Lectura: “Todo el pueblo se hacía bautizar, y también fue bautizado Jesús. Y mientras estaba orando, se abrió el cielo. y el Espíritu Santo descendió sobre él en forma corporal, como una paloma. Se oyó entonces una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección». (Lc 3, 21-22).
Meditación:
Jesús no tiene pecado, pero se acerca a hacerse bautizar por Juan, como un pecador más. Asume nuestra realidad, carga con nuestras culpas. Pero en ese momento nos muestra que está con el Padre y el Espíritu Santo. Se manifiestan las tres personas de la Trinidad. Donde está uno, siempre están los tres, en una perfecta unidad de amor.
El Espíritu Santo, no es una paloma; sólo lo simbolizamos así. Es una persona divina que opera en nuestros corazones de parte de Dios y que impulsa a Cristo a traernos el Reino. En forma constante necesitamos invocar al Espíritu, pues es quien genera la unión con Dios y entre nosotros, como hermanos.
Cristo acoge al Espíritu, pero también escucha que es el Hijo amado. En Cristo, estamos injertados nosotros. Ahora somos hijos del Padre por el Hijo. En forma permanente escuchamos del Padre que somos sus hijos amados y predilectos.
Oración: Señor, gracias porque me amas y me impulsas a entregarme.
Contemplación:
Siento la necesidad de darme y servir a los demás…
«Yo te impulso a la entrega, te doy el Espíritu Santo».
Quiero vivir en tu comunión, pues siempre soy amado.
Acción: Profundizar la convicción de que soy amado por Dios.
Hno. Javier Lázaro sc.
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