Naturaleza de la alegría


La conformidad entre la naturaleza de nuestro ser, las propias elecciones y el comportamiento se llama coherencia o autenticidad. Es parte de la sabiduría práctica que se va adquiriendo en la vida misma, a través de la amistad y la mirada contemplativa de la propia realidad. En esta búsqueda de ser uno mismo, siempre percibimos la sensación de la paz interior, que se traduce en un estado de alegría.

La afirmación de quiénes somos a través de la propia conducta, nos hace sentir que tenemos una identidad, nos hace apreciar que somos nosotros mismos. Las actividades que se oponen al estilo de vida elegido, nos ponen en una situación de disolución de la propia persona, nos abren a la tristeza de no saber quiénes somos.

Las dificultades, que se convierten en luchas contra los obstáculos del camino, no son impedimento para el gozo. Se podría decir que son el camino. Se experimenta que la felicidad no es provisión de una materia o la certeza de las seguridades. Dada la naturaleza psicológica y espiritual de la alegría, no se puede acumular, ni guardar. Es un estado dinámico, que necesita vivenciarse en forma continua.

Tiene similitud con el corazón que hace que la sangre fluya en forma constante a cada célula. El corazón no puede retener la sangre en sus aurículas o ventrículos, esto supondría su detención. El tratar de retener la felicidad, es perder la capacidad de seguir creciendo, de ser feliz. Del mismo modo, la madre se siente dichosa cuando se da sin cálculo a sus hijos. En cuanto trata de retenerlos para sí, simplemente, nos los deja crecer. En la medida que nos autocomplacemos en nuestras cualidades físicas y valores, nos estamos degradando, perdemos posibilidades de felicidad. Lo que tenemos sólo tiene sentido cuando está orientado hacia los demás.

El motor de la felicidad es la intencionalidad y la acción que nos impulsa hacia la realización del bien. Con esta disposición se anida fácilmente la amistad y se establece un movimiento constante hacia la verdad, que se vivencia como alegría. Esto es así, por la connaturalidad que se establece entre nuestro espíritu abierto a la verdad, al bien, a lo bello y a nuestra conducta. Al contemplar un paisaje o una obra de arte quedamos sorprendidos, inmóviles. Hemos quedado prendados por aquello que nuestro espíritu ansía y ha encontrado.

Buscando otra figura del hombre feliz, lo podríamos comparar con un canal por el que pasa el agua. No se detiene en él. No es el origen del agua. Simplemente la contiene para conducirla. Nuestra vida es el canal para la concreción del bien, al que orientamos hacia la realización de los otros y, como consecuencia, para nuestra plenitud.

Cada día se nos presentan múltiples ocasiones para expresar nuestra voluntad decidida hacia el encuentro con las personas, a las que nosotros les debemos la colaboración para el bien que ansían. Esto es posible cuando la persona se encuentra unificada a través de la entrega, que la podemos denominar amor. El amor reúne afectos y acciones.

En la medida que trabajamos para la paz y la amistad con el otro, se nos retribuye con el encuentro con nosotros mismos. Así los otros son los mediadores por los que nos llega la felicidad. Sólo cuando podemos expresar en ellos nuestras cualidades, preocupaciones y valores, ellos nos devuelven la capacidad de amar. Hacen que no se atrofie en nosotros las ganas de seguir creciendo, estimulan nuestra entrega y generan esperanza.

El deseo y el ideal de felicidad es camino para asumir una conducta, que en un segundo momento producirá la alegría. La realización del bien se convierte en terapéutico para el equilibrio afectivo. El hedonista que persigue el placer en sí, se vuelve incapaz de felicidad, ya que vive la vida como momentos aislados, sin conexión con las ansias profundas de realizar el bien. La satisfacción sensible es positiva cuando se encuentra en la sinfonía de la vida misma. Un instrumento musical se entiende dentro del contexto de una banda a la que acompaña y de la que forma parte.

La felicidad es un fin dominante, todos los objetivos de la vida están organizados en función del bien que podemos realizar. La plenitud no la vamos a encontrar por el logro de alguna meta en particular, es camino de todo la vida. Se hace necesaria la elección constante, se tiene que producir un crecimiento de la libertad. La vida feliz no la podemos reducir a unas cuantas prácticas externas. Es un complexo donde está comprometida la persona entera en forma continuada.

No debemos fijarnos el objetivo concreto de ser felices. Hay unos logros intermedios, hay que proponerse ascender unos escalones. El gozo está en el mismo esfuerzo de subir la escalera. Es más un transcurso que un producto. De hecho, no tiene en esta vida punto de llegada. La vida misma es felicidad cuando está dentro del marco del amor. La integración de las actuaciones excelentes hace posible nuestra alegría. Así cobran su importancia las virtudes como facilitadoras del bien.

La felicidad, se vive cuando se la mantiene como ideal hacia el que nos dirigimos, pues da significado a nuestro proyecto. Las limitaciones personales son una invitación a comprometernos con la vida, a saber vivir como proceso, a adquirir las virtudes que nos obligan a trabajar sobre nosotros mismos.

La naturaleza de la alegría requiere una persona que esté dispuesta a hacerla realidad, a recibirla, acogerla. La felicidad en sí no existe. Existen personas felices. De esta forma se convierte en un desafío ¿Quiero ser feliz? Todas las personas poseemos la capacidad para la felicidad, pero nos obliga a alejarnos de todo lo que es contrario. Ser alegres, requiere un estilo de vida, donde nos proponemos hacer felices a los otros. Supone descentrarnos de nuestro “yo”, para reconocer el “tú”. En la medida que doy vida al “tú”, encuentro el “yo” feliz.

La alegría no es consecuencia de que los otros nos reconozcan nuestra bondad o nuestros esfuerzos. Puede ser que se hagan esperar o no lleguen los aplausos. La felicidad se da en el corazón, sin necesidad de actuaciones mágicas o extraordinarias. Nuestro espíritu se ensancha cuando está preparado para percibir siempre el bien en mí y en los otros.

 

                                                                                   Hno. Eloy Javier Lázaro

 

prin1.gif (3108 bytes)