ansiedades que generan los deseos de poseer cosas o de dominar a las personas. Ahora estamos en su Corazón, que calma nuestra sed de amor infinito.

  • Los miedos, fruto de la inseguridad del futuro. Una vez que estamos en su Corazón, sabemos que es el refugio seguro contra todo, pues nos da la libertad para amar sin límite.

  • Del peso del pecado, que nos aparta de la amistad con el Padre y nos disuelve interiormente. Ahora con Jesús, nos sabemos amados y sostenidos por su misericordia. Aprendemos a vivir del agradecimiento y la alabanza por el perdón y las maravillas de la creación.

  • Las contrariedades que suponen en muchos casos las relaciones interpersonales. La presencia de Jesús en los corazones, hace que nosotros podamos ver en todas las personas su rostro. Como Padre de todos, que nos hace  hermanos.

 Jesús al invitarnos a acompañarle, cargando su yugo, nos quiere invitar a ser felices. Nos dice: “Mi yugo es suave y su carga es liviana” (Mt 11,30). La invitación respeta nuestra respuesta, pero siempre espera nuestra amistad. Es paciente y no le importan nuestras caídas. Su corazón humilde acepta la pequeñez de nuestro corazón. Sólo quiere que estemos con Él, unidos por el mismo yugo, para buscar nuestro bien, amarnos.

La fuerza de su amor, hace que ya no vivamos abrumados por los problemas que nos rodean. Nos sabemos fuertes interiormente para afrontar cualquier adversidad o situación difícil. Tenemos la certeza de que Jesús está de nuestra parte, llevando nuestra carga y haciéndonos suave la lucha, “regalándonos su Paz” (Jn 14,27).  


                                                                                   Hno. Eloy Javier Lázaro

 

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