Mirarán al que traspasaron
(Juan 19, 37)



El costado abierto de Jesús, es la entrada al Corazón, es la puerta al amor. Es la llaga la que marca el sendero hacia el Padre, que nos da lo más amado, a su propio Hijo; es el camino de la misericordia, por donde alcanzamos el perdón y llegamos a la alegría de la filiación. Al brotar sangre y agua, entramos nosotros a través de los sacramentos en su corazón.

El hecho de salir agua del costado, es para que seamos regenerados por el bautismo. Jesús es el agua Viva, que salta hasta la vida eterna y que nos hace hijos del Padre. De su costado brota el manantial de la vida.  En él todos hemos sido sumergidos, lavados y salvados. Él sacia la sed de infinito de lo más hondo del corazón del hombre.

 Al verter la Sangre de su costado nos da la vida, a través del alimento de la Eucaristía. Él es el Pan de Vida. Al comer su cuerpo quedamos trasformados en nuevas criaturas. Su sangre es verdadera bebida y su cuerpo es verdadera comida. La comunión con su cuerpo nos hace estar en él y él en nosotros. Con su Cuerpo nutre el hambre que  siente lo profundo del alma.

Su costado abierto nos permite vivir de la fe en Jesús muerto y resucitado. Nos enseña a mirar con los ojos de Dios y salir de la soledad de la incredulidad. Enciende la fidelidad y la luz en nuestros corazones para convertirnos en testimonio y mensajeros del evangelio. Es a través de la mirada llena de fe como vamos a crear la convicción de la necesidad de la entrega.

El apóstol Tomás al introducir su mano en su costado, nos ayuda a decir: “Señor mío y Dios mío”. Nos enseña a confesar nuestra fe en los momentos de incertidumbre, duda o dolor. Sólo el amor nos enciende a la esperanza. Su calor transforma el corazón lastimado por el pecado o el olvido. Dejarse amar es sentir que somos queridos, sin ningún requisito de nuestra parte.

Al abrirnos su Corazón, quiere entrar en el nuestro. Él está llamando, se encuentra  a la puerta de nuestra alma, esperando que le abramos, para compartir juntos la mesa del encuentro. La amistad con Jesús nos vincula a los hermanos, nos hace más cercanos, permite estrechar los lazos del afecto y la amistad. La intimidad con Jesús nos abre al perdón.

Jesús después de resucitar ha querido conservar las llagas de píes, manos y costado. Es una forma de invitarnos a que aprendamos a contemplar a Cristo en la cruz, para: dejarnos mirar por él, transformar nuestra mentalidad, entender lo que cuesta el amor, percibir la centralidad del corazón en la vida del hombre y sentir la necesidad de la entrega para llegar a la plenitud.

La llamada a amar que  sentimos es: aprender a contemplar el costado abierto de Jesús, abrasarse por las llamas que lo inflaman, ver el rostro de Cristo en el  hermano que sufre, abrazarse a la cruz de lo que nos cuesta cada día para dar a todo un  sentido nuevo,  ofrecer nuestra vida para que otros puedan experimentar la caricia amable y la palabra cercana.

 

                                                                                                    Hno. Eloy Javier Lázaro

 

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