Educar requiere la mirada personal

18 julio, 2025

Hoy, muchas tareas y procesos se están automatizando con la ayuda de la robótica y de la inteligencia artificial. 

Sin embargo, educar es dar vida y solo se puede transmitir en el encuentro interpersonal. Un encuentro que supone escucha atenta, silencio reflexivo, mirada del corazón, compromiso fiel, juego compartido, sobremesa familiar, recibir y entregar, agradecimiento sincero, caricia y alegría interior.

La educación es comunicación, donde nos implicamos las personas desde el corazón. No hay catalogación o mecanización posible; no hay “emoticón” que lo reemplace o interprete. Cada sentimiento es una luz, que solo podemos acoger desde la mirada enaltecedora.

Educamos la voluntad y la inteligencia, con la adquisición de hábitos y procesos mentales que siempre tienen un componente afectivo, que les da sentido y unidad. Esto hace que cada esfuerzo del presente —aunque parezca igual que los anteriores— tenga una impronta propia, única e intransferible, que necesita ser recibida por otro corazón que cultiva la sensibilidad al ritmo de los latidos del corazón.

Padres y docentes asumimos la misión de transmitir vida desde el corazón. Todo cuenta en nuestra vocación, todo es importante. Buscamos que los niños y jóvenes sean felices, viviendo lo valioso de las cosas sencillas. Siempre estamos llamados a mirar y descubrir una nueva posibilidad real de crecimiento interior.

Es la mirada afectiva de los padres la que reorienta los deseos de los niños o jóvenes, la que ayuda a dar un sentido totalizador e íntegro a las conductas y los libera del capricho. No se trata de prohibir, sino de infundir un sentido de pertenencia e identidad familiar que los lleve a sentirse amados incondicionalmente; pero también con un sentido trascendente, para que se determinen a plasmar un proyecto de vida discernido, conquistado, de servicio a los otros y de felicidad en la entrega.

Aun desde los aparentes fracasos o contradicciones, por la mirada compasiva estamos llamados a despertar la confianza, dando pasos hacia adelante… Todo es parte de un proceso positivo si dialogamos, nos proponemos metas, nos esforzamos, alimentamos el ideal del primer amor y nos comprometemos, aunque no veamos resultados cuantificables.

La educación tiene una gran dosis de juego, de tomar los desafíos con seriedad, pero con alegría. Cada niño o joven tiene todas las posibilidades, pero necesitamos que creamos en ellos mismos.

El tiempo gastado y dedicado a repensar o reflexionar sobre nuestra forma de educar es la mejor inversión. Produce una mejora inmediata en nosotros mismos, despierta la mirada esperanzadora, genera comunión con quienes compartimos la tarea educativa y nos lleva a un conocimiento profundo de nosotros mismos, que nos hace sentir valiosos.

Educar es la vocación que compromete todo nuestro ser y nos permite ser felices. No se limita al hacer, a producir o a sentir: llega a lo más íntimo de nuestra existencia y nos lanza a una entrega ilimitada, que nos permite desplegar lo mejor de nosotros mismos. Así podemos vivir cada día en una actitud de agradecimiento y paz, que nadie nos puede quitar, porque brota de nuestra entrega del corazón.

Hno. Javier Lázaro sc