Recordemos cómo en nuestra infancia nos asombrábamos al mirar el cielo estrellado, admirar un arcoíris, observar la laboriosidad de una hormiga, caminar sobre las hojas que el otoño dejaba a nuestro alcance, mojarnos con una llovizna o saltar charcos. Seguramente, estas sencillas vivencias fueron las que despertaron nuestro asombro.
Antoine de Saint-Exupéry, en la dedicatoria de El Principito, decía: “Todas las personas mayores fueron al principio niños, aunque pocas de ellas lo recuerdan.” Esta simple frase nos invita a reflexionar: ¿por qué olvidamos esa visión tan pura y maravillosa del mundo? ¿Por qué perdemos la capacidad de asombrarnos? ¿Qué nos pasa que ya no vemos el mundo como lo hacíamos cuando éramos niños?
Los niños son, sin duda, nuestros maestros del asombro. Para ellos, todo es oportunidad para conocer, explorar, tocar y sentir. El mundo se les presenta como una novedad constante, y nada lo dan por sentado. Podríamos decir que viven en un estado de perpetuo asombro. Cada cosa les lleva a preguntar “¿por qué?”.
En una época donde los niños están expuestos a un ritmo de vida frenético y a una estimulación constante, la Doctora en Educación y Psicología Catherine L’Ecuyer reivindica la importancia del asombro, del silencio, de la belleza y del contacto con la naturaleza en la educación de nuestros hijos.

El asombro es no dar nada por supuesto, lo que nos lleva a una actitud de agradecimiento ante el mundo. Santo Tomás lo definía como el deseo de conocer. Los niños se asombran más que los adultos precisamente porque ellos están descubriendo el mundo por primera vez. Necesitan realidad para aprender porque la belleza de la realidad es lo que asombra. El cerebro humano está diseñado para aprender a través de la realidad, por lo que las experiencias sensoriales concretas juegan un papel fundamental. De hecho, los últimos estudios en neurociencia nos muestran que, durante la infancia, la memoria semántica (de conocimientos conceptuales) y la memoria biográfica (de los acontecimientos vividos a través de los sentidos) no están diferenciadas. A medida que crecen, estas memorias se diferenciarán, pero lo importante es que los niños aprenden principalmente a través de experiencias reales y relaciones interpersonales directas.
Para los niños, ver y tocar un conejo es mucho más enriquecedor que verlo en un libro o en una pantalla. Necesitan sentir, ver y oler el mundo para interiorizar los conocimientos. Lo mismo ocurre con los valores, como la generosidad: no basta con hablar de ella, necesitan ver la belleza de esta virtud en acción.
Además, los niños no aprenden solos. Siempre hay un mediador que les ayuda a conectar con la realidad: en casa, los padres; en el aula, el maestro. ¿Qué hace un niño cuando descubre un caracol en el patio del colegio? Corre hacia su maestro y le dice: “¡Mirá!”.

El asombro es algo innato, todos nacemos con él, pero si lo cuidamos, se puede conservar toda la vida. Educar en el asombro es simplemente respetar este proceso natural, rodeando al niño de oportunidades para poder asombrarse. ¿Y cuáles son esas oportunidades? Lo que asombra es la belleza. Los filósofos dicen que la belleza es la expresión visible de la verdad y de la bondad. ¿Qué es bello para un niño? Todo lo que respeta su verdad y su bondad: sus ritmos, las etapas de la infancia, su necesidad de silencio, de misterio, etc.
Muchos se quejan de que los niños ya no se asombran con nada, pero ¿realmente han cambiado ellos, o somos nosotros los que los hemos llevado a ese cambio? Los niños siguen siendo los mismos, lo que ha cambiado es el entorno que les ofrecemos: pantallas omnipresentes, estimulación constante, contenidos audiovisuales rápidos y a menudo violentos, y agendas llenas de actividades extraescolares. Todo esto compite con su capacidad de asombro. Las series infantiles de hoy tienen un promedio de 7,5 cambios de imágenes por minuto. Esto crea una dependencia de estímulos rápidos y reduce el interés por lo cotidiano, que les parece lento. Cuando un niño está saturado de estímulos, pierde la capacidad de percibir una sonrisa, una mirada, o incluso el significado de lo que le rodea. Como dice un proverbio árabe: “Quien no comprende una mirada, tampoco comprenderá una larga explicación”.
El consumismo también juega su parte: los niños ya no necesitan desear algo, lo tienen todo al instante. Esto es lo contrario al asombro. Un niño que no sabe esperar ni percibir el misterio de la vida se convierte en un niño pasivo, que depende de estímulos externos para sentirse motivado.
El asombro no solo tiene una dimensión cognitiva, sino también afectiva y social. Nos asombramos por aquello que nos moviliza emocionalmente, y eso nos permite conectar con lo que nos rodea: la naturaleza, el contexto social, las personas. Además, el asombro favorece el desarrollo de habilidades sociales como la empatía, la tolerancia y el respeto hacia los demás y el entorno.

Catherine L’Ecuyer señala que los niños tienen una inteligencia espiritual mucho mayor que los adultos. Esta inteligencia les permite intuir que, detrás de todo lo bello que los rodea, hay algo aún más grande: la “Suma Belleza”, como la llamaba San Agustín. Los niños tienen menos “velo” que nosotros, por eso son más sensibles a la belleza que les rodea. Esta capacidad de asombrarse por la belleza de todo lo que existe los lleva inevitablemente a reconocer la belleza de Dios.
San Juan Pablo II, en su encíclica Fides et Ratio, destaca el asombro como la base de toda verdadera búsqueda intelectual y espiritual: “Sin el asombro, el hombre caería en la repetitividad y, poco a poco, sería incapaz de vivir una existencia verdaderamente personal”. Si nuestros hijos no experimentan asombro ante las realidades naturales y sobrenaturales, su fe será superficial, mecánica, y no resistirá el paso del tiempo.
El asombro es una actitud de apertura ante la realidad, una disposición a confiar en lo bello y a interrogarlo sin filtros. San Agustín nos invita a interrogar todas las bellezas del mundo: “Interroga a la belleza de la tierra, interroga a la belleza del mar, interroga a la belleza del aire, interroga a la belleza del cielo… todas te responden: ‘Mira, nosotros somos bellas’”. Pero su belleza es una confesión, porque esta belleza que cambia y se transforma, ¿quién la ha creado sino la Suma Belleza que permanece inmutable?
Este año, en el Jardín, invitamos a nuestros niños a:
Para quienes quieran seguir profundizando en este tema, les compartimos dos videos de Catherine L’Ecuyer, una de las voces más respetadas en el campo de la educación:
Copyright © 2025 Colegio Belgrano