Lectura: “Isabel, la madre dijo: «No, debe llamarse Juan». Ellos le decían: «No hay nadie en tu familia que lleve ese nombre». Entonces preguntaron por señas al padre qué nombre quería que le pusieran. Este pidió una pizarra y escribió: «Su nombre es Juan». Todos quedaron admirados” (Lc 1, 60-63).
Meditación:
En la tradición judía, al niño se le llamaba como alguno de sus familiares. Pero en este caso Dios elige el nombre de Juan. Poner el nombre significa pertenencia y una misión que nos encomienda. Juan Bautista, nace con la vocación de ser el precursor del Mesías. Sus padres, Isabel y Zacarías, ahora sí están decididos a seguir la voluntad de Dios.
Este signo de aceptar el nombre que Dios le había propuesto a Zacarías, nos habla de que los padres son cocreadores; no son dueños de sus hijos; reciben la misión de educarlos, para realizar su vocación de entrega gratuita. Los hijos no son para que los padres realicen sus proyecciones. Cada persona es única y tiene una vocación, que es preciso acompañar.
Nosotros en el bautismo, hemos recibido el nombre, por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Sólo pertenecemos a Dios. Estamos bajo su cuidado y queremos responder a su llamado a extender su Reino.
Oración: Señor, soy tuyo, quiero hacer tu voluntad.
Contemplación:
Tengo mis planes… pero son a corto plazo y efímeros, buscándome egoístamente.
«Yo te llamo por tu nombre… me entrego a ti y tú me perteneces».
Quiero responder a tu llamado, caminar contigo y servirte.
Acción: Vivir con y para Cristo.
Hno. Javier Lázaro sc.
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