Lectura: “Jesús respondió: «Les aseguro que el que haya dejado casa, hermanos y hermanas, madre y padre, hijos o campos por mí y por la Buena Noticia, desde ahora, en este mundo, recibirá el ciento por uno en casas, hermanos y hermanas, madres, hijos, campos, en medio de las persecuciones; y en el mundo futuro recibirá la Vida eterna” (Mc 10, 29-30).
Meditación:
Seguir a Jesús supone radicalidad absoluta; es preciso que lo pongamos en el centro de nuestro corazón. Entonces: se ordenan todos nuestros afectos, sanamos las heridas emocionales, quedamos vinculados a su Corazón, podemos concretar un proyecto de vida que nos haga felices, y nos lleva a amar a los otros con sus sentimientos.
Jesús no nos pide despreciar a nuestra familia o amigos; pero sí quiere que maduremos afectivamente (dimensión principal de la sexualidad). Esto nos hace salir de dependencias o vínculos inmaduros. El amor de los padres en la mayoría de los casos es buenísimo; pero también tiene que evolucionar hacia la autonomía.
En este crecimiento interior, alcanzamos la libertad y Jesús nos promete recibir cien veces más y la Vida Eterna. Con Cristo se establecen vínculos maduros con los demás, los amamos fraternalmente y no dependemos de lo que nos puedan dar.
Oración: Señor, quiero amarte con un corazón que viva la oblación.
Contemplación:
La vocación me exige, crecer en la entrega… pero tengo miedo a dejar…
«Yo te llamo y lleno tu corazón con mi presencia…».
Quiero que sólo Tú des sentido a mi vida.
Acción: Responder con determinación al llamado de Jesús.
Hno. Javier Lázaro sc.
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